Durante el trayecto por las calles oscuras, Marcos no podía apartar la vista de Gabriel. Se lo veía un poco más adelgazado, no de manera exagerada, pero sí lo suficiente para que los pómulos se marcaran con mayor fuerza y el cuello pareciera más largo bajo la camisa. O tal vez era el cabello, con aquel peinado que le daba un aspecto extraño.
Gabriel viajaba con los ojos cerrados, sin pronunciar una sola palabra. La cabeza descansaba contra el respaldo del asiento y los hombros, siempre rectos, se habían relajado. Incluso sus brazos permanecían abandonados a los costados del cuerpo. Marcos comprendió entonces que no estaba dormido; simplemente estaba exhausto.
Al desviar la mirada hacia el abogado, vio que este se veía genuinamente contento; de vez en cuando acomodaba los papeles que llevaba consigo y una pequeña sonrisa asomaba en su rostro, la de quien acababa de cerrar el caso que lo hubiera mandado a las rejas y todavía no terminaba de creerse que todo hubiera salido bien.
El coche fue reduciendo la marcha hasta que se detuvo frente a una elegante vivienda de ladrillos oscuros. El abogado tomó su sombrero, se despidió con una inclinación respetuosa de ambos y prometió encargarse de gestionar los últimos detalles burocráticos.
En cuanto Simone comenzó a avanzar otra vez, ahora completamente solos, ambos quedaron frente a frente en la penumbra, mirándose a los ojos sin siquiera hablar.
Aprovechando esa intimidad para liberarse, Marcos, que ya no pudo seguir conteniéndose, se incorporó de golpe, se cruzó al asiento de Gabriel y, sin pedir permiso ni pensar, lo abrazó con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro contra su hombro.
Gabriel permaneció inmóvil. Era el primer contacto cálido que recibía después de tantos días de empujones, órdenes y manos sujetándolo por la fuerza… Aquel abrazo resultaba casi irreal.
Entonces escuchó la voz de Marcos, rota contra su oído:
—No tienes idea de cómo me tenías…
Cerró lentamente los ojos y, al cabo de unos segundos, levantó también los brazos y terminó correspondiendo al abrazo con delicadeza. Sus manos recorrieron la espalda de Marcos sobre el grueso abrigo de lana mientras percibía el calor de su cuerpo y la suavidad de la tela. Inclinó apenas la cabeza e inspiró profundamente el aroma limpio de su cabello, hasta que un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—Hueles tan limpio... Y yo estoy hecho un absoluto asco. Voy a pegarte este mal olor.
Marcos dejó escapar una pequeña risa, apretándolo todavía con más fuerza.
—No me importa.
—A mí sí.
Las manos de Gabriel descendieron lentamente, recorriéndolo apenas un instante antes de detenerse. De pronto, algo en su expresión cambió por completo. Se echó hacia atrás y rompió el abrazo de forma brusca.
Con un tono serio, casi molesto, sostuvo su mirada.
—No quiero que vuelvas a tocarme por ahora.
Inmóvil, Marcos sonrió antes de negar despacio con la cabeza.
—Sigues siendo el mismo de siempre.
—Claro que sí. Hace falta bastante más que una prisión para cambiarme —elevó la mano hasta dejarla justo a la altura de los ojos de Marcos. Entre sus largos dedos, sostenía el frasco—. Pero en ti parece mucho más fácil conseguirlo.
La sonrisa desapareció del rostro de él e inmediatamente se llevó la mano al bolsillo de su abrigo: estaba vacío. Sin darse cuenta, mientras lo abrazaba, Gabriel metió la mano quitandole el opio sin que lo advirtiera.
—Lo habías dejado —agitó el vidrio—. Me desagrada descubrir que te vuelves tan débil con tanta facilidad.
—Solo fue por estos días —se justificó—. Necesitaba concentrarme con tantas cosas ocurriendo al mismo tiempo.
—Sabes que la concentración nace de la disciplina y del control mental, Marcos —replicó Gabriel con dureza—. Pudiste cometer un error.
Él apretó la mandíbula.
—No voy a volver a tomarlo. Solo... solo fue por esta vez.
—Es la peor respuesta.
Marcos soltó un suspiro pesado. Finalmente, extendió la mano.
—No hagas esto ahora. Por favor.
Gabriel observó aquella mano abierta. Luego, subió la vista hacia sus ojos y cerró el puño alrededor del frasco.
—Se queda conmigo —lo guardó dentro del bolsillo interior de su chaleco.
—Qué agradable volver a casa y descubrir que, además de salir de la cárcel, ahora también eres un opresor personal —dijo con fastidio.
—Creí que, después de tanto, habrías madurado lo suficiente como para comportarte como un hombre adulto.
Aquellas palabras encontraron su objetivo. Marcos permaneció completamente callado. Podía discutir, enfadarse, incluso intentar arrebatárselo… Pero la cabeza le latía con fuerza, la pierna volvía a dolerle y sentía el cuerpo entero consumido por varios días sin dormir apenas. Pelear con Gabriel sólo conseguiría drenar la poca energía que les quedaba a ambos. Así que bajó lentamente la mano y apoyó la espalda contra el asiento.
Gabriel también dejó morir la discusión. Giró el rostro hacia la ventanilla, observó durante unos instantes las calles oscuras que desfilaban junto al carruaje y terminó cerrando otra vez los ojos.
Sin abrirlos, habló mucho más bajo.
—¿Por qué no volviste a verme?
Ahí estaba el primer reproche para Marcos.
—No me dejaron. No dependía de mí.
El rostro de Gabriel perdió parte de su dureza, pero no respondió.
Al llegar a la mansión, en el vestíbulo, el personal de servicio se congregó con un profundo sosiego en los ojos. El señor Whitaker había vuelto. Durante días, la casa pareció navegar sin rumbo, sostenida únicamente por la obstinación de Marcos. Ahora su verdadero dueño volvía a cruzar el umbral y, con él, regresaba también la sensación de que alguien recuperaría el control de todo.
Sin embargo, el hombre que entró no era exactamente el mismo que había salido. Ni física ni emocionalmente.
Gabriel fue de hielo. Sus ojos recorrieron el lugar apenas un instante y continuó avanzando sin detenerse en nadie. No saludó, no sonrió y ni siquiera disminuyó el paso. Simplemente siguió avanzando, como si solo existiera un destino al final de aquella escalera.