Gabriel había empezado a desplazarse lentamente. Después de permanecer demasiado tiempo atrapado en las mismas conversaciones, necesitaba moverse, respirar otro aire y distraerse, aunque fuera observando rostros ajenos entre el gentío. Además, ahora que Marcos no estaba encima de él, podía beber más y con total tranquilidad.
Usando la lógica, no tenía nada de malo permitirse un pequeño exceso por una sola noche. Eso pensaba mientras aceptaba otra copa de la bandeja de un sirviente.
Caminaba despacio, repasando las caras de los invitados con una indiferencia altanera, hasta que ocurrió. Su mirada se cruzó de lleno con los ojos del hombre que una vez le había arrebatado todo.
Se quedó completamente detenido. Al otro extremo del salón, Héctor hizo exactamente lo mismo. Ninguno apartó la vista; ni siquiera se concedieron el lujo de parpadear. Los dos mantuvieron el mentón apenas elevado: orgullosos, tensos, intentando imponerse para demostrar, de manera tácita, quién era el que poseía más fuerza y dominio.
Sus rostros adoptaron una frialdad insondable que parecía más dura y despiadada que el propio mar; un reflejo ineludible del azul celeste y tormentoso que compartían en sus miradas.
Entonces Gabriel percibió el momento exacto en que Héctor empezó a buscar a su alrededor con movimientos discretos. Una mirada rápida hacia los costados, como esperando encontrar a Marcos a su lado. Pero al no verlo allí, Héctor empezó a ampliar lentamente el campo de visión, recorriendo el salón con los ojos mientras seguía manteniendo parte de su atención fija sobre él.
Gabriel lo observó hacerlo, maldiciendo para sus adentros. Marcos debería haber estado allí. Justo ahí, a su lado. Esa era la verdadera razón por la cual lo obligó prácticamente a asistir aquella noche: quería que Héctor los viera juntos. Plantarse frente a él con Marcos al lado y demostrarle, sin necesidad de palabras, que al final había regresado con él. Que, después de todo, seguía siendo el hombre elegido. Quería verlo en el rostro de Héctor. Que entendiera que había ganado. Que poseía exactamente aquello que deseaba.
Pero ahora, en cambio, solo le quedaba quedarse estático mientras el otro seguía buscando alrededor. La frustración lo encendió por dentro; de repente, le resultaba intolerable la idea de que Marcos estuviera en cualquier otra parte que no fuera junto a él.
Dejando de lado la búsqueda silenciosa, Héctor tomó una decisión y empezó a acercarse. No lo hizo rápido ni impulsivamente. Avanzó entre los cuerpos con calma y, al verlo venir, Gabriel enderezó la espalda afilando cada uno de sus sentidos, preparándose mentalmente para destrozarlo. Iba a humillarlo, a clavarle cada palabra que pudiera hasta hacerle sangrar el orgullo.
Al llegar a él, Héctor saludó con cortesía.
—Señor Whitaker.
Gabriel sonrió apenas.
—Señor Duval. Qué alegría verlo. Habría pensado que buscar mi compañía sería lo ultimo que desearía hacer esta noche.
—Lo es. Pero me parece la única manera de encontrar lo que busco.
—Es indignante que me use de carnada. Aunque supongo que la desesperación logra que ciertos hombres actúen de forma indebida.
Los ojos claros de Héctor se endurecieron.
—Podría alejarme si quisiera.
Gabriel lo observó con una serenidad ofensiva.
—Oh, en lo absoluto. Quédese. No tengo problema en que esperemos aquí juntos hasta que él aparezca.
Durante un instante, ninguno habló. La tensión era tan fuerte que parecía aislarlos del resto de la fiesta. Finalmente, Héctor alzó apenas la copa.
—Bien. Entonces brindo por eso.
Gabriel le sostuvo la mirada antes de elevar la propia y chocarla suavemente. Luego, ambos bebieron.
Permanecieron uno junto al otro, impecables, entregados a la misma actividad: buscar a Marcos con la mirada. Aquello empezó a sentirse menos como una espera y más como una competencia. A veces Héctor recorría primero un sector y Gabriel seguía inmediatamente la dirección de sus ojos. Otras veces era Gabriel quien creía distinguir cierta figura entre la multitud y Héctor giraba apenas un segundo después, intentando descubrir si se trataba de él.
Ninguno quería admitir cuánto le importaba encontrarlo antes que el otro. En el fondo, ambos entendían perfectamente lo que significaría ese momento: hacia cuál de los dos elegiría acercarse primero Marcos cuando finalmente apareciera.
De pronto, en medio de la búsqueda, Héctor dejó escapar una pequeña risa nasal y giró la copa entre los dedos.
—Linda estrategia la tuya.
Gabriel lo miró de reojo.
—¿Perdón?
—Ponerte en una situación tan lamentable que lo obligara a volver contigo. Debo admitir que es ingenioso. Aunque habría pensado que después de más de dos años ya lo habrías superado.
—Yo no me puse en ninguna situación. Y tampoco lo llamé. Marcos volvió solo.
—Claro. Imagino que tú no sabes exactamente cómo hacer que alguien se sienta endeudado hacia ti.
El comentario hizo que los ojos de Gabriel se encendieran de vanidad.
—Pudiste retenerlo, ¿sabes? —le dijo con calma—. Pudiste haberlo obligado a quedarse contigo.
Héctor giró lentamente el rostro hacia él.
—Yo no soy tú.
Gabriel sonrió y lo miró de frente.
—Exacto. Tal vez eso era justamente lo que él necesitaba. Alguien que no le diera opciones.
—No confundas amor con encadenamiento, Whitaker.
—No confundas perder con madurez, Duval. —Bebió otro sorbo.
El golpe hizo que Héctor entrecerrara apenas los ojos.
—¿Sabes qué es lo más triste? Que incluso ahora necesitas convertir todo esto en una competencia.
—E hice venir a Marcos esta noche para mostrarte con quién decidió estar.
Héctor se habia dado cuenta de que Gabriel pretendia lastimarlo usando a Marcos. Sus voz sono indignada:
—¿Realmente te importa él? ¿O solo lo usas para demostrarte a ti mismo que puedes obtener lo que quieres?
Por un instante, el rostro de Gabriel cambió. Estaba ocultando algo. Su orgullo tomó las riendas con tal de no mostrarse vulnerable.
—Si puedo sacar provecho de algo, lo haré.