Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 176

Envuelta por completo en su severo luto, la señora Weaver fue escoltada por su abogado y un guardia hasta el despacho privado del magistrado. Ya conocía la retractación presentada por el comerciante y, con exasperación, comprendía que Marcos había movido todas las piezas con anticipación. Todo parecía dispuesto desde antes de que ella aceptara el trato, como si aquel hombre hubiese sabido de antemano cuál sería su respuesta. Aquello le resultaba casi tan desagradable como la propia negociación.

Una vez dentro, levantó apenas el velo que cubría su rostro y adoptó una expresión entre pesar, preocupación y vergüenza. Entonces hizo su manifestación: explicó que, tras los lamentables acontecimientos y para asegurarse de que no se hubiera escapado ningún otro error, revisó personalmente durante los últimos días los libros contables originales junto con toda la correspondencia comercial de su esposo. Fue entonces cuando advirtió que se había cometido una errónea interpretación de los registros, ya que su difunto esposo había autorizado expresamente al señor Whitaker a realizar determinadas transacciones mediante agentes intermediarios, donde el nombre del comerciante que originaba toda esta confusión figuraba dentro de ese sistema. Eso explicaba los volúmenes y la falta de inventarios acordes. No había existido fraude alguno.

El juez terminó frunciendo el ceño, visiblemente contrariado ante el giro radical de los acontecimientos.
—¿Y la declaración que presentó de este hombre?

Antes de que la señora Weaver respondiera, su abogado tomó las riendas legales.
—Su Señoría, lamentablemente el personal encargado de las averiguaciones ejerció una presión excesiva sobre un hombre de escasa instrucción, incapaz de expresarse con claridad. Como consecuencia, terminó confirmando hechos que ni siquiera comprendía correctamente.

El juez bufó, irritado por la incompetencia y la pérdida de tiempo que aquel caso estaba significando para la corte de Su Majestad.
—¡Esto es un atropello a la justicia! —reclamó—. ¡Esa clase de negligencia no puede pasarse por alto!

—Y no lo hemos hecho, se lo aseguro —intervino ella, recuperando su tono firme pero apenado—. Le dejo perfectamente en claro que dichos empleados ya han sido despedidos de manera fulminante esta misma mañana. Consideramos que perder su sustento y sus recomendaciones es un castigo más que suficiente por su incompetencia.

Durante unos instantes, en el despacho no volvió a oírse más que el rasgueo de la pluma sobre el papel. Finalmente, la mujer estampó su firma al pie del acta de retractación, dejando oficialmente sin efecto la denuncia que había iniciado todo el proceso y, con una reverencia, se retiró de aquel lugar.

Afuera de Guildhall, Marcos se apoyaba en el bastón con ambas manos y la mirada fija en las grandes puertas del edificio, como si pudiera arrancar de ellas una respuesta antes de que se abrieran. Él y su abogado llevaban casi tres horas esperando de pie junto al carruaje.

​Cuando las hojas de roble se abrieron y la señora Weaver salió escoltada por su letrado, Marcos se enderezó, esperando al menos un asentimiento que confirmara que el trato estaba sellado.

​Sin embargo, la viuda bajó las escaleras de piedra con la vista fija al frente. Cruzó cerca de él como si no existiera, caminó directo hacia su coche, subió los escalones con ayuda del cochero y se cerró la portezuela.

Sólo entonces Marcos frunció el ceño. Algo no estaba bien… aquella mujer debería haberle dicho al menos una palabra.

En eso, el abogado de la señora Weaver se les acercó con un aire de suficiencia.
—Señor Baker —dijo con una inclinación mínima de cabeza—. El magistrado ha aceptado la explicación presentada por mi clienta e incorporó oficialmente la retractación al expediente.

—Entonces... ¿ya terminó?

—Todavía no. Debido a la irregularidad del caso, ha exigido que el testigo se presente al final de la jornada para ratificar su mentira cara a cara en el despacho antes de sellar cualquier orden de liberación.

—¡¿Es una maldita broma?! ¿Todavía no dejarán salir a Gabriel?

El hombre apenas arqueó una ceja.
—Su colega puede soportar unas horas más. Después de todo, es el lugar donde debió haber permanecido.

La tensión estalló de inmediato con aquella falta de respeto.

—¡¿Pero quién demonios se cree usted para hablarme de esa manera?! —protestó Marcos.

Antes de que pudiera avanzar un centímetro, su propio abogado se interpuso.
—Se llegó a un acuerdo —dijo con firmeza—. Ninguna de las partes le debe nada a la otra. No convierta esto en un enfrentamiento innecesario.

El letrado de la señora Weaver sonrió.
—No se preocupe. Yo solo confío en que, por una vez, el señor Baker aprenda a esperar como cualquier ciudadano respetuoso de la ley.

Dicho eso, dio media vuelta y se dirigió hacia el carruaje.

Marcos soltó un insulto por lo bajo mientras la ira lo recorría como una fiebre. Si no fuera porque había muchos testigos, probablemente habría terminado golpeando a aquel hombre allí mismo, sobre las escalinatas del tribunal.

No tuvieron más remedio que esperar allí afuera. Por más que el abogado le insistiera una y otra vez, Marcos se negó rotundamente a abandonar Guildhall.

Así comenzaron a pasar las horas. El carruaje permanecía detenido junto al cordón de la calle como una pieza de exhibición olvidada frente al edificio, inmóvil bajo la mirada de comerciantes, cocheros y transeúntes. Más de uno disminuía el paso al ver el escudo y cuchicheaba con quien caminaba a su lado. Para esas alturas, los rumores ya corrían por toda la zona judicial. Todos sabían que aquel elegante carruaje no aguardaba la llegada de un aristócrata... sino la posible libertad de un preso encerrado.

Cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste y las sombras se alargaban, un coche de la policía judicial se detuvo detrás de ellos. Dos guardias descendieron primero para pronto escoltar al comerciante. El hombre caminaba con incomodidad y, antes de subir las escaleras, lanzó una rápida mirada de reojo hacia Marcos.




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