El ajetreo transcurría de forma habitual. Algunos hombres ajustaban sogas alrededor de las barricas ya cargadas, mientras otros regresaban desde los depósitos empujando los toneles que serían colocados en la siguiente carreta. Entre el ruido de los carros, las conversaciones y alguna que otra carcajada, la jornada avanzaba; hasta que comenzaron a escucharse los cascos.
El ritmo se cortó de tajo. Varios trabajadores levantaron la cabeza al mismo tiempo y se giraron hacia el camino principal: tres jinetes avanzaban a galope, directo hacia ellos.
Cuando los caballos se detuvieron, los recién llegados bajaron de sus monturas con la expresión severa de quienes estaban acostumbrados a imponer autoridad.
Uno de ellos recorrió el lugar con la mirada: observó las carretas, las barricas y a los hombres. Luego habló con voz dura:
—Somos oficiales de la Policía Metropolitana —extrajo un documento doblado del interior de su abrigo y lo desplegó frente a todos—. Traemos una orden de arresto y traslado a Newgate para el señor Marcos Baker, por conspiración para estafar y falsificación documental.
Varios cruzaron miradas veloces de soslayo.
El segundo oficial avanzó un paso.
—Vayan a buscar a su patrón.
Nadie se movió durante unos segundos incómodos, hasta que uno de los empleados más antiguos dio un paso al frente y apoyó una mano sobre el hombro de un compañero.
—Ve a fijarte si está el señor Baker —le indicó. Luego, giró el rostro hacia los oficiales—. Se estaba preparando para irse hace como media hora. Generalmente se marcha sin despedirse de nadie.
—Entonces apresúrese.
—Sí señor —dijo el joven empleado, captando la orden implícita en los ojos de su compañero mayor, e ingresó para ir a "buscarlo".
Afuera, la cuadrilla entera se quedó completamente muda. Ninguno se movió ni desvió la mirada, sosteniendo la mentira. En realidad, todos y cada uno de los hombres allí presentes sabían perfectamente que su patrón estaba adentro, revisando el inventario de las barricas. Pero Marcos era uno de los suyos: un hombre que trabajaba a la par, que les brindaba ayuda cuando la necesitaban, adelantos si las cosas iban mal y una lealtad que rara vez existía entre patrones y empleados; por eso nadie iba a delatarlo. Su única misión ahora era mantenerse firmes y darle todo el tiempo posible para que comprendiera el peligro y escapara.
En cuanto el muchacho comprobó que ya estaba fuera de la vista de los oficiales apostados en la entrada, echó a correr. Atravesó el almacén esquivando barriles, carretillas y colegas que cargaban mercancía, mientras las miradas sorprendidas lo seguían sin comprender qué ocurría. Algunos incluso intentaron llamarlo, pero él ni siquiera se detuvo.
Llegó al despacho y abrió la puerta de golpe. Marcos, que anotaba cifras, dio un respingo en la silla.
—¡¿Pero qué demonios te sucede?!
El joven cerró la puerta con rapidez y apoyó la espalda contra ella, todavía agitado.
—¡Señor! La policía está ahí afuera. Traen una orden de arresto… Dicen que vienen a llevárselo por falsificar documentos.
—¿Qué?
—¡Newgate, señor! Escuché que lo mencionaron. Si lo encuentran aquí se lo llevarán.
Marcos se puso de pie rápidamente, mientras el corazón se le aceleraba.
—Pero…
El empleado ya estaba reuniendo los papeles dispersos sobre el escritorio.
—¡Tenemos que sacarlo de aquí! ¡Ahora mismo!
Aquello bastó para romper la parálisis inicial. Marcos reaccionó por puro instinto de supervivencia y comenzó a recoger documentos, cerró el libro de inventarios y guardó varias hojas dentro de una carpeta para ordenar el lugar mientras su mente pensaba apurada.
“¿La policía?” “¿Una orden de arresto?”
Cuando tomó su bastón del borde del escritorio, se iluminó con una idea desesperada.
—¡La fosa de drenaje! —soltó de pronto.
El muchacho levantó la cabeza.
—¡Sí!
No hizo falta decir más. Ambos salieron apresuradamente del despacho y atravesaron la nave principal a toda velocidad, mientras los demás los observaban con inquietud. Algo estaba ocurriendo. Y era grave.
A mitad de camino, Marcos señaló a dos hombres que limpiaban cajas.
—¡Ustedes! ¡Vengan conmigo!
Los aludidos no tardaron en abandonar el trabajo y corrieron tras ellos sin hacer preguntas. De todas maneras, el primer empleado les explicó atropelladamente la situación.
—¡La policía viene por el señor!
Los dos hombres palidecieron.
—¡No hay tiempo!
Llegaron a la parte trasera, donde una vieja rejilla de hierro cubría el acceso al conducto de drenaje. Sin perder un instante, dos de ellos introdujeron las manos bajo la pesada tapa y tiraron con fuerza.
—¡Vamos, jala!
Marcos observó el oscuro hueco que se abría bajo sus pies.
Con ayuda de los hombres, descendió con cuidado al interior del conducto. El espacio era estrecho y sombrío, pero suficiente para ocultarlo. Una vez abajo, apoyó una mano contra la pared de piedra mientras evaluaba cómo posicionarse.
Arriba, uno de los empleados tomó su bastón.
—Yo me encargo de esto.
De inmediato volvieron a colocar la rejilla, evitando hacer ruido. Durante unos segundos, Marcos obtuvo algo de luz, hasta que los hombres comenzaron a arrastrar una pesada tarima cargada de cajas vacías sobre el lugar, ocultando la zona y dejándolo, finalmente, en la oscuridad.
Antes de regresar hacia la entrada, el muchacho se volvió hacia los otros dos.
—Avísenle a todos —dijo en voz baja y rápida—. Si preguntan, el señor ya se marchó a caballo hace rato.
Al regresar nuevamente hacia donde aguardaban los oficiales, recuperó el aliento y anunció en voz alta:
—El patrón no está. Revisé por todos lados. Al parecer ya se marchó.
Los tres oficiales intercambiaron una mirada cargada de desconfianza. El que estaba al mando endureció el gesto.
—Saben que obstruir a la justicia es un delito grave, ¿verdad?