Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 167

El despacho, como cada una de las habitaciones de la casa, seguía impregnado del luto. Evelin permanecía sentada junto a su abuela, ambas vestidas de negro, mientras el abogado acomodaba cuidadosamente una carpeta de documentos sobre la mesa.

—Antes de comenzar, deseo expresar nuevamente mis condolencias por el fallecimiento del señor Weaver. Comprendo que apenas han transcurrido unos días y lamento profundamente presentarme en estas circunstancias, pero existen asuntos que no pueden seguir postergándose.

La señora Weaver respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Continúe.

Durante la siguiente hora, el abogado procedió a leer el testamento de Samuel Weaver. El documento era claro, pero su contenido reflejaba con amargura la realidad económica que atravesaban al enumerar las escasas propiedades, inversiones, participaciones comerciales y bienes personales que les quedaban. La mayor parte había sido destinada a Evelin; el resto quedaría bajo el control de la señora Weaver en tanto viviera.

Evelin escuchó todo aquello con una sensación extraña. Sonaba vacío, como si estuvieran hablando de la vida de otra persona, porque ninguna de aquellas cosas era realmente lo que quería.

Cuando el abogado terminó la lectura, cerró el documento y permaneció unos segundos en silencio. Fue entonces cuando su expresión cambió.

Apoyó las manos sobre la carpeta y las observó con gravedad.
—Ahora bien... existe otro asunto que considero más delicado.

La señora Weaver se enderezó apenas.
—¿Qué asunto?

—La auditoría de la sociedad en comandita que mantenía el señor Weaver junto con los señores Whitaker y Baker ha sido concluida.

La mirada de la anciana se endureció de inmediato, y el abogado abrió otro conjunto de documentos.

—Los resultados fueron extraordinariamente satisfactorios. Los registros contables son prácticamente perfectos: las compras coinciden con los inventarios, los pagos están respaldados y los movimientos bancarios cuadran. Francamente, pocas veces he visto una administración tan meticulosa.

Evelin sintió un pequeño nudo en el pecho. Eso sonaba y le recordaba a Gabriel. Podía imaginarlo perfectamente sentado, revisando cada número tres veces antes de firmarlo. La señora Weaver, en cambio, parecía más incómoda.

—¿Y entonces cuál es el problema? —preguntó con frialdad.

—Es que encontramos dos inconsistencias. Dos facturas correspondientes a pagos realizados a un proveedor. Las cantidades registradas en los libros no coinciden exactamente con las cifras reflejadas en la documentación externa.

La anciana arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?

—En circunstancias normales, sí. Un error de transcripción. Un número mal copiado. Una cifra invertida. Nada especialmente preocupante —hizo una pausa—. Sin embargo, precisamente porque el resto de los registros son impecables, estas dos discrepancias llamaron nuestra atención.

Ahora incluso Evelin estaba inclinada hacia adelante. Aquello no encajaba con Gabriel; él jamás se equivocaba en una cifra ni cometía errores.

—¿Entonces? —preguntó la señora Weaver, percibiendo la posibilidad de que algo realmente bueno estuviera escondido bajo aquellos documentos. Algo que demostrara que Gabriel Whitaker no era tan impecable como aparentaba.

—Ordenamos una revisión completa del proveedor que figuraba en esas facturas. El auditor comenzó verificando los movimientos comerciales declarados. Cantidades, fechas, rutas de transporte, registros aduaneros. Al profundizar en la investigación… —Abrió uno de los expedientes y deslizó varias hojas—. Dicho comerciante habría vendido a la comandita varias toneladas de materia prima extremadamente costosa. Y al seguir indagando, nos dimos con que no tenía la capacidad para hacerlo. No posee nada que demuestre movimientos compatibles con esas cantidades y mucho menos el capital necesario para adquirir mercancía de semejante valor.

La señora Weaver se incorporó bruscamente en su asiento.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que algo sucio iba a salir de esa auditoría!

El abogado no compartió su entusiasmo. Por el contrario, su expresión se volvió aún más seria.
—Señora Weaver, esto es un asunto extremadamente grave. Estaríamos hablando de fraude documental, falsificación comercial y manipulación contable deliberada.

Evelin sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza. ¿Gabriel? Imposible, ¿o no? ¿Sería Marcos? ¿Ambos?

El hombre se acomodó los anteojos.
—Por esa razón decidí entrevistar personalmente a este proveedor.

Las dos mujeres lo observaron sin pestañear.

—Al principio negó todo. Después se contradijo varias veces. Finalmente, cuando comprendió la magnitud de las pruebas acumuladas y la posibilidad de enfrentar cargos, decidió colaborar.

La señora Weaver casi podía sentir la victoria acercándose.
—¿Qué dijo?

—Confesó haber firmado dichas facturas por petición expresa del señor Whitaker.

Evelin abrió los ojos.
—¿Qué?

—Según su declaración, mantenía una deuda considerable con él. A cambio de cancelarla, accedió a firmar documentación relacionada con las operaciones de la comandita.

La joven permaneció inmóvil. Por mucho que estuviera herida, por mucho que quisiera odiar a Gabriel, una parte de ella seguía teniendo dificultades para encajar aquella imagen con el hombre que conocía.

Su abuela, en cambio, parecía alimentarse de cada palabra.
—¡Es un ladrón! —golpeó el brazo del sillón con la palma—. ¡Un maldito ladrón! ¡Ese miserable debería estar en prisión!

El abogado extrajo una hoja cuidadosamente doblada.
—Esta es la declaración firmada por el hombre —la colocó sobre la mesa—. Está fechada, certificada y acompañada por toda la documentación de respaldo obtenida durante la auditoría.

—¿Qué hacemos con esto?

—Necesito de su autorización como representante del patrimonio. Con ello puedo presentar una demanda civil inmediata ante el tribunal mercantil. Si el juez considera suficientes las pruebas preliminares, podrá emitir una orden de arresto mientras se desarrolla el proceso.




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