Antes de que la puerta gris se cerrara a sus espaldas, Gabriel alcanzó a escuchar el chirrido metálico de los cerrojos y el eco distante de voces mezcladas con gritos provenientes de alguna otra galería de Newgate. Había pasado más de una hora desde que lo subieron al carruaje de custodia y, después de un nuevo registro en el que le quitaron hasta las últimas pertenencias personales que habían escapado a la primera revisión, un guardia de expresión hosca lo había conducido por los pasillos de piedra hasta la sala de recepción y baños del ala de admisión.
La habitación era fría, desnuda y silenciosa. Una tina de hierro, una mesa de madera y un brasero apenas encendido eran todo el mobiliario. El olor a jabón barato se mezclaba con el de humedad y desinfectante. Allí, tras recibir una orden seca, Gabriel comprendió que no valía la pena ofrecer resistencia. Sabía que cualquier gesto de orgullo mal entendido solo empeoraría las cosas. Así, manteniendo la cabeza alta y la mirada firme, comenzó a desabotonarse el saco.
Se desvistió como si estuviera en el vestidor de su propia casa. Siguió después con el chaleco, la camisa, los pantalones, las medias. Pieza por pieza fue dejando su ropa doblada sobre una silla mientras el guardia permanecía inmóvil observándolo con la misma expresión indiferente con la que un carnicero mira una res. Cuando finalmente quedó completamente desnudo, sintió por primera vez una punzada de humillación en el pecho. Sin embargo, no bajó los ojos.
Permaneció erguido, inmóvil y en silencio mientras el hombre revisaba las prendas una por una, palpando costuras, vaciando bolsillos y buscando monedas ocultas, herramientas o algún veneno.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
Un hombre de unos cincuenta años, vestido con una bata oscura y sosteniendo un cuaderno de anotaciones, entró tranquilamente.
—¿El nuevo caballero?
—Whitaker —respondió el guardia mientras le entregaba el registro—. Fraude y falsificación.
El médico hojeó las páginas y luego levantó los ojos hacia Gabriel.
—Dé un paso al frente.
Gabriel obedeció, y él comenzó con su trabajo de rutina.
—¿Edad?
—Veintiséis.
—¿Enfermedades?
—Ninguna.
—¿Heridas recientes?
—No.
—¿Consume opio?
—No.
—¿Bebe?
—Lo estoy dejando.
El médico hizo una mueca y continuó escribiendo.
—Complexión excelente. Sin señales de enfermedades venéreas aparentes.
La pequeña risa del guardia se perdió entre el eco de la habitación.
—No parece un criminal.
—No, no lo parece —respondió el médico sin levantar la vista.
Terminó una anotación más y, entonces, le entregó el cuaderno al guardia. Luego alzó la mirada, observando la anatomía de Gabriel.
—Anote. Piel clara. Ojos celestes.
Después se acercó.
—Baje la cabeza.
Gabriel obedeció y las manos del médico se hundieron con brusquedad entre sus cabellos, recorriendo el cuero cabelludo, apartando mechones sin ningún cuidado.
—Cabello rojizo. Libre de parásitos —dictó—. A este no hace falta raparlo.
El aire gélido de la habitación se le pegaba a la piel desnuda. Gabriel sintió un ligero temblor recorrerle el cuerpo, pero se mantuvo inmóvil.
—Abra la boca.
Él separo los maxilares y el médico le sujetó el mentón con firmeza, evaluando sus dientes.
—Dentadura completa y en buen estado. Sin piezas faltantes.
El guardia escribía con lentitud.
—Las manos.
Gabriel extendió ambas palmas, permitiendo que el hombre las examinara.
—Sin asperezas propias de labor pesada. Ligero endurecimiento epidérmico por uso frecuente de pluma en la mano derecha. —Presionó los dedos uno por uno y, al llegar al anular izquierdo, se detuvo—. Piel pálida y hundida por uso prolongado de anillo.
La ausencia del anillo le pesaba más que el frío.
El médico continuó descendiendo con la mirada. Observó el pecho, las costillas, el abdomen. Después se agachó un poco para examinar las piernas.
—Mancha de nacimiento color café con leche en la parte externa del muslo derecho.
La inspección continuó durante largos minutos. Las manos frías del hombre recorrían su piel mientras hablaba de él como si fuera un caballo antes de ser comprado. Gabriel continuó con los músculos tensos y el orgullo sosteniéndole la espalda recta, aunque por dentro empezaba a volverse insoportable.
Finalmente, el médico tomó su cuaderno.
—Eso es todo. —Sin dedicarle una segunda mirada, salió de la habitación.
El guardia señaló con la cabeza hacia la tina de hierro.
—Métete y límpiate.
Gabriel giró la vista. El agua se veía turbia, con una película grasienta flotando sobre su superficie. Era evidente que varios ya se habían metido allí. Se quedó inmóvil unos segundos observando aquella inmundicia con abierto disgusto.
—¿No sabes caminar? —gruñó el guardia—. Muévete.
La idea de introducirse allí le producía repulsión. Para Gabriel, aquello no era un baño. Era una ofensa. Pero terminó avanzando.
El metal helado de la tina le mordió la piel apenas puso un pie dentro. El agua estaba tibia y desagradable, impregnada de un olor rancio imposible de ignorar. Tuvo que contener la mueca de asco mientras descendía lentamente, sintiendo cómo aquella suciedad se adhería a su cuerpo.
El guardia le lanzó una pastilla grisácea.
—Jabón. Frótese.
Él la sostuvo entre los dedos con repulsión. Aun así, comenzó a restregarse la piel. La sustancia áspera le irritaba los brazos y el pecho, y el olor le hacía sentir que se impregnaba todavía más de aquella inmundicia. Cuando estaba por terminar, el hombre golpeó el borde de la tina con su macana.
—La cabeza también.
A regañadientes, pasó aquella cosa por sus cabellos mientras el agua turbia descendía por su rostro. Aquello no se parecía en nada a un baño. Más bien sentía que cada segundo allí lo volvía más sucio.
Al salir de la tina, empapado y tiritando irremediablemente por el frío, recibió una toalla basta que apenas absorbía el agua; luego, el uniforme reglamentario de prisionero preventivo: una camisa de lino tosco, pantalones simples, una chaqueta marrón de paño grueso y unos zapatos de cuero duro que parecían hechos para castigar los pies.