Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 163

La música flotaba suavemente entre los enormes salones iluminados mientras hombres y mujeres recorrían el lugar con sonrisas y copas en la mano, procurando hacerse notar lo suficiente para que todos los demás recordaran que habían sido invitados. Allí dentro, cada conversación parecía una demostración de influencia, apellido o fortuna. No todos asistían únicamente por diversión; asistían para ser vistos.

Para sorpresa de Gabriel, Marcos se había acomodado demasiado rápido.

Desde que llegaron, no dejó de saludar a personas: comerciantes, administradores, herederos e incluso algunos nobles que lo reconocían enseguida apenas lo veían aparecer. Y cuando alguien no lo ubicaba, el resto se ocupaba rápidamente de presentarlo.

Gabriel empezó a notar algo curioso: ahora era Marcos quien destacaba. Y mientras veía cómo la atención recaía constantemente sobre este, a medida que respondía bromas y estrechaba manos, él caminaba a su lado, tranquilo, relajado. Podía permitirse permanecer más silencioso sin tener que estar tan agobiantemente pendiente de sostener su imagen de perfección.

Sin embargo, cada vez que Marcos lo presentaba y las miradas lo capturaban, retomaba el control para volver a convertirse en el hombre elegante, preciso y seguro de sí mismo, capaz de dominar cualquier tema de conversación.

Marcos no esperaba sentirse tan cómodo allí. Había ido predispuesto a aburrirse, pero la mayoría de los presentes eran personas que ya conocía tras haber trabajado para Whitcombe. Hombres con los que negoció mercancías, supervisó envíos o discutió precios durante interminables tardes en depósitos y oficinas. Así, empezaba a agradecer que Gabriel prácticamente lo hubiera obligado a asistir.

Entre grupo y grupo, charla y charla, también empezó a percibir algo: el cristal en la mano de Gabriel se llenaba a cada rato.

La servidumbre era impecable y recorría sin pausa el salón ofreciendo vino; apenas detectaban vasos medio vacíos, volvían a llenarlos automáticamente. Y Gabriel, atrapado entre conversaciones y saludos, terminaba bebiendo de forma inevitable.

Comenzando nuevamente con su vigilancia, cada vez que veía que Gabriel estaba a punto de llevarse el vino a la boca, Marcos encontraba alguna manera de interrumpirlo.

—¿Whitcombe sigue comprando la misma cantidad de barricas o al final las aumentó?

Gabriel volvía la cabeza hacia él y respondía antes de beber.

Minutos después:
—¿Reconociste al hombre junto al piano? Creo que intentó vendernos telas hace unos años.

Otra vez Gabriel terminaba hablando en lugar de tomar vino.

Así continuaron durante buena parte de la noche. Gabriel empezó a darse cuenta de lo que Marcos hacía, por supuesto. Cada interrupción llegaba exactamente en el momento preciso para que sintiera la atención constante.

Después del banquete de medianoche, cuando los invitados empezaban a dispersarse entre los distintos salones buscando bebidas o conversaciones más privadas, Gabriel y Marcos terminaron cruzándose con Whitcombe cerca de la escalera principal.

—¡Baker!

El lord saludó a Marcos de tal forma que parecía haberse encontrado con un amigo íntimo de toda la vida. Le sujetó el brazo mientras reía por el reencuentro y, durante los minutos siguientes, Gabriel se percató de la enorme confianza que existía entre ambos.

Claro que no era simple cordialidad. Whitcombe hablaba con Marcos sin filtros, interrumpiéndolo, burlándose de él y escuchándolo después. Y Marcos le respondía exactamente igual, relajado, sin la tensión respetuosa que la mayoría mostraba frente al hombre dueño de aquella mansión.

La interacción tenía su valor para Gabriel. El lazo que Marcos había construido era fuerte, real, y podía convertirse en algo extremadamente beneficioso para los negocios si se manejaba correctamente; sacando un beneficio directo para la bodega y su expansión.

Whitcombe terminó riéndose otra vez antes de mirar a ambos.
—Vengan conmigo. Estoy reuniendo gente interesante.

Sin esperar demasiado, los condujo hacia la biblioteca junto a un exclusivo grupo de ocho caballeros más. Era el círculo de elegidos que el lord había seleccionado para escapar del tedio y la formalidad estricta de la fiesta.

Una vez dentro, con las pesadas puertas cerradas aislando el ruido de la orquesta, todos se acomodaron en los profundos sillones de cuero formando un círculo. Whitcombe, sirviéndose un whisky y aflojando el nudo de su corbata, propuso jugar a las definiciones.

Uno de los hombres soltó una risa.
—Eso es demasiado intelectual para esta hora.

—Por eso es perfecto —replicó Whitcombe—. Así veremos quiénes siguen siendo funcionales después del vino.

Explicó el juego de manera simple: uno elegiría una palabra extremadamente rara del diccionario y todos tendrían que usar su ingenio para escribir una definición convincente. Después se leerían todas las respuestas y el grupo votaría por cuál creía que era la correcta.

La servidumbre repartió pequeñas tarjetas de notas y lápices de mina de grafito mientras Whitcombe husmeaba el enorme diccionario. Tras un momento de deliberación, detuvo su dedo sobre una de las páginas, sonrió y levantó la vista.

—Perfecto. La palabra es… Catoptromancia.

Varios levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—Eso ni siquiera parece una palabra real —protestó uno.

Whitcombe soltó una carcajada.
—Lo es, lo aseguro. Y es maravillosa.

Algunos fruncieron el ceño intentando descifrar el término mientras otros comenzaron a escribir cualquier disparate con absoluta confianza.

Gabriel observó a Marcos de reojo, descubriendo que ya estaba sonriendo mientras anotaba algo rápidamente en su tarjeta. Aquello lo hizo sonreír también.

Minutos después, Whitcombe empezó a recoger los papeles antes de aclararse la garganta.
—Muy bien, caballeros… veamos qué tan mentirosos son esta noche.

Las risas alrededor fueron inmediatas.




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