La tarde caía lentamente sobre Newgate cuando los reclusos fueron conducidos al patio de ejercicio. Caminaban en un gran círculo, uno detrás de otro, siguiendo un recorrido marcado sobre un recinto cercado por murallas de piedra tan altas que apenas permitían ver una estrecha franja de cielo gris. A esa hora, la luz descendía desde arriba como si estuvieran en el fondo de un inmenso pozo, frío y sin salida.
El diseño del recorrido no era casual; todo estaba pensado para quebrar el ánimo. Obligaba a cada preso a contemplar únicamente la espalda del hombre que tenía delante o la interminable pared de piedra que los rodeaba. No había horizonte. No había distracciones. Solo piedra, silencio y pasos.
A los costados, varios hombres vestidos de azul vigilaban como cazadores, con las porras colgando del cinturón. Sus ojos recorrían la fila sin descanso, atentos a cualquier intento de conversación, a cualquier gesto fuera de lugar o a la más mínima desobediencia.
Gabriel caminaba con la vista al frente mientras repasaba la conversación que había mantenido con Marcos ese dia en los locutorios después de la audiencia en Guildhall. Recordaba sus palabras, las frases en clave, la promesa de sacarlo de allí y, sobre todo, aquella sonrisa que ambos habían conseguido compartir.
Un grito los alertó:
—¡Mantén la maldita línea!
Todos siguieron caminando. Pero Gabriel apenas desplazó la vista hacia un costado y notó que uno de los guardias increpaba a un muchacho que marchaba algunos lugares más adelante. Era excesivamente delgado, casi consumido por la desnutrición que parecía haber sido vaciado por dentro. Las mejillas hundidas marcaban los huesos de su rostro juvenil, todavía lampiño, mientras el cabello oscuro le caía en mechones sobre la frente. El uniforme marrón le colgaba del cuerpo como un saco puesto sobre un espantapájaros: las mangas sobraban, el pantalón se arrugaba sobre unos tobillos demasiado finos y cada paso daba la impresión de exigirle un esfuerzo demasiado grande.
Lo que llamó la atención de Gabriel, cada vez que el círculo los hacía girar, era que el joven avanzaba con una marcada cojera, arrastrando una pierna para acompasar el ritmo impuesto por el resto. Al atar cabos, apareció una deducción: tal vez ese hombre era quien ocupaba la celda contigua a la suya. El mismo que había pasado parte de la noche llorando hasta que los guardias irrumpieron para golpearlo y obligarlo a callar.
Justo en ese punto, el muchacho intentó pegar una acelerada pero apenas adelantó unos pasos. Fue entonces cuando Gabriel empezó a fijarse en el preso que caminaba inmediatamente detrás de él.
Era un hombre ancho de espaldas, con una barba corta y expresión hosca. Al principio parecía seguir la fila como todos los demás, pero, conforme los guardias desviaban la atención hacia otro sector, aprovechaba esos breves instantes para adelantar un pie y propinarle discretos pisotones en los talones al joven. Este trastabillaba, recuperaba el equilibrio como podía y seguía caminando sin atreverse siquiera a girar la cabeza.
Los carceleros no parecían advertir nada, o quizá simplemente no les importaba, pero el acosador volvió a esperar el momento oportuno: miró de reojo a los vigilantes y piso la tela que sobraba del pantalón del chico, logrando que perdiera completamente su estabilidad y cayera de bruces contra el suelo de piedra. Por un instante, la fila entera vaciló y el círculo dejó de moverse.
El mismo guardia dio un paso al frente con la porra en la mano y bramó:
—¡Levántate, asqueroso pecador!
El joven, aturdido, apoyó las dos manos contra el suelo y se incorporó con dificultad, lo más rápido que su cuerpo le permitió. Comenzó a avanzar de nuevo, rengueando mucho más que antes, desesperado por recuperar su lugar en la fila. Pero la crueldad no daba tregua. No alcanzó a dar tres pasos más qué el hombre detrás suyo volvió a adelantar el pie y le barrió el tobillo.
Esta vez quedó tendido sobre el piso mientras un pequeño gemido escapaba de su garganta. Intentó incorporarse, pero sus brazos comenzaron a temblar bajo el peso de su propio cuerpo. No pudo.
Al ver que la fila volvía a ser detenida, el oficial soltó un gruñido de furia. Se acercó, lo sujetó violentamente de un brazo y lo arrastró hasta adentro del círculo como un saco sin valor. Luego, giró hacia el resto de los presos:
—¡Sigan caminando!
Todos volvieron a ponerse en marcha de inmediato, mientras el agente empujaba bruscamente las costillas del muchacho con la punta de su macana.
—¡Muévete, monstruo! —le exigió.
Él intentó levantarse otra vez, pero sus codos cedieron.
—¡Muévete!
Gabriel observaba el momento de reojo mientras seguía avanzando, procurando que su rostro permaneciera inmóvil. Por dentro, solo podía pensar una cosa: aquel oficial era un completo imbécil. ¿Acaso no veía que ese chico apenas si conseguía apoyar las piernas? ¿Que el problema no era la voluntad, sino que simplemente ya no podía sostenerse?
Como si quisiera responderle a ese pensamiento, el hombre descargó de pronto un brutal golpe con la porra contra las pantorrillas del joven. El sonido fue estremecedor.
Un alarido desgarrador y agudo brotó del muchacho. Al ver que seguía sin levantarse, el guardia descargó otro golpe, y luego otro más. La macana subía y bajaba con una furia salvaje, impactando sin piedad contra las piernas desnutridas del reo, mientras el carcelero seguía gritando con un ensañamiento casi animal:
—¡Levántate!
—¡Arriba!
—¡Muévete!
Entre golpe y golpe, el joven apenas conseguía suplicar:
—¡Por favor...!
—¡No...!
—¡Por favor, basta...!
Al escuchar el timbre de esa voz, a Gabriel no le quedó ni una sola duda: definitivamente era su vecino de celda. Y mientras daba vueltas a su alrededor, no le sorprendía en absoluto la actitud de los demás presos —la apatía—, pero le resultaba inaudito que los otros oficiales que vigilaban el perímetro permanecieran inmóviles, sin decir una sola palabra ni intervenir para frenar semejante abuso institucional. Era evidente que, allí adentro, ellos eran dueños de la vida y la muerte.