La primera reacción de Eduardo al abrir la puerta y encontrarse con Marcos vestido con aquellos harapos había sido casi una sonrisa. Estuvo a punto de burlarse de él, de preguntarle desde cuándo había decidido convertirse en jornalero, pero bastó una mirada a su rostro para comprender que algo grave sucedía.
No había ninguna ironía posible en aquella expresión, mucho menos humor. Además, Marcos prácticamente se invitó solo a entrar, seguido de Simone y de los hombres que lo acompañaban, y Eduardo ni siquiera se molestó en hacer preguntas. Apenas recibió una explicación apresurada: un malentendido, la ley buscándolos a Gabriel y a él, una orden de arresto y la necesidad de permanecer oculto unas horas hasta aclararlo todo. Sin vacilar, Eduardo le ofreció su hogar como refugio el tiempo que fuera necesario.
Por disposición de Marcos, una de las sirvientas de Eduardo había partido poco después hacia la mansión Whitaker con la excusa de llevar algunos víveres a la servidumbre. La verdadera misión había sido mucho más delicada: avisar discretamente a Miguel para que permaneciera atento durante la madrugada y les abriera la puerta trasera de la cocina. Necesitaban entrar sin ser vistos.
Cuando la muchacha regresó sin haber sido retenida y anunció que había entregado el mensaje, Marcos sintió por primera vez en todo el día que al menos una pieza del desastre seguía bajo control. Pero era una victoria miserable: Gabriel seguía en Newgate, y cada minuto que pasaba allí era un minuto de más.
La espera del abogado, tras haberle enviado un mensaje urgente con otro de los empleados, se hizo insoportable. Marcos permanecía sentado solo por obligación, con el bastón apoyado a su lado y los dedos presionando su muslo sin cesar.
Entonces, llamaron a la puerta y todos se incorporaron de golpe. Marcos sujetó su bastón y Simone ya estaba preparado para huir por la parte trasera si era necesario. Hasta Eduardo, que se había levantado para recibir al visitante, sintió un estremecimiento en el pecho. Sin embargo, apenas abrió, apareció el abogado.
El hombre entró, se quitó los guantes y se detuvo abruptamente al ver al señor Baker con aquella apariencia, sumada al. rostro desencajado por el dolor y el estrés.
—¡Señor Baker! Pero… ¿qué demonios le ha ocurrido?
Marcos avanzó enseguida y estrechó su mano con fuerza.
—Necesito que hablemos.
La gravedad de su voz hizo que Eduardo interviniera de inmediato.
—Vayan al salón. Nadie los interrumpirá allí.
Durante la siguiente media hora, Marcos relató todo lo que sabía. Habló de la llegada de los oficiales a la bodega, de la orden de arresto, de su escondite en la fosa de drenaje y de la certeza de que Gabriel había sido capturado antes que él.
—¿Pero hicieron una auditoría? —preguntó el abogado, frunciendo el ceño—. ¿Cómo llegaron a esto?
Marcos se pasó una mano por el rostro, agotado.
—No lo sé. Se supone que tú deberías saberlo.
—Yo no recibí ninguna notificación ni citación. Pero nada de nada. El señor Whitaker cortó todo contacto conmigo hace ya un buen tiempo. La última vez que lo vi fue hace como más de dos años. Le entregué el último pagaré firmado y recibí mi parte por participar en todo aquello. Desde entonces no volvió a buscarme.
Marcos apretó los dientes, sintiendo que la situación era aún más precaria de lo que imaginaba.
—¿Y no te buscaron a ti? ¿No te interrogó algun auditor? ¿Nada?
—No. —Se quedó pensativo y luego levantó lentamente los ojos—. Pero si esto llega a un juicio más avanzado y alguien empieza a profundizar… darán conmigo. Estaré tan comprometido como ustedes.
Ante esa realidad, ambos hombres llegaron rápidamente a una única conclusión: tenían que ir sí o sí a la mansión esa misma noche. Necesitaban entrar, buscar todo lo relacionado con la comandita y analizar exactamente qué documento faltaba o dónde estaba el error que los había delatado. Ambos conocían a Gabriel a la perfección; sabían que era un hombre sumamente obsesivo y organizado, por lo que toda la documentación debía estar guardada junta en un mismo lugar.
Horas después, cuando la madrugada había vaciado las calles y apenas algunas almas perdidas deambulaban entre las sombras, Marcos, Eduardo y el abogado partieron a las proximidades de la residencia Whitaker. Dejaron el carruaje a cierta distancia, cerca de una taberna habitada por borrachos demasiado ocupados en sus miserias para prestar atención y, desde allí, continuaron a pie.
Eduardo marchaba en silencio, el abogado se mantenía atento a cada esquina y Marcos avanzaba luchando contra el dolor. Llevaba horas ignorándolo, fingiendo para los demás y para sí mismo que no existía, pero la verdad era que la pierna lo estaba matando desde el esfuerzo de la tarde. Cada paso era un deseo de detenerse y maldecir a gritos.
Cuando ya podían distinguir las sombras familiares de la propiedad entre la niebla nocturna, Marcos se detuvo. La pierna empezó a temblarle por sí sola y tuvo que aferrarse al bastón con ambas manos para no perder el equilibrio. Al dejar de escuchar el golpeteo de la madera contra el suelo, Eduardo se volvió de inmediato.
—¿Estás bien? —susurró, regresando sobre sus pasos.
Marcos levantó la vista hacia él. Un poco de sudor le corría por las sienes.
—Sí… sí. Solo dame dos segundos.
El abogado también se acercó, observando nerviosamente las calles vacías mientras Eduardo extendía una mano.
—Apóyate en nosotros.
—¡No! —espetó Marcos entre dientes, apartándose con irritación—. No me toquen.
Haciendo acopio de una fuerza de voluntad casi inhumana, obligó a su cuerpo a reanudar la marcha con paso renqueante. Eduardo y el abogado intercambiaron una mirada de preocupación, pero lo siguieron en estricto silencio.
Los doce minutos que siguieron fueron un suplicio. Les tomó un esfuerzo agónico y silencioso ayudar a Marcos a trepar y saltar el alto muro de piedra de la parte trasera sin hacer ruido. Cuando por fin lograron cruzar y alcanzaron la puerta de la cocina, Eduardo golpeó con cuidado. Pasaron unos segundos interminables hasta que la hoja se abrió apenas.