La mañana apenas había comenzado cuando Marcos y el abogado se presentaron formalmente ante el magistrado de Guildhall. Tras identificarse, exponer el motivo de su comparecencia, quedar registrados y tomar pleno conocimiento de las acusaciones formales —así como la identidad de la denunciante principal—, les indicaron que aguardaran hasta ser llamados. Su expediente descansaba ahora sobre el escritorio de un escribiente, mezclado entre decenas de causas que aguardaban su resolución.
La espera, sin embargo, parecía otra forma de castigo. La sala estaba abarrotada y, en el fondo, se amontonaba un público ruidoso que no había acudido en busca de justicia, sino de entretenimiento. Hombres y mujeres cuchicheaban entre risas, apostaban sobre quién terminaría en prisión y comentaban cada desgracia como si asistieran a una función de teatro. Para muchos de ellos, el tribunal era el único espectáculo gratuito que ofrecía Londres.
En cambio, la parte delantera permanecía estrictamente reservada para abogados, funcionarios y caballeros. Allí permanecía Marcos, apartado del gentío cuanto le era posible, procurando mantenerse lejos del fuerte olor a ginebra y tabaco barato, del sudor de la multitud y del vaho espeso a humedad que subía directamente de los calabozos subterráneos. Aun así, nada podía librarlo de las miradas.
Las sentía clavadas sobre él.
Un hombre vestido con ropa de excelente paño, perfectamente peinado y sosteniendo un bastón de nogal destacaba entre aquella miseria como una moneda de oro arrojada al barro. Los murmullos nacían apenas alguien reparaba en él.
—Debe de ser un comerciante importante.
—¿Qué habrá hecho?
—Dicen que vino por amenazar a alguien…
Marcos fingía no oírlos. Mantenía la vista fija al frente, pero cada comentario terminaba golpeándole los nervios. Aquella gente no lo conocía, sin embargo ya lo habían sumado al grupo de criminales.
Mientras aguardaba, el desfile de la miseria humana continuaba frente al alto escritorio del magistrado. Desde allí arriba, el hombre escuchaba una causa tras otra con la misma expresión cansada, interrumpiendo únicamente para exigir silencio cuando la sala estallaba en gritos.
—¡Silencio en la corte!
La orden resonaba una y otra vez, pero el bullicio nunca desaparecía del todo. Apenas disminuía unos segundos antes de volver a crecer frente a lo peor y lo más triste de las calles: mujeres acusadas de prostitución en lugares públicos, con los vestidos desgarrados y todavía cubiertos del barro de los callejones donde habían sido detenidas; mendigos procesados por vagancia, pequeños estafadores sorprendidos vendiendo mercancías falsas y niños demacrados que apenas podían sostenerse en pie, acusados de haber robado una hogaza de pan o un simple pañuelo para sobrevivir.
Algunos lloraban, otros gritaban cayendo de rodillas suplicando misericordia y unos cuantos más insultaban a los guardias mientras eran sujetados por los brazos. El magistrado, en cambio, escuchaba unos minutos, hacía un par de preguntas y dictaba una resolución con la voz seca, rápida e impaciente de quien lleva demasiados años viendo repetirse la misma tragedia.
Hasta ese momento, Marcos siempre había considerado la justicia como un lugar donde los hombres discutían con argumentos y pruebas coherentes. Pero aquello no se parecía en nada a esa idea. Más bien era como una máquina diseñada para el escarnio, una que devoraba a las personas desde el amanecer hasta la caída del sol.
Y por eso, cada vez que un niño era llevado, algo dentro de él se tensaba de una forma que no lograba controlar. Observaba aquellos rostros flacos, las ropas gastadas, los zapatos rotos —cuando los había— y no podía evitar verse reflejado en ellos. Bastaba una decisión distinta, un trueque mal hecho, una noche más sin encontrar qué comer o el encuentro con la persona equivocada para que, muchos años atrás, hubiera sido él quien estuviera allí, de pie, acusado de cualquier miseria nacida del hambre.
Aquellos niños no le daban lástima; solo eran el recuerdo vivo de un destino del que había escapado por muy poco.
Con el paso de más individuos, la impaciencia lo devoraba. Cada pocos minutos se inclinaba hacia el abogado y preguntaba en voz baja cuánto faltaba para que los llamaran, insistiendo en que necesitaba arreglar eso de una vez para poder ir a ver a Gabriel.
—¿Mucho más?
—No lo sé.
Pasaban unos minutos.
—¿Cuánto más?
El abogado soltó un suspiro.
—Cuando llegue nuestro turno lo llamarán, señor Marcos. No podemos hacer nada más que esperar.
Marcos volvió a asentir, aunque la respuesta ya no le servía. Necesitaba ver a Gabriel con sus propios ojos. Necesitaba comprobar que seguía entero.
Mientras tanto, una prostituta, acusada de embriaguez y de alterar el orden público, acababa de ser puesta en libertad con una severa advertencia. Apenas la mujer abandonó el banquillo, varios hombres del fondo comenzaron a protestar entre gritos y a golpear la baranda de madera, asegurando que aquello era una vergüenza y que la justicia favorecía siempre a los mismos.
El magistrado ni siquiera levantó la voz. Simplemente hizo un leve gesto con la mano hacia el escribano, indicándole que continuara, y los murmullos fueron apagándose poco a poco.
El notario tomó la siguiente carpeta, rompió el sello de hilo y leyó con voz alta y clara:
—¡El caso del señor Gabriel Whitaker!
Por un instante, el salón entero quedó en silencio. El juez recibió los documentos mientras Marcos abría los ojos con ansiedad y comenzaba a buscar la puerta por donde ingresarían al acusado. La multitud, percibiendo que ahora comparecería un caballero cuyo apellido sonaba a noble, se estiró hacia adelante todo lo que pudo. Algunos incluso se subieron a los bancos para no perderse detalle. Esperaban un escándalo, a alguien importante que prometiera una caída.
Entonces una de las puertas laterales se abrió. Dos guardias aparecieron primero y detrás de ellos avanzó el prisionero. Marcos sintió cómo el sudor le humedecía las palmas de las manos y, durante una fracción de segundo, creyó que se habían equivocado de hombre.