La oscuridad y el silencio absoluto se habían apoderado de la residencia Weaver durante cuatro largos días. Como dictaban las estrictas y fúnebres normas de la alta sociedad, las pesadas cortinas de terciopelo permanecían cerradas en cada habitación, bloqueando cualquier rastro de luz solar, y todos los espejos de la casa estaban prolijamente tapados con telas negras.
El ambiente era dominado por el olor fuerte y penetrante de las docenas de azucenas blancas que inundaban los pasillos, intentando ocultar la putrefacción.
En el centro del salón principal, el ataúd de caoba maciza, decorado con pesados herrajes de bronce pulido, recibía la visita de amigos, socios y familiares que acudían a presentar sus respetos al difunto.
La señora Weaver había supervisado cada detalle con la rigidez de quien se negaba a derrumbarse delante de los demás, provocando una ausencia deliberada entre todas las invitaciones enviadas: Gabriel Whitaker. Tanto él como Marcos no habían sido convocados. Y ninguno de los dos esperaba realmente serlo.
Aun así, Gabriel conocía a la perfección las reglas del juego social y sabía que no podía ignorar el velatorio. Todo Kensington estaba al tanto de los negocios que había compartido con la familia Weaver; demasiadas personas los habían visto trabajar juntos. Además, seguía existiendo el recuerdo público de su compromiso con Evelin. No presentarse habría sido una afrenta tan evidente como imperdonable.
Por eso, a pesar de la exclusión, ambos acudieron igualmente para hacerse notar en las inmediaciones de la residencia. Hablaron brevemente con el mayordomo en la entrada, entregaron una tarjeta de luto escrita con la formalidad correspondiente y evitaron cualquier intento de ingresar más allá del vestíbulo. Después, permanecieron algún tiempo en el exterior, mezclados entre otros conocidos que llegaban para presentar sus respetos y marcharse pronto, utilizando las mismas frases sobre la bondad de Weaver, la pérdida irreparable para la comunidad y lo injusta que podía resultar la vida.
Mientras sostenía aquellas conversaciones, los ojos de Gabriel escrutaban discretamente la entrada. Esperaba ver a Evelin allí afuera, o al menos en el vestíbulo, recibiendo a quienes se acercaban a dar el pésame. No porque creyera que fuera a recibirlo bien, ni porque imaginara que ella quisiera hablarle. Simplemente sabía que Evelin estaría destrozada; recordaba cuánto adoraba a su abuelo, lo que significaba aquel hombre en su vida y que la última vez que se vieron ella había salido corriendo y llorando. Sentía la necesidad diplomática, y quizás una minúscula punzada de deber, de ofrecerle unas palabras de consuelo.
Pero Evelin no apareció. Y la puerta continuó abriéndose únicamente para recibir visitantes o despedir a quienes se marchaban.
Apoyado en su bastón, Marcos se mantenía observando el movimiento de los carruajes mientras escuchaba a los demás. A regañadientes, incluso él esperaba verla, aunque fuera un segundo, para darle el pésame de manera respetuosa. El rencor que le tenía no era suficiente para borrar ciertas cosas. Sabía lo que significaba perder a alguien que había ocupado el lugar de una figura paterna y protectora; ese era un dolor que no le habría deseado a nadie.
Durante los días de encierro, Evelin entraba varias veces al salón donde descansaba el cuerpo. Lo hacía porque una parte de si seguía sin creerlo, esperando despertar. Pero cada vez que cruzaba esas puertas se encontraba con el mismo ataúd, las mismas flores y el mismo silencio.
Se sentaba en alguno de los sillones apartados, vestida por completo de negro, camuflada entre las sombras que llenaban la habitación. Permanecía allí durante varios minutos observando mientras las lágrimas terminaban apareciendo una vez más. Lloraba hasta que los ojos le ardían; rezaba en voz baja e intentaba evocar el sonido de la voz de su abuelo, aterrada ante la sola idea de olvidarla. Después, se secaba el rostro y volvía a salir.
Su abuela, en cambio, parecía atravesar el duelo de otra manera: prácticamente no abandonaba sus aposentos. Pasaba la mayoría de las horas encerrada y, cuando se cruzaban en el salón, apenas pronunciaba unas pocas palabras antes de volver a sumirse en el silencio.
Llegado el día de la comitiva fúnebre, la casa despertó antes del amanecer. Los criados se movían por todos lados, atentos al servicio, mientras los carruajes comenzaban a alinearse frente a la residencia.
Evelin se vistió con lentitud entre sollozos; cada prenda oscura solo le recordaba el motivo por el cual ahora estaba sentada frente al tocador, tratando de ocultar las ojeras de su rostro. Cuando estuvo lista, fue hasta la habitación de su abuela. El coche principal ya aguardaba afuera y era momento de partir. Tocó la puerta varias veces pero, al no obtener respuesta alguna, giró el picaporte y decidió entrar con cuidado.
Al hacerlo, encontró a la anciana recostada en la cama de costado, vestida con el luto riguroso y la mirada fija en el lado vacío donde solía dormir su esposo. La imagen le rompió el corazón.
—Abuela —dijo en voz baja—. El coche nos está esperando. Debemos irnos.
La señora Weaver parpadeó despacio, emergiendo de su letargo.
—Ya voy.
Evelin se quedó esperando en silencio. No quería presionarla. Sabía que estaba sufriendo por la pérdida de su compañero de vida.
Finalmente, la señora Weaver se sentó en el borde del colchón con cierta torpeza, entonces Evelin avanzó rápidamente para ayudarla.
—Déjeme… —Le ofreció una mano y la afirmó con cuidado mientras se ponía de pie.
Ambas mujeres quedaron muy cerca, cara a cara en medio del lúgubre cuarto. Así fue como la señora Weaver clavó la mirada en el rostro de su nieta: primero en sus facciones, luego en su boca y, por último, en aquellos ojos.
Una ira hirviente avanzó en su interior al ver que, incluso entonces, Leandro la perseguía dentro de su propia familia. El hombre que había sembrado la semilla de la desgracia en su hija —no una, sino dos veces— ahora le arrebataba a su esposo.