Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 161

Apenas el mayordomo se retiró con una reverencia, Gabriel se incorporó de su asiento, mirando a Marcos con molestia por la intromisión y la autoridad usurpada.

—¿Qué crees que haces? Me buscan a mí, no a ti.

Marcos apoyó una mano sobre el respaldo de la silla que acababa de abandonar y levantó apenas el bastón para señalarlo.
—Ahora me escucharás tú a mí —la firmeza de su voz hizo que Gabriel entrecerrara levemente los ojos—. Sé muy bien lo que pretendes. E imagino exactamente a qué ha venido esa mujer hasta aquí. Y de ninguna manera vas a recibirla.

Gabriel soltó una pequeña risa, aunque el fastidio ya endurecía su expresión.
—¿Perdón?

—Lo que oíste.

Aquella insolencia bastó para colmarle la paciencia. Gabriel se hizo a un lado y comenzó a caminar hacia la salida sin molestarse en ocultar su irritación.

—Gabriel.

​—No cruces esa línea, Marcos.

—Y a ti ni se te ocurra dar un paso fuera de esta habitación.

Él lo ignoró, avanzando hasta sujetar el picaporte con brusquedad.
—Ocúpate de tus propios asuntos —dijo mientras abría la puerta—. Estás libre por un par de horas. Aprovecha el tiempo y deja de pensar que puedes decidir sobre mí.

El golpe del bastón contra el suelo consiguió frenarlo antes de salir.

—¿Esta es mi casa también o no? —le exigió Marcos, con la voz vibrando de autoridad en medio del silencio.

Gabriel giró lentamente el rostro hacia él.
—Así es. ¿Qué tiene que ver eso ahora?

—Que también tengo derecho a decidir lo que sucede aquí. Y lo que quiero, es que esa mujer no vuelva a poner un pie bajo este techo, ¿entiendes? Esa ni ninguna otra.

Ahora, Marcos ya no estaba dispuesto a dejar que Gabriel se saliera con la suya. La paciencia tenía un límite; si realmente quería ayudarlo, debía empezar a ser muchísimo más duro y estricto con él, conteniendolo incluso contra su voluntad. Además, su propio orgullo estaba en el medio: no iba a permitir que lo hiciera a un lado otra vez, tratándolo como si fuera una segunda opción de la que podía prescindir mientras buscaba validación en la cama de una aparecida. Y, sobre todo, ya no aguantaría la idea de verlo buscar a alguien más.

El enfado de Gabriel empezó a disiparse al mirar a Marcos con fijeza. Lo leyó de inmediato; ya no era solamente enojo lo que veía en él. Había algo más en el tono de su voz, en la dureza de su mirada y en aquella obstinación repentina con la que intentaba imponerse: celos. Comprenderlo lo divirtió. Verlo reclamar su territorio, exigiendo exclusividad, encendió una chispa de triunfo en su pecho.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro. Cerró la puerta nuevamente y terminó por volverse, soltando una risa baja mientras daba un paso.
—¿Me estás ordenando qué hacer? Creo que olvidas a quién le estás hablando.

Marcos caminó hacia él hasta quedar completamente frente a frente.
—Sé perfectamente a quién le hablo. Precisamente por eso sé dónde tocar.

—¿Ah, sí? —arqueó apenas una ceja, divertido.

—Si quieres mi ayuda… o seguir durmiendo en mi cama, entonces considerarás al menos lo mínimo que te estoy pidiendo.

La sonrisa de Gabriel se amplió. Ahí estaba otra vez esa actitud nueva en Marcos, plántandose frente a él como un macho defendiendo aquello que consideraba suyo. Angeli podía provocarlo, pero Marcos lograba algo peor: imponerse. Y Gabriel descubría, para su desgracia, que aquello le resultaba entretenido.

Sus ojos descendieron hacia su boca con descaro antes de volver a mirarlo.
—Entonces dime algo —dijo, pícaro—. ¿Acaso serás tú quien me dará esta noche lo que quiero?

Marcos endureció su expresión.
—No.

Y Gabriel soltó otra risa.
—Qué decepción.

—Pero si no estás de acuerdo con lo que te pido, me detendrás.

Aquello solo consiguió arrancarle otra mueca divertida, y Marcos pasó a su lado para salir de la biblioteca. Gabriel permaneció donde estaba, observando la puerta cerrarse detrás de él sin intentar detenerlo. La diversión seguía visible en su rostro, aunque mezclada con interés.

Apenas Marcos llegó al vestíbulo, la encontró enseguida. Angeli estaba sentada sobre uno de los peldaños de la escalera principal, inclinada hacia atrás con las piernas cruzadas y los brazos extendidos a ambos lados del escalón, perfectamente cómoda. A su lado, descansaba una bolsa de la que asomaba claramente el pico de una botella.

Ella alzó la mirada apenas escuchó acercarse el bastón y, al verlo, una sonrisa coqueta apareció enseguida en sus labios. Marcos se veía demasiado bien para que no lo notara.
—Buenas noches, caballero —dijo con diversión.

—Buenas noches.

Él se acercó hasta quedar frente a ella y le tendió la mano.
—Está bloqueando la escalera.

Angeli soltó una pequeña risa antes de aceptar el gesto, y Marcos tiró de ella con firmeza, incorporándola de un solo jalón.

—Cielos… Qué fuerte.

Marcos solo soltó su mano de inmediato mientras Angeli lo miraba de arriba abajo.

—Dime, ¿tú también viniste a visitar a Gabriel?

—No —elevó el mentón—. Yo vivo aquí.

Ella alzó apenas una ceja.
—Qué extraño… Paso bastante tiempo aquí y jamás te había visto. ¿Seguro que no me estás mintiendo?

—Tal vez el señor Whitaker selecciona mejor a ciertas visitas.

La sonrisa de Angeli se ensanchó enseguida.
—Oh, ya entiendo. Eres de esos que hablan bonito cuando quieren insultar.

—Y usted de las que sonríen demasiado cuando entienden el insulto.

Ella soltó una carcajada.
—Tienes algo de carácter. Eso me agrada.

—Se da demasiada confianza para alguien que sigue esperando en una escalera.

—¿Tú quién eres exactamente?

Marcos apoyó ambas manos en la empuñadura de su bastón.
—Soy el dueño de esta casa.

Angeli soltó una risa abierta, negando con la cabeza.
—Por favor, eso no es cierto. Gabriel es el dueño de esta casa.

—Y yo también —cortó él, borrando cualquier rastro de simpatía—. Por eso mismo la invito a retirarse.




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