Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 172

El juez avanzó hasta su escritorio sin siquiera dirigir una mirada a Gabriel. Para él, en aquel momento, el acusado había dejado de ser una persona para convertirse en una pieza más del procedimiento: un hombre cuya presencia solo era necesaria porque figuraba en el expediente.

Toda su atención estaba puesta en el caballero elegante: Marcos.

Dejó los documentos sobre el mueble, se quitó los guantes y lo observó con severidad:
—Señor Baker... todos mis hombres llevan buscándolo desde ayer. Espero sinceramente que esas supuestas pruebas que mencionó justifiquen semejante ultraje. Interrumpir una audiencia de este tribunal constituye un desacato, y usted ya tiene un pie dentro de una celda.

Marcos levantó apenas el mentón y, cuando habló, lo hizo con aquella voz pausada y refinada que tan bien sabía utilizar frente a figuras de autoridad.
—Señoría... soy un hombre que siempre ha respetado la ley. Creo profundamente en las instituciones de este país y jamás fue mi intención faltarle el respeto ni convertir su tribunal en un circo —hizo una breve pausa—. Pero tampoco deseo mentirle.

El abogado giró apenas la cabeza hacia él, sin entender por dónde iba, y Gabriel frunció el ceño.

—La verdad... —continuó—. Es que todavía no poseo las pruebas físicas que demuestran la inocencia del señor Whitaker.

Fue de inmediato cuando Gabriel lo entendió: Marcos había provocado deliberadamente aquella interrupción. No lo había hecho por tener pruebas, sino para sacar el caso de la sala pública, alejarlo de la multitud, de esa jaula y conseguir que el magistrado los recibiera en privado.

Había improvisado todo.

El abogado reaccionó rápido, intentando sostener aquella arriesgada maniobra.
—Señoría, permítame explicarlo. Mi cliente tiene fundados motivos para creer que esas pruebas existen y pueden obtenerse en muy poco tiempo. Lo único que solicita es una oportunidad razonable para encontrarlas antes de que este asunto avance hacia una instancia superior.

​El magistrado miró a Marcos, visiblemente molesto por el engaño, pero el estatus siempre se imponía: ese individuo no parecía el estafador que los papeles describían.
—Está pidiéndome que retrase un procedimiento judicial basándose únicamente en una convicción personal. Los hechos son los hechos, y jugar con la paciencia de esta corte no borrará la evidencia.

Marcos sostuvo su mirada sin vacilar.
—Solo le estoy pidiendo que me permita demostrar que un hombre inocente está siendo tratado como un criminal. Si fracaso, aceptaré personalmente las consecuencias de haberle hecho perder el tiempo.

—Eso será bastante difícil, señor Baker. Porque, hasta donde alcanza este expediente, el señor Whitaker no es el único comprometido. Usted figura como su socio comercial y pesa sobre su persona una orden de arresto exactamente por los mismos delitos. Si realmente pretende defenderlo... primero tendré que decidir si corresponde que usted permanezca en libertad o si debe acompañarlo a Newgate por complicidad.

Aprovechando el breve silencio, el letrado intervino:
—Precisamente a eso quería llegar, señoría —metió la mano en su portafolios, extrajo la hoja y se la extendió respetuosamente—. Mi cliente no pasó el día de ayer escondiéndose como un prófugo. Estaba buscando aquello que demostraba su verdadera posición dentro de este asunto.

Gabriel reconoció el documento en cuanto lo vio desplegarse, recordando el momento en que había imitado la firma de Marcos.

El magistrado comenzó a leerlo en silencio mientras el abogado continuaba con su alegato:
—Como podrá advertir, señoría, el señor Baker abandonó formalmente su parte de la comandita mucho antes de que se disolviera la sociedad. La renuncia consta firmada por ambas partes de mutuo acuerdo.

Al terminar de recorrer el escrito con la vista, el juez evaluó ambas firmas y levantó los ojos hacia Marcos.
—Aquí se habla de operaciones sospechosas y de movimientos que motivaron su salida. ¿A qué operaciones se refiere exactamente?

​En su esquina, Gabriel esperó a que Marcos encontrará una explicación que no terminara hundiéndolo todavía más.

—Señoría, la expresión utilizada en ese documento responde más al clima en que terminó nuestra relación comercial que a la existencia de un delito concreto. El señor Whitaker y yo siempre hemos tenido maneras muy distintas de administrar los negocios. Después de un incidente que afectó a uno de nuestros cargamentos, nuestras diferencias se hicieron insostenibles. Yo pretendía reorganizar la administración de una forma; él insistía en continuar con el sistema que veníamos utilizando. Ninguno cedió y consideré que lo más prudente era retirarme definitivamente —bajó apenas la mirada hacia el documento—. Utilice una redacción deliberadamente firme para dejar constancia de una ruptura absoluta y de mi negativa a seguir bajo su dirección.

El magistrado dejó escapar un leve resoplido:
—Lo único que consigue con esa explicación, señor Baker, es ensuciar todavía más la posición del acusado —volvió la cabeza hacia Gabriel, endurecido—. ¿Y usted? ¿Tiene algo que agregar?

—Sí, señoría. El señor Baker y yo mantuvimos discrepancias constantes respecto a la comandita, ya que por mi parte prefería gestionarlo todo de manera unilateral. Esa renuncia puso fin a nuestro acuerdo y, desde ese momento, él dejó de participar en las decisiones posteriores de la empresa. Cualquier ajuste, modificación o decisión tomada con posterioridad, e incluso antes, fue exclusivamente responsabilidad mía. El señor Baker no tuvo conocimiento ni intervención alguna en ellas; solo se ocupaba de firmar los papeles que le ponía en la mano y de hacer los despachos que yo encargaba.

El juez permaneció unos segundos contemplándolo. Después apoyó el documento sobre el escritorio.
—Todo cuanto he escuchado hasta ahora no hace más que reforzar una conclusión evidente. Si el señor Baker realmente abandonó la sociedad cuando afirma haberlo hecho, entonces todo apunta a que la responsabilidad recae exclusivamente sobre usted, señor Whitaker.




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