Marcos se quedó allí parado, escuchando cómo los pasos de Gabriel se desvanecían. Tenía una horrible sensación. Siempre había sabido que él guardaba demasiado dentro de sí, pero era la primera vez que lo veía quebrarse de aquella manera, percibiendo en su voz todo el resentimiento que llevaba tragándose en silencio.
Cuando finalmente recordó que no estaba solo, se volvió. Todos seguían allí, inmóviles e incómodos, fingiendo torpemente que no acababan de presenciar una discusión que probablemente jamás olvidarían. Algunas criadas desviaron la mirada de inmediato y otros empleados simplemente lo miraban fijo, sin saber muy bien qué expresión poner.
Él respiró hondo y terminó acomodándose el chaleco con seriedad, adoptando una postura mucho más firme.
—Bueno… supongo que no hace falta explicar demasiadas cosas.
Nadie dijo nada. Entonces Marcos continuó:
—Saben perfectamente cómo funciona este mundo. Si alguien decide hablar más de la cuenta, no solo nos perjudicaría a nosotros, sino también a ustedes mismos. Sus puestos. Esta casa. Todo lo que depende de ella.
Las palabras no eran una amenaza directa, sino una simple y cruda advertencia sobre la realidad.
Miguel fue el primero en reaccionar. Miró alrededor asegurándose de captar la atención de todos y luego volvió hacia Marcos.
—Nadie tiene intención de hablar, señor. Lo que ocurre en esta casa, se queda en esta casa.
Marcos sostuvo su mirada un instante antes de asentir despacio.
—Bien —dijo en un tono más suave, dando por terminado el asunto—. Continúen con sus labores antes de que se haga más tarde. Ha sido una noche muy larga.
….
Arriba, Gabriel se había dejado caer sobre el sillón frente a la chimenea apenas cerró la puerta de la habitación. Con la corbata aflojada y el cuello de la camisa abierto, permanecía hundido contra el respaldo, mirando fijamente las llamas mientras una de sus piernas golpeaba el suelo con una impaciencia constante que ni él mismo lograba controlar.
Se sentía furioso. Pero peor aún: se sentía humillado.
Humillado por haberse dejado hablar demasiado. Por haber dicho aquellas cosas delante de todos. Por haber permitido que Marcos viera algo que llevaba tiempo enterrando bajo el alcohol y la rabia. Ahora él sabía exactamente cuánto resentimiento seguía guardándole, cuánto lo había herido su partida y hasta qué punto seguía atrapado en todo aquello.
Volvió a pensar en la cocina. En los empleados hablando de él como si fuera una desgracia. Como si no fuera el hombre que mantenía esa casa funcionando. ¿Con qué derecho se atrevían? Él les daba trabajo, techo, comida. Había sostenido todo durante años y aun así terminaban cuchicheando sobre su vida como si fueran mejores.
La ansiedad le estaba raspando el cuerpo por dentro. Necesitaba una botella y dejar de pensar.
Sus ojos se desviaron entonces hacia el libro abandonado junto al sillón. Lo tomó sin interés alguno, lo abrió por la mitad y arrancó la primera hoja de un tirón brusco. Después la arrugó entre los dedos y la arrojó al fuego.
El papel chisporroteó apenas antes de consumirse. Gabriel observó cómo desaparecía y volvió a arrancar otra página. Y otra. Y otra más.
Pronto, el cuarto comenzó a llenarse únicamente con el sonido áspero del papel rompiéndose y el crepitar constante de la chimenea. Ni siquiera sabía qué libro estaba destruyendo. Tampoco le importaba. Solo necesitaba ocupar las manos para no pensar en lo mucho que deseaba beber.
Cuando la puerta sonó suavemente detrás de él, no se molestó en girar, y otra hoja volvió a desprenderse entre sus dedos.
Marcos entró en silencio, cerrando con cuidado.
—¿Podemos…
—No —lo cortó Gabriel, lanzando la página al fuego.
Soltando un suspiro bajo, Marcos comprendió que insistir en ese momento no sería de ayuda. Entonces comenzó a prepararse en silencio para dormir. Gabriel escuchó el roce apagado de la ropa detrás del biombo, el sonido del bastón apoyándose contra el suelo, los movimientos tranquilos, mientras él continuaba arrancando hojas con una insistencia cada vez más compulsiva.
Para cuando Marcos salió nuevamente y lo encontró todavía allí, destruyendo página tras página como un hombre incapaz de soportar sus propios pensamientos, terminó por agotarse.
Gabriel arrancó otra hoja, la hizo un bollo y levantó la mano dispuesto a arrojarla al fuego. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, Marcos se aproximó por el costado. Cuando la bola salió por el aire, él levantó el bastón desviando la caída del papel de un golpe, fuera de las llamas.
El movimiento brusco rompió el trance y Gabriel lo miró inmediatamente, molesto.
Marcos sostuvo aquella mirada antes de preguntar en voz baja:
—¿Realmente me odias?
Soltando un suspiro impaciente, Gabriel dejó el libro a un lado con fastidio. Luego se cruzó de brazos y volvió la vista hacia el fuego. Sabía perfectamente que Marcos no iba a dejarlo en paz hasta terminarla.
—Lo que odio —dijo finalmente— es que desapareciste igual de fácil que regresaste. Como si no significara nada.
—No fue fácil.
—Claro.
—Me fui porque creí que era lo mejor para ambos. Y jamás terminé de sentirme bien con eso.
Aquello hizo que Gabriel levantara la vista de golpe. Lo clavó con la mirada.
—Ahora repite eso último frente a Duval —pidió con dureza—. ¿Serías capaz?
Marcos se tensó apenas, y Gabriel lo notó inmediatamente.
—Según tengo entendido por su propia mano, estabas perfectamente bien. Entonces, ¿serías capaz?
—¿Qué quieres exactamente? ¿Que encuentre una forma de decirlo que duela más?
—No —se recostó mejor sobre el sillón—. Solo quiero que seas sincero. Tú no te sentiste mal. Fuiste feliz y está bien. No tienes que ocultarlo por mí.
Marcos apoyó lentamente la espalda contra la repisa de la chimenea.
—Sí —admitió al final—. Fui feliz. Tuve todo lo que quería.