Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 174

Otra noche. Y Gabriel se acomodó una vez más sobre la hamaca de lona, buscando una postura más cómoda hasta que, después de varios intentos, consiguió relajarse. Bostezó con cansancio, se cubrió mejor con la áspera manta gris y cerró los ojos, dispuesto a aprovechar el descanso.

No pasó mucho tiempo antes de que unos pasos resonaran en la galería hasta su celda. Después oyó el chirrido de una puerta abriéndose, un intercambio de voces y, finalmente, el pesado golpe del hierro cerrándose otra vez. Apenas si les prestó más atención que esa. El agotamiento era tan profundo que volvió a quedarse dormido casi de inmediato.

En plena madrugada, cuando sentía que iba a mitad de su ensoñación, algo empezó a abrirse paso entre sus pensamientos: un murmullo perdido que, poco a poco, se transformó en unos sollozos apagados que terminaron arrancándolo del sopor por completo.

Abrió los ojos con fastidio hacia la oscuridad de su encierro. Ya sabía perfectamente de quién provenía aquel llanto.

“Aquí vamos, otra vez…”

No podía creer que aquel muchacho siguiera despierto a esas horas y, peor aún, que volviera a robarle el único reposo que podía tener entre aquellos muros.

Resopló con irritación, cerró otra vez los ojos, giró el cuerpo sobre la hamaca y trató de ignorarlo. Aun así, fue inútil. El llanto seguía colándose por el conducto de ventilación que comunicaba ambas celdas. El sonido llegaba tan limpio y cercano que por momentos daba la impresión de que el muchacho estuviera sentado apenas a un paso de él, lamentándose dentro de la misma habitación.

Profundamente molesto por la intrusión, Gabriel terminó cubriéndose el rostro con la manta.
—Dios... esto no puede estar pasando…

Permaneció así varios minutos. Inmóvil y mirando la oscuridad, acompañado únicamente por aquellas lágrimas que parecían no tener fin. Al comprender que ya no volvería a dormirse, dejó escapar un largo suspiro, apartó la manta del rostro y se incorporó lentamente. Se envolvió con ella para combatir el frío que trepaba desde el suelo de piedra y caminó descalzo hasta la pared que los separaba.

Allí, junto al conducto por donde viajaban los sonidos, apoyó la espalda contra el muro y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo.

Tras unos segundos en silencio, con la cabeza apoyada hacia atrás, habló sin elevar demasiado la voz:
—Si sigues así, volverán a golpearte como la otra noche.

El llanto se interrumpió durante un momento y quedó solo una respiración irregular. Gabriel pensó que quizás el muchacho había decidido callar por fin, pero entonces una voz se manifestó, áspera y rota.
—Estoy condenado... a pasar el resto de mi vida en trabajos forzados —se oyó el ruido de una manga frotándose contra su nariz húmeda—. Preferiría que me molieran a golpes aquí dentro. Al menos así podría quedarme en esta celda un poco más antes de que me trasladen.

​Gabriel frunció el ceño en la oscuridad, sin conmoverse por el drama.
—Esa es la mentalidad de un hombre cobarde —replicó con dureza—. Los lamentos no cambian los dictámenes de un juez.

—Lo sé —respondió tragándose un sollozo.

—¿Entonces por qué lloras? —se acomodó la manta sobre los hombros—. ¿Te arrepientes de lo que hiciste?

El joven tardó en responder, y su voz fue apenas un susurro quebrado:
—Es que todavía lo veo.

​Gabriel no dijo nada, esperando pacientemente a que él continuara.

—Nos descubrieron… —tomó aire con dificultad—. Los hombres de la hacienda nos sacaron del camino principal... hacia el bosque. Nadie iba a oirnos allí —hizo una pausa para limpiarse los ojos—. Nos empujaron entre los árboles hasta una parte donde había menos maleza y el suelo estaba despejado. Recuerdo el barro... y las hojas mojadas pegándose a mis botas. Cuando nos hicieron detenernos… nos obligaron a arrodillarnos—la voz se le rompió otra vez—. Uno frente al otro.

Del otro lado se oyó al muchacho contener el sollozo con todas sus fuerzas.
—Él... él estaba ahí. Y yo... yo no dejaba de temblar. No podía dejar de temblar.

Gabriel sintió que una rigidez incómoda le recorría los hombros. Sin saber por qué, empezó a apretar la manta entre los dedos mientras permanecía inmóvil.

La voz del reo volvió a romperse.
—Pero... cuando nos miramos… —el llanto terminó por vencerlo—, me sonrió... como si nada de aquello estuviera pasando. Me dijo: "No apartes la vista de mí". Me lo repitió... una y otra vez.

Marcos sonreía con aquella media mueca insolente con la que tantas veces conseguía desesperarlo y sacarlo de quicio. Tenía las rodillas hundidas en el barro, el cabello caído sobre la frente y el rostro salpicado de tierra. Aun así, seguía mirándolo con absoluta calma, como si ambos estuvieran completamente solos; como si alrededor no hubiera hombres armados apuntándoles a la cabeza.
—Todo va a salir bien —dijo—. No te preocupes, siempre lo solucionamos, ¿no?.

Cuando llegó a guiñarle un ojo, Gabriel quiso ordenarle que dejara de hacer estupideces. Quiso decirle que se callara, que dejara de intentar tranquilizarlo. Pero ninguna palabra consiguió salir de su garganta.

Entonces escuchó el sonido del martillo del arma retrocediendo. Después…

El disparo.

La cabeza de Marcos se sacudió violentamente hacia un lado y la sangre, todavía caliente, le golpeó el rostro.

Ahí, Gabriel abrió los ojos de golpe. Frente a él no había ningún bosque, solo la oscuridad de la celda, el muro húmedo y la respiración quebrada del muchacho al otro lado de la pared.

El joven seguía hablando entre sollozos ya incontrolables.
—Cayó... sin dejar de mirarme ni un solo segundo… Y... —se frotó los ojos con las lágrimas—. Perdí todo lo que me importaba en esta vida.

Gabriel inclinó un poco más la cabeza contra la pared, anclandose a la realidad. Tras un rato en silencio, preguntó:
—¿Cómo se llamaba?

—Thomas…

Al volver la mirada hacia el frente, Gabriel no tuvo nada más que decir sobre aquello. Tras unos segundos, habló otra vez.
—Procura dejar de llorar por las noches. Aquí el dolor también huele a debilidad. Y cuando los hombres creen olerla, terminan despedazándote.




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