Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 181

Con la copa suspendida entre los dedos, la propuesta seguía girando dentro de su cabeza, mezclándose con el alcohol, con la rabia y con aquella necesidad casi enfermiza de recuperar el control.

Solo cuatro meses… Podía marcharse con Evelin, desaparecer durante un tiempo y poner distancia entre él y lo que lo asfixiaba ahora. Ese lapso podía bastarle para terminar de ordenar sus negocios, recuperar fuerzas y, sobre todo, demostrarle a ella que ya no sentía nada. Recuperaría la propiedad y cerraría la historia definitivamente.

Al menos eso era lo que Gabriel quería creer. Pero, en realidad, había otra razón mucho más visceral: no podía ignorar que Marcos hubiera comprado su libertad sin siquiera preguntarle. Durante años fue él quien movía las piezas, quien calculaba las consecuencias y quien decidía cuándo avanzar o retroceder. Y Marcos, por una vez, había tomado una decisión por encima de él. Quizá marcharse también fuera una forma de castigarlo. Podía hacerle sentir lo mismo que él experimentó cuando se fue sin darle oportunidad de detenerlo. Podría desaparecer de su lado durante meses y demostrarle que también era capaz de irse, dejándolo a la deriva y despojado de todo aviso. Hacer que Marcos se quedará esperando a que decidiera cuándo volver.

Quizá era justo devolverle el favor.

Al ver cómo su expresión cambiaba sutilmente, Evelin comprendió que lo estaba haciendo dudar.
—No tienes que volver a amarme hoy —dijo con voz suave—. Solo tienes que darme una oportunidad.

Volviendo en sí, Gabriel levantó la copa y bebió otro trago.
—¿Acaso eso pasará?

—Pasará —se acercó más a él—. Porque sé que no voy a desperdiciar un solo día intentando demostrarte que aquello que tuvimos fue lo ideal.

Gabriel dejó el cristal sobre la mesa y Evelin continuó con determinación:
—Déjame demostrarte que soy la única dispuesta a no cuestionarte ni tomar decisiones a tus espaldas. Te probaré que nadie más será tan leal a tus intereses como yo.

La mirada de Gabriel descendió involuntariamente hacia sus labios y Evelin lo notó. Entonces ella desvió apenas la vista hacia su boca y volvió a encontrarse con sus ojos celestes. Él siguió aquel movimiento con una atención demasiado intensa para un hombre que pretendía mostrarse completamente indiferente.

—Dime qué te parece.

La respuesta parecía sencilla. Pero lo que no era sencillo era saber si estaba considerando aceptar por Evelin, por Marcos o por todo aquello que quería recuperar cuando regresara; el alcohol estaba volviendo más lentos sus pensamientos, pero no conseguía apagar aquella parte de él que seguía calculando cada movimiento. Así advirtió lo cerca que Evelin se encontraba. Sabía perfectamente lo que pretendía y, quizá precisamente por eso, una sonrisa cargada de malicia apareció en sus labios.

No era ella quien había provocado aquella expresión. Gabriel desvió los ojos hacia la puerta de la biblioteca y la imaginó abriéndose. Imaginó a Marcos entrando y encontrándolo allí.

Tras ese breve instante, volvió a mirarla. Ella interpretó el gesto de una manera completamente distinta; no notó la perversidad del mismo, solo vio cómo él cerraba los ojos y se abalanzaba para devorarle la boca en un contacto feroz. Aprovechando el impulso, Evelin se apresuró a corresponderle, aferrándose con la desesperación de volver a sentirse elegida. Para ella, aquel beso era una confirmación: todavía había algo entre ellos. Él, en cambio, se dejó llevar por el orgullo y la rabia, dispuesto a demostrarle a alguien que ni siquiera estaba allí que podía hacer lo que quisiera con su propia vida.

—Gabriel…

Él la beso con mayor impetuosidad, mientras ella se entregaba a aquel momento sin imaginar la tormenta que ocurría detrás de sus ojos. Y así como Gabriel la presionaba con un apresuramiento casi brutal, sus manos bajaron para agarrar la pesada tela negra y empezar a levantarle el vestido.

​Evelin jadeó contra sus labios, sintiéndose abrumada por la ansiedad y la euforia. Extrañaba con locura sus besos. Extrañaba sentir la fuerza de sus dedos sobre su piel y la fiereza con la que la estaba reclamando otra vez. Sentir que él la buscaba con semejante deseo irracional solo multiplicaba la fuerza de su mayor convicción. ​Llevada por el mismo frenesí, deslizó las manos hacia la cintura de él y empezó a desabrocharle el pantalón con rapidez. De un momento a otro, moviéndose con un apresuramiento caótico sobre el mueble de cuero, Evelin terminó arrodillada sobre el sillón, aferrándose al respaldo mientras Gabriel se acomodaba a sus espaldas para embestirla.

​Antes de dar el último paso, levantó el rostro y volvió a clavar la mirada en la puerta, esperando. Entonces, la penetró de un solo golpe, soltando un gemido alto y deliberadamente resonante en la habitación.

​El ritmo de Gabriel se volvió rápido y exigente, impulsado por la rabia más que por el placer. Con cada embestida que le ofrecía, parecía alzar más la voz, asegurándose de que los sonidos de la madera crujiendo y sus propios jadeos atravesaran las paredes. Quería que lo escucharan. Necesitaba que Marcos lo escuchara.

​Se inclinó hacia adelante y le dio la orden a Evelin:
​—Gime fuerte para mí.

​Ella se estremeció de placer al escuchar su mandato y, completamente entregada a la fantasía, obedeció sin dudarlo, empezando a gemir alto y claro al compás de las embestidas.

Cada movimiento con urgencia fingida por parte de él pretendía ser una respuesta hiriente para Marcos. Una réplica a la discusión de aquella mañana y a la humillación que todavía sentía clavada después de la noche anterior. Quería recuperar el dominio sobre sí mismo y salvar su ego, demostrar que nadie podía arrebatarle el control, mucho menos de su propio cuerpo, regresando a su zona de confort donde él era quien dominaba a una mujer dispuesta.

Pero cuanto más intentaba demostrarlo, más evidente se volvía la mentira. Evelin estaba allí, entre sus brazos, y aun así Gabriel no conseguía escapar de Marcos.




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