Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 162

Entre los dos existía una conversación profunda y pendiente sobre lo que realmente estaba pasando y lo que sentían; una charla que todavía no se habían sentado a tener.

Sus días transcurrían entre trabajo, documentos y discusiones por absolutas tonterías. Marcos seguía burlándose de Gabriel en cada oportunidad que se le presentaba, empujando sus límites con diversión; y Gabriel nunca se quedaba atrás, replicando con su habitual arsenal de ironías y sarcasmos afilados que, lejos de ofender, solo conseguían sacarle aún más sonrisas. Era una danza diurna de orgullo y practicidad.

Era extraño, porque incluso cuando discutían, ambos habían dejado de sentirse hostiles hacía tiempo.

Pero las noches… las noches eran todavía mejores.

Cuando la última luz se apagaba y el silencio terminaba por invadirlo todo, la frialdad de Gabriel parecía disiparse por completo. A veces se acostaba de forma deliberada dándole la espalda, manteniendo una distancia prudente; pero horas después, en la quietud de la madrugada, Marcos despertaba descubriéndose completamente abrazado por él, como si en sueños hubiera ido a buscarlo.

Otras veces era incluso más evidente: Gabriel esperaba la oscuridad y entonces empezaba, lentamente, a invadir su espacio. Primero rozaba su rodilla con la pierna, luego apoyaba una mano pesada sobre su cintura y, si pasaban varios minutos acostados sin hacer nada, terminaba atrayéndolo apenas hacia sí hasta conseguir que Marcos quedara recostado sobre su pecho.

Gabriel necesitaba el amparo protector de las sombras para dejar de esforzarse por ocultar cuánto le urgía sentirlo cerca. Y Marcos no era ciego a esto. Además, recordaba demasiado bien la ansiedad que Gabriel había sentido por él antes de su partida. Recordaba esa necesidad constante de tocarlo, de mantenerlo próximo… y empezó a reconocerla otra vez en todos esos pequeños gestos nocturnos.

Así, se propuso un objetivo claro: quería ayudarlo a que dejara de esconderse detrás de la noche para hacer cosas que, evidentemente, deseaba hacer también despierto, donde podían verse los rostros con claridad.

La primera vez decidió recurrir a la provocación. Aquella noche la lluvia golpeaba con suavidad los ventanales de la habitación y Gabriel había bebido durante la cena una copa más de lo que tenía permitido. No estaba ebrio, ni cerca, pero sí un poco más relajado. Más lento y menos pendiente de controlar cada gesto.

Él permanecía sentado contra el cabecero de la cama, con un libro entre las manos, mientras Marcos terminaba de acomodarse en su lugar.

—Estás muy callado.

—Estoy leyendo —respondió sin apartar la vista de la página.

—Si, eso explica el libro.

Al ver que una pequeña sonrisa apareció apenas en la boca de Gabriel, Marcos decidió dar el siguiente paso. Se arrastró sobre la cama hasta quedar junto a él y asomó apenas la cabeza hacia el libro.

—¿Qué lees? —apoyó el hombro contra el suyo y le sujetó suavemente el brazo.

Gabriel lo miró de reojo, sorprendido por la cercanía.
—Un poco de medicina.

Marcos frunció apenas el ceño y bajó la vista hacia las páginas. El texto estaba escrito en francés antiguo, con una letra apretada que obligaba a leer con atención. Curioso, empezó a recorrer un fragmento al azar:

Entre varones, el acto exige más paciencia que fuerza.
Pues allí donde el cuerpo no fue dispuesto naturalmente para recibir, la violencia sólo conduce al dolor y al rechazo.

Debe prepararse al compañero con lentitud suficiente para que el temor no convierta el contacto en sufrimiento.

El exceso de impulso en los primeros encuentros suele dejar heridas visibles durante días, razón por la cual muchos abandonan la práctica creyéndola antinatural, cuando en realidad sólo han conocido hombres incapaces de contener su propia necesidad.

Quien pretenda poseer otro cuerpo masculino sin cuidado alguno, solo hallará resistencia antes que placer.

​Anonadado, Marcos repitió la lectura para asegurarse de que había leído bien. Luego continuó con los siguientes encabezados de la página: “Riesgos físicos”… “Preparación”… “Dolor”… “Desgarros”.

Se volteó hacia Gabriel y descubrió que ya lo estaba observando con una expresión entretenida.

—¿De dónde sacaste esto?

—Lo conseguí en una biblioteca médica. ¿Ves?

Cerró un poco el libro para mostrarle la tapa: “Estudio médico-legal sobre los atentados contra la moral y las desviaciones del instinto sexual”.

La lluvia seguía cayendo mientras Marcos volvía a mirarlo con curiosidad creciente.

Gabriel no investigaba aquello porque fuera inocente ni porque ignorara el deseo. Lo hacía porque necesitaba entender racionalmente lo que sentía. Porque quería saber qué hacer llegado el momento sin perder el control, sin actuar impulsivamente… y, sobre todo, sin lastimarlo.

—Preferiría no matarte por ignorancia —dijo, con una sinceridad teñida de ironía.

​A Marcos se le escapó una carcajada. Saber que se formaba sobre el tema le resultó absurdamente tierno.
—¿Estudias cómo acostarte conmigo?

—¿Y qué? —el tono era desafiante, sin un ápice de vergüenza—. ¿Acaso me lo explicarás sobre la marcha?

El calor subió a las mejillas de Marcos; la sola imagen mental lo hizo dejar de pensar.
—¡Sí!

La respuesta salió tan rápido que ambos quedaron en silencio un segundo, hasta que Marcos abrió apenas más los ojos.
—¡Digo no! Yo no…

Gabriel lo interrumpió antes de que pudiera arreglarlo.
—Ah… Así que ya lo estás considerando.

Aquello bastó para poner a Marcos nervioso otra vez. Por eso terminó riéndose y, casi como una excusa para escapar de esa mirada, le arrebató el libro de las manos antes de alejarse un poco para acomodarse nuevamente en su lado de la cama.

—Déjame ver esta barbaridad.

Gabriel lo observó con una sonrisa tranquila mientras Marcos seguía hojeando, hasta que encontró una línea y leyó en voz alta:
—“Uso de aceites para reducir lesiones” —alzó lentamente una ceja—. Eso sí funciona.




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