Detrás de él, Marcos se acomodó despacio entre las sábanas revueltas, sintiendo el escozor de la fricción y el calor aún latiendo en su piel. No necesitaba hacer preguntas para intuir lo que estaba ocurriendo. Después de todo... era Gabriel. Orgulloso hasta cuando nadie lo juzgaba.
Se acercó lo suficiente y apoyó con suavidad una mano sobre la de Gabriel, que descansaba inmóvil sobre el borde del colchón.
—¿Qué sucede?
Gabriel la retiró de inmediato.
—No digas nada.
—¿Y por qué no?
Al girar hacia él, Gabriel le mostró la molestia en sus ojos.
—Porque sé exactamente lo que vas a intentar hacer.
—Solo estás buscando una razón para convencerte de que esto salió mal.
—Crees que no importa.
—Porque no importa.
—Claro que importa.
Marcos respiró hondo.
—Esperé para estar contigo, Gabriel... no para que todo fuera perfecto.
Gabriel mantuvo su mirada sin encontrar una respuesta inmediata, y Marcos aprovechó ese instante para tocar su hombro.
—Lo único que me molestaría es que te quedes sentado ahí toda la noche, dándome la espalda.
Como Gabriel ni siquiera intentó apartarse, Marcos le dio un beso en el cuello, luego en la mandíbula y finalmente en la boca. Con ese contacto persistente y suave, logró arrastrarlo poco a poco hacia atrás hasta recostarlo en la cama.
Marcos apoyó entonces la cabeza sobre su pecho y lo abrazó, enredando una pierna con las suyas bajo las mantas. Tras un largo momento sintiendo el calor de la habitación y el alivio de tenerse al fin, el silencio se volvió cómodo y reparador.
Con un brazo rodeando la espalda de Marcos y la vista fija en la tela oscura del dosel, Gabriel murmuró:
—¿Recuerdas el primer beso?
Marcos soltó una risa nasal contra su piel y levantó apenas la cabeza para mirarlo.
—Claro que lo recuerdo.
—¿Sabes cuál es la diferencia con aquella ocasión? —volvió los ojos hacia él.
Recordando el pasado, Marcos fingió pensarlo.
—Creo... que esta vez no estamos borrachos.
Gabriel soltó por fin una carcajada, relajando las facciones y liberando el peso que cargaba.
—Exacto. Además, esta vez no me apartaste.
Marcos sonrió de lado, volviendo a acomodarse sobre su pecho.
—¿Y perderme de esto?
Volviendo la vista hacia arriba, Gabriel dejó salir un suspiro.
—Ojalá hubieras sido menos paciente conmigo.
—¿Qué quieres decir?
—Que después de aquella noche... debiste haber insistido. Tendrías que haberme obligado a elegir.
Una risa escapó de Marcos.
—¿Obligarte, Gabriel? ¿Alguna vez alguien consiguió obligarte a hacer algo?
—No. Pero podrías habértelas ingeniado. Encontrado la manera de volverme loco.
—Estoy seguro de que te pregunté y lo intenté.
—Pero no lo suficiente.
—Me parece que en ese entonces, lo suficiente para ti era convertirme en aquello que no quería ser.
Gabriel dejó vagar la mirada unos instantes antes de hablar de nuevo, arrastrando un poco del rencor que aún se guardaba.
—Y después te fuiste. Me dejaste.
Marcos frunció el ceño, incorporándose un poco sobre su codo para mirarlo con seriedad.
—¿Me quieres culpar de algo ahora?
—No. Sólo digo que perdimos demasiado tiempo.
—Yo no creo que fuera una pérdida. Nos trajo hasta aquí. Si alguna de las cosas que ocurrieron hubiera sido distinta, quizá nunca habríamos llegado a este momento.
Las palabras de Marcos no borraban el arrepentimiento, pero conseguían volverlo un poco menos pesado. Durante un largo rato siguieron hablando de recuerdos, de decisiones tomadas y de oportunidades que habían dejado escapar.
Marcos trazaba círculos distraídos sobre el pecho pálido de Gabriel, mientras este deslizaba los dedos a lo largo de su espalda, delineando la textura de su cicatriz.
Pero, en medio de esa intimidad relajada, Gabriel no pudo evitar notar un detalle físico imposible de ignorar. Pegada contra su muslo, la virilidad de Marcos seguía completamente erecta. A pesar de haber pasado los últimos minutos conversando, no había cedido ni un solo centímetro; seguía ardiendo, duro contra él.
Esa evidencia táctil fue como echar permanentemente leña seca al fuego. No pasó mucho tiempo hasta que la temperatura en la cama volvió a dispararse. Las palabras se apagaron para dar paso a caricias encendidas y besos profundos. Sin embargo, esta vez la dinámica cambió. Gabriel se movió bloqueando hábilmente, cada tanto, las manos de Marcos, apartándolas cada vez que intentaba tocarlo demasiado. Se había puesto un objetivo claro e inamovible: ahora sería él quien tomara el control absoluto del ritmo y lograría que Marcos fuera el primero en sucumbir.
Para Gabriel, este segundo acercamiento no era solo una cuestión de deseo; era un asunto de estricto orgullo. Necesitaba dominarlo y exprimirle hasta el último gemido para "corregir" el vergonzoso descontrol de su primera entrega. Iba a demostrarle, y a demostrarse a sí mismo, quién era verdaderamente el dueño de sus propios impulsos bajo aquel dosel.
Por esa necesidad, comenzó a morder su piel, succionando con fuerza para dejar marcas oscuras por todo su cuello y sus hombros. Marcos se entregaba a él sin la más mínima sombra de vergüenza. Y en Gabriel, descubrir que no tenía que ser delicado, sino que podía volcar toda su fuerza bruta contra un cuerpo capaz de resistirla y disfrutarla, resultaba una provocación seductora.
En un momento, mientras Gabriel bajaba la cabeza y se dedicaba a morder y lamer los pezones de su pecho, Marcos, incapaz de lidiar con la sobreestimulación, deslizó una mano hacia abajo y empezó a autocomplacerse.
Al notar el movimiento, Gabriel se detuvo. Se incorporó un poco, apoyándose en un codo para simplemente observarlo en silencio bajo la luz mortecina de las velas, fascinado por la forma en que gestionaba su propio placer. Verlo masturbarse le causó una envidia competitiva. Se inclinó hacia adelante, capturó la boca de Marcos en un beso profundo y, mientras sus lenguas se humedecian con fiereza, bajó la mano, apartó la de Marcos con un manotazo y tomó su miembro por completo.