Bajo la luz de las velas y a pesar de la tela, la abultada erección era imposible de ocultar. Gabriel se quedó mirándola en silencio; para él, aquello era la prueba física, explícita e innegable de que Marcos lo deseaba de una forma puramente carnal.
"Me desea como hombre".
Lentamente, levantó la mirada hasta encontrarse con los ojos de Marcos, en ellos había vergüenza y un esfuerzo por conservar el control. Ahora comprendía a la perfección por qué se había dado la vuelta con tanta brusquedad, prefiriendo romper el momento antes que permitirse cruzar un límite que quería respetar.
Lo que realmente le sorprendía a Gabriel, y le generaba respeto, era hasta qué punto Marcos se había estado conteniendo en silencio, luchando contra sus propios instintos única y exclusivamente por cumplir su palabra de ir despacio.
Instantáneamente, sintió cómo el agua caliente se movía a su alrededor. Su propio cuerpo reaccionaba con fuerza; se puso erecto de inmediato bajo la superficie. En esa milésima de segundo, descubrió una verdad irrefutable: la virilidad de Marcos, su vulnerabilidad expuesta y ese deseo contenido lo habían encendido mil veces más que cualquier desnudez femenina que hubiera presenciado en su vida.
—Así que era eso... —dijo finalmente.
Marcos dejó escapar el aire despacio antes de responder.
—No era mi intención que lo vieras. Mucho menos que pienses que intentó aprovecharme del momento o de tu cansancio.
Gabriel continuó observándolo sin apartar la vista. Comprendía que Marcos estaba eligiendo respetarlo de la forma más caballerosa posible, justo en el preciso instante en que habría podido dejarse llevar por la cercanía. Esa elección decía mucho de él.
—Te estás conteniendo —le recriminó.
—Intento ser educado, Gabriel.
De pronto, rompiendo cualquier barrera, Gabriel se incorporó. Marcos abrió los ojos de par en par ante el sonido del agua cayendo de cascada por ese cuerpo pálido, completamente sorprendido por la acción repentina.
Justo antes de que Gabriel se atara el paño de lino alrededor de la cintura, Marcos lo vio. La visión de su miembro erecto, rígido y apuntando con orgullo hacia el frente le dio un cosquilleo en las palmas de las manos. Gabriel también lo deseaba. Notarlo así, majestuoso, sin pudor y exhibiendo la misma necesidad física, hizo que se pusiera repentinamente nervioso. Saber que era deseado de la misma manera, que Gabriel no sentía repulsión sino una lujuria recíproca, intensificó su propia excitación.
Miro hacia la puerta.
—Creo... creo que será mejor que me vaya un momento.
Con un movimiento ágil y decidido, Gabriel salió de la bañera, dejando que las gotas de sus piernas terminaran de caer sobre el suelo. Entonces lo miró con dureza.
—Deja de hacerme esperar.
Marcos bajó la mirada durante un instante hacia el lino húmedo que apenas ocultaba la silueta de Gabriel. El tono en su voz le confirmaba que no lo decía en broma ni por provocación. Sabía que no iba a aceptar un "no" por respuesta. Al levantar la vista y encontrarse de nuevo con sus ojos, supo que ya no quería seguir postergándolo. El miedo y la angustia de haber imaginado a Gabriel condenado y perdido para siempre le hacían notar que había pasado demasiado tiempo esperando el momento adecuado, convenciéndose de que siempre habría otro día. Pero la vida era demasiado frágil como para seguir perdiendo el tiempo.
—Llevo más de tres años esperándote —dijo, con una tenue sonrisa.
Al escuchar esa confesión, Gabriel sintió una satisfacción al confirmar aquello que, en el fondo, siempre había sospechado: Marcos jamás soltó su mano ni dejó de desearlo.
Movido por ese triunfo y por una urgencia arrasadora, se acercó a él dando unos pocos pasos. Levantó ambas manos y lo sujetó de la cabeza con firmeza, casi con rudeza, asegurándose de que esta vez Marcos no estaba jugando con él ni iba a retroceder. Lo miró apenas un segundo y de inmediato tiró de él hacia sí, plantándole un beso salvaje y apasionado en la boca.
Marcos se apoyó en su bastón y su mano libre ascendió hasta la nuca de Gabriel, atrayéndolo apenas, devolviéndole la pasión con fuerza.
Para ambos, ese beso era exactamente como lo recordaban de aquella última vez, cuando estaban un tanto tomados. Pero esto era infinitamente mejor, con plena consciencia. Y, en Gabriel, la sensación física resultó exquisitamente curiosa: la barba de Marcos, crecida y áspera, rozaba con fricción su propia piel, brindándole una textura ruda y masculina que lo encendía por completo. Estaba desesperado. Con cada movimiento de labios, con cada embate ardiente que Marcos le devolvía, sentía que su cuerpo le exigía muchísimo más, queriendo recuperar el tiempo perdido y borrar las miserias de la prisión.
Entonces, Gabriel movió sus manos hacia la cintura de Marcos, sintiendo la firmeza de su complexión. Bajo sus palmas, él se sentía grande, sólido y abrumadoramente real. Marcos, rindiéndose ante el calor del momento y aflojando por fin las riendas de su contención, apoyó las manos directamente sobre la espalda desnuda de Gabriel y lo apretó con fiereza.
En ese choque brutal, Gabriel sintió la erección de Marcos pegada a la suya. A través de la fina barrera del paño de lino y de la tela del pantalón, pudo valorar por fin la forma exacta, el calor y la fuerza que empujaba desesperadamente contra él en busca de fricción.
Marcos desvió sus labios, trazando un camino desde la mandíbula hasta el cuello de Gabriel. Él echó la cabeza hacia un lado, dándole un acceso total, mientras bajaba las manos con posesión hasta los glúteos de Marcos, apretándolos a través de la ropa.
Al sentir la furia de esa lengua recorriendo su piel, saboreando el pulso acelerado de su garganta, Gabriel sintió que la poca cordura que le quedaba se terminaba de quebrar.
—Si sigues así... —gruñó—, no voy a detenerme.
La única respuesta que obtuvo fue que Marcos permaneció allí, arrancándole un escalofrío. Aquello bastó para que ya no pudiera tolerar la asimetría de la situación; necesitaba que él también estuviera desnudo. En un arrebato de urgencia, empezó a arrancarle la corbata con tirones secos. Desabotonó el chaleco a toda prisa y tiró de la camisa, abriéndola para dejar al descubierto su torso; mientras, Marcos no dejaba de besar alternadamente su piel y su boca, compartiendo el mismo aire agitado. Aprovechaba cada segundo para ir tocando a Gabriel, recorriendo su espalda, sus costados y sus brazos, acostumbrándolo a un tacto libre de restricciones. Podía percibir claramente que estaba desesperado, pero él mismo lo estaba aún más. Saber que al fin cumplía su mayor fantasía, el deseo profundo de tenerlo y de ser irremediablemente suyo, lo embriagaba por completo.