Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 165

Evelin se quedó dura como una estatua de mármol. La sonrisa que había sostenido durante toda la conversación, aquella que utilizó para intentar encantarlo una vez más, desapareció lentamente mientras sus ojos descendían hacia las bolsas de dinero sobre el escritorio. Las observó durante largos segundos, intentando convencerse de que aquello no significaba lo que parecía significar.

Pero lo significaba: no era un regalo amoroso ni un gesto de cariño. Era una despedida.

Y una definitiva.

Gabriel había sido dolorosamente claro. No habría más encuentros, ni nuevas oportunidades, ni excusas para volver a buscarlo. Esa era la última vez que se sentaban frente a frente.

Precisamente porque aún conservaba una mínima cuota de aprecio hacia ella y porque sabía que no tenía ninguna responsabilidad en las acciones de los Weaver, había decidido asegurarse de que no quedara desprotegida. La suma era mucho mayor de lo necesario. Suficiente para comenzar un negocio, invertir, vivir cómodamente durante bastante tiempo o apoyarse mientras construía una vida propia.

Sabía que Evelin era inteligente, que había adquirido un buen conocimiento en los negocios, que contaba con la ayuda de sus abuelos y que podría salir adelante. Por eso estaba haciendo aquello.

En otro aspecto, si Gabriel realmente pensaba cumplir la promesa que le había hecho a Marcos, debía terminar de soltar todo lo que todavía lo ataba a esa familia. No podía marcharse a otro país mientras seguía dejando puertas abiertas detrás suyo. Los Weaver debían quedar atrás. Todos ellos.

Cuando ella volvió a levantar la vista, tenía los ojos un tanto húmedos.
—¿Por qué me haces esto? ¿Qué se supone que voy a hacer sin ti?

Gabriel dejó escapar un suspiro, paciente.
—No te estoy haciendo nada, Evelin.

—Claro que sí.

Él señaló las bolsas de dinero con un gesto simple.
—Me estoy asegurando de que no te falte nada mientras encuentras tu propio camino.

—Yo no quiero tu dinero.

—Por supuesto que no. —La ironía apareció de inmediato en su voz—. Porque nada te viene bien.

—¿Eso es lo que piensas de mí?

—Pienso que eres dramática.

—Gabriel…

—Escúchame —su tono se volvió más serio—. Tienes que madurar. Eres joven. Bella e inteligente. Tienes oportunidades delante de ti que muchas personas jamás tendrán. Puedes construir una vida propia. Puedes enamorarte de alguien que te corresponda. Casarte si eso es lo que deseas. Tener hijos. Viajar. Crear algo que sea realmente tuyo.

Evelin negó lentamente con la cabeza.
—No entiendes, yo no quiero…

—Lo entiendo perfectamente —la interrumpió—. La que no entiende eres tú. Estás tan concentrada en querer que exista algo entre nosotros que no ves nada más.

Los ojos de Evelin comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Porque te amo.

Aquella confesión ya no le producía el efecto que había tenido antes.
—No. No amas a la persona que soy —la voz de Gabriel sonó extrañamente tranquila—. Amas una idea. Una posibilidad. Una historia que llevas imaginando.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es —sostuvo su mirada—. Porque si realmente me conocieras, habrías dejado de perseguirme hace mucho tiempo.

Las lágrimas terminaron por deslizarse sobre su mejilla. Entonces llegó la frase:

—Estás obsesionada con que debería existir algo entre nosotros. Y eso ya no va a suceder.

Rápidamente, Evelin se secó el rostro con el dorso de la mano. Tenía la garganta cerrada y una sensación insoportable de injusticia. No podía creer, no conseguía entender, cómo Gabriel seguía haciéndole daño con tanta facilidad.

Aquel hombre le dolía. Y aun así seguía queriéndolo.

—No estoy obsesionada —dijo finalmente, intentando recuperar algo de firmeza—. Pero uno no encuentra dos veces a la misma persona. Y yo solo te quiero a ti.

—Por Dios, Evelin, quieres una fantasía. Querer a alguien no es motivo suficiente para exigir que sienta lo mismo.

Evelin abrió la boca para responder, pero el dolor terminó siendo más fuerte que las palabras. Se puso en pie de golpe, arrastrando la silla hacia atrás.
—¡¿Cómo puedes ser así?! —las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas—. ¡Dices que te vas y me arrojas tres bolsas de dinero como si eso compensara todo lo que te di!

Aquello consiguió que Gabriel se incorporara, con la expresión endurecida.
—Yo también te di cosas y no te estoy pidiendo una maldita compensación por ello. ¿Qué quieres exactamente? ¿Te da pena pedirme más por tu tiempo?

—¡No!

El grito resonó en toda la habitación. Entonces ella levantó la mano y señaló directamente el anillo que todavía llevaba puesto.

—¡Quiero que cumplas tu palabra!

Gabriel observó la joya antes de volver a mirarla a los ojos.
—No puedes obligarme a casarme contigo.

—¿Por qué no? —estaba desesperada—. ¡¿Por qué no?! Hice todo lo que me pediste. Nunca me quejé de ti. Nunca te exigí que cambiaras. Te obedecí en silencio, acaté tus reglas y esperé. Esperé cuando me ignorabas. Esperé incluso cuando andabas revolcándote con otra persona.

—Evelin…

—¡Y aun así seguí amándote! —. Las lágrimas corrían libremente—. Yo fui fiel. Fui leal. Y tú debiste darme lo mismo.

Gabriel sintió algo parecido a la culpa, pero desapareció tan rápido como llegó.
—Nunca te pedí que hicieras eso.

Aquello la dejó sin aire.
—¿Qué?

—Nunca te pedí que te sacrificaras por mí. Y eso no convierte tú decisión en mi deuda.

Las palabras la impactaron con demasiada violencia. Fue como si Gabriel hubiera encontrado exactamente un punto y hundido allí una lanza sin vacilar. No era solo el rechazo. Era escuchar que todo el tiempo ocupado en espera, en paciencia y en esperanza construida alrededor de él, no significaban nada.

Intentó encontrar alguna frase capaz de herirlo como él la estaba hiriendo a ella, pero no encontró ninguna. Solo sintió un dolor tan grande que ya no cabía dentro de su pecho. Entonces, llevó una mano hacia su dedo.




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