Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 175

La luz gris de la tarde apenas iluminaba los retratos familiares que todavía parecían observar el duelo de aquella casa. Ni el fuego de la chimenea conseguía disipar el frío que se sentía en esa habitación.

Apenas Marcos tomó asiento frente a la anciana, levantó la vista y la sostuvo directamente a los ojos.
—Aquí estamos... sin abogados, tal como lo solicitó.

La señora Weaver se limitó a llevar la taza de agua a los labios, beber un pequeño sorbo y dejarla nuevamente sobre el platillo. Solo entonces habló.
—No necesito llenar mi casa de más personas, señor Baker. Esta familia está de luto. Mi esposo merece respeto, y yo también.

Marcos inclinó apenas la cabeza.
—Precisamente por respeto estoy aquí.

La viuda alzó ligeramente la barbilla.
—Acepté recibirlo únicamente porque mi abogado me aseguró que usted venía dispuesto a presentar una disculpa formal... y a reconocer el profundo arrepentimiento que siente por todo el daño causado.

Aquella afirmación, en realidad, era una descarada maniobra. Una excusa inventada por el propio defensor de Gabriel para conseguir esa reunión.

A un costado, sentada en el settee junto a su abuela, Evelin aguardó expectante, creyendo que al fin lo vería agachar la cabeza y escuchar el reconocimiento de una culpa. Pero la respuesta fue otra.

—No he venido a pedir disculpas por algo que nunca ocurrió.

La expresión de la señora Weaver se endureció.
—Es usted un hombre muy maleducado —dijo con voz dura—. ¿Pretende sentarse en mi propia casa para tratarme de ignorante? Esa actitud, además de insolente, resulta ofensiva.

—Lo que intento decir, es que han ocurrido confusiones muy graves. Se están interpretando hechos comerciales de una manera completamente equivocada. Aquí nadie estafó a nadie. Las operaciones se realizaron conforme a lo acordado.

—¡Por favor, Marcos! —La voz de Evelin cortó el aire—. ¿Vienes hasta aquí para seguir mintiendo? Hay documentos, está la auditoría y hasta un testigo… ¡Engañaron a mi abuelo!

Al escucharla, la señora Weaver giró la cabeza hacia ella.
—¡Evelin!… No vuelvas a interrumpir.

La joven bajó la vista, humillada, aunque la indignación seguía ardiendo en su rostro. Entonces la anciana regresó su atención a Marcos.
—Se acabó. La conversación ha terminado. Quiero que abandone mi casa inmediatamente.

Él no hizo el menor intento por levantarse.
—No.

—¿Cómo dice?

—Usted no tiene derecho a echarme de aquí —la miró sin parpadear—. Esta propiedad pertenece legalmente a Gabriel Whitaker. Y señora Weaver... tienen suerte de que él no me haya dado la orden de pedirles que abandonen ustedes esta casa.

Evelin abrió los ojos de par en par y la señora Weaver permaneció con la dignidad intacta.
—Aunque los documentos digan otra cosa, esta sigue siendo mi casa, señor Baker. Aquí viví con mi esposo durante décadas, aquí murió... y nadie va a venir a decirme cuándo debo marcharme.

Marcos no tenía tiempo para pelear, y el peso de las horas que Gabriel pasaba en Newgate no le dejaba margen para las sutilezas. Así que se inclinó lentamente hacia adelante, apoyando ambas manos sobre el pomo de su bastón.
—No voy a irme de aquí hasta que negociemos sobre la situación de Gabriel, señora.

—¿Negociar? ¿Después de que su amigo destruyó a mi familia pretende hablarme de negociaciones?

—Gabriel no destruyó a su familia.

La señora Weaver golpeó el apoyabrazos del sillón.
—¡No se atreva a defenderlo delante de mí!

—Solo hizo lo que creyó correspondiente. Si su patrimonio se vino abajo, fue por la negligencia que ustedes mismos cultivaron, no por culpa de él.

—¡Lo que le correspondía era actuar como un hombre honrado!

—Y lo hizo... —clavó los ojos en ella—. Usted y yo sabemos perfectamente que aquí hubo mucho más que una sociedad comercial.

La anciana dejó de respirar por un instante y Marcos continuó:
—No crea que ignoro lo que realmente hace Gabriel.

El impacto de esas palabras fue demoledor. La señora Weaver se quedó completamente paralizada en su lugar.
Él lo sabía. Ese hombre sabía que Gabriel era su nieto bastardo.

Allí, Evelin frunció el ceño, completamente desconcertada. Miró primero a su abuela y luego a Marcos. No entendía absolutamente nada. ¿Qué estaba insinuando él? ¿Por qué su abuela había guardado silencio?

La mujer comprendió que no podía pedir explicaciones. No delante de Evelin.
—¿Qué es exactamente lo que quiere?

Marcos no dudó.
—Quiero que retire la denuncia.

Evelin dejó escapar una risa.
—¿Hablas en serio?

La viuda negó con una dureza absoluta.
—Está completamente loco. No retiraré nada. Gabriel Whitaker está exactamente donde debe estar —lo señaló con el dedo—. Y si la justicia hubiera actuado con mayor rapidez... usted estaría compartiendo el mismo lugar.

Después de unos segundos, Marcos, con una calma inesperada, apoyó la espalda contra el respaldo del sillón y lanzó la pregunta como si fuera una piedra.
—¿Cuánto dinero le falta?

Evelin abrió levemente la boca, molesta por el atrevimiento. La señora Weaver se irguió en su asiento, enfurecida hasta la médula.
—¿Acaso pretende comprarme?

—No intento comprarla. Solo quiero hacerle un favor a cambio de otro… —la evaluó repasando lo que sabía—. Sé perfectamente cuál es su situación económica. He revisado los registros de los pagos realizados desde las cuentas de Gabriel hacia esta casa. Sé cuánto dinero entró. Sé con qué frecuencia llegó... y sé lo que significa para ustedes.

Evelin volvió la cabeza hacia su abuela con sorpresa, pero la señora Weaver se escudó tras su habitual máscara de arrogancia.
—No necesito que analice mis finanzas.

Marcos no cedió un centímetro.
—Por supuesto que no. Usted no es una mujer ignorante. Estoy seguro de que reservó una parte importante de ese dinero para afrontar cualquier emergencia. Pero dígame, ¿cuánto tiempo cree que podrá sostenerlas? Los gastos nunca dejan de llegar. El dinero, en cambio, siempre se termina. Gabriel está encerrado... y no volverán a recibir un solo centavo de él. A eso súmele los costos del funeral, el mantenimiento de esta residencia, los salarios de la servidumbre, los impuestos… —elevó ambas cejas—. Estoy convencido de que debe estar llegando a su límite.




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