Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 182

A pesar de no haber obtenido de Gabriel la respuesta que deseaba, tampoco había recibido una negativa definitiva; para ella, aquella diferencia mantenía viva la esperanza. Además, lo ocurrido entre ambos le resultaba imposible ignorar. Por más que él hubiera intentado restarle importancia, Evelin estaba convencida de que solo necesitaba un poco más de insistencia para doblegar su orgullo.

Lo único que realmente le desagradaba ahora era tener que regresar a casa. Volver a enfrentarse a su abuela era casi tan incómodo como haber dejado atrás a Gabriel, aunque al menos llevaba consigo algo que podía tranquilizarla: los documentos y el dinero. Quizá, pensó mientras contemplaba por la ventanilla el paisaje que se deslizaba bajo la tarde, su abuela estaría de mejor humor al comprobar que finalmente aquellos problemas económicos comenzaban a desaparecer.

Y así fue. Apenas llegó, Evelin fue directamente a verla y le entregó todo. La señora Weaver, al recibir lo acordado, revisó durante unos instantes lo que tenía entre las manos. No era poca cosa; esa suma aliviaba de manera considerable las dificultades que habían estado amenazando la estabilidad de la familia, y las escrituras ponían un techo fijo sobre sus cabezas. La mujer no pudo evitar mostrar cierto alivio, sabiendo que al fin estaban a salvo de la ruina absoluta. Pero su tranquilidad duró poco antes de que levantara los ojos hacia su nieta.
—¿Y? ¿Ya te quedó en claro que ese hombre no es para ti?

Evelin sostuvo su mirada un microsegundo y dejó que su semblante adoptara una expresión afligida.
—Sí, abuela… Ya me quedó claro.

La respuesta fue exactamente la que la señora Weaver esperaba escuchar. Evelin sabía que su abuela era demasiado perspicaz; si advertía siquiera una sombra de entusiasmo en sus ojos, comenzaría a sospechar que aquella visita había terminado de una manera muy distinta a la ordenada. Por eso bajó la vista, dejó caer los hombros y fingió una profunda decepción.

—Supongo… que él dejó de amarme —añadió con voz apagada.

Como parte de la estrategia, supo que cuanto más convincente pareciera su tristeza, menos razones tendría su abuela para vigilarla. Así que durante el resto del día permaneció encerrada en su habitación. Rechazó charlas, apenas probó la cena y pasó largas horas junto a la ventana, fingiendo estar abatida mientras, en realidad, repasaba una y otra vez lo que haría mañana.

Solo tenía que soportar un día más. Un día más bajo aquel techo y después se marcharía. Ya no le importaba cuánto tuviera que dejar atrás ni cuánto pudiera escandalizar a su abuela. Si Gabriel aceptaba finalmente acompañarla, estaba dispuesta a abandonar aquella casa, aquella vida y hasta el apellido que durante tantos años había definido su existencia.

Para Evelin, el vínculo con su hermano recién empezaba.

….
Tras pasar el resto del día esquivando la biblioteca, intentando mantenerse ocupado para no pensar en el dolor físico ni en todo aquello que le pesaba mucho más profundamente, Marcos terminó frente al espejo de su cuarto cuando la luz de la tarde comenzaba a desaparecer. Entonces reparó en las marcas violáceas que Gabriel había dejado sobre su cuello y sus hombros y, cuanto más las observaba, el asco aumentaba. Ya no las veía como recuerdos de una noche que había esperado durante años, sino como una prueba de su propia ingenuidad; una humillación escrita sobre la piel.

¿Cómo había permitido que ocurriera? Debió haberlo sabido. Era Gabriel. ¿Qué estupidez había esperado exactamente? ¿Que después de tantos años aquel hombre finalmente aprendiera a amar y que, por alguna razón, decidiera hacerlo con él? ¿Que lo elegiría para siempre cuando ni siquiera parecía capaz de detenerse a pensar en las consecuencias emocionales de sus propias decisiones? ¿Que lo pondría a su misma altura y consideraría lo que sentía antes de hacer aquello que le convenía?

Marcos sostuvo su propia mirada en el cristal y sintió que no reconocía al hombre que tenía delante. Se veía ingenuo, casi estúpido, como alguien que había confundido unas pocas migajas de afecto con una promesa inexistente. La rabia comenzó a crecerle desde el estómago hasta la garganta, estallando de forma incontenible.

Su puño salió disparado sin pensarlo.

El golpe hizo temblar la superficie y quebró el silencio del cuarto. El vidrio se abrió en una red de grietas y varios fragmentos cayeron al suelo mientras parte de la madera trasera se astillaba bajo el impacto.

—¡Maldito!

El grito salió cargado de furia. Los cortes comenzaron a abrirse sobre sus nudillos y la sangre apareció rápidamente entre los dedos, pero él apenas la registró. El dolor de la mano, igual que el de su pierna, había quedado reducido a algo insignificante frente a aquello que le ardía por dentro.

Retrocedió y se dirigió al palanganero. Sumergió la extremidad herida en el agua y observó cómo esta comenzaba a pintarse lentamente de rojo. Entonces regresó el recuerdo que llevaba horas intentando apartar: él detrás de aquella puerta, inmóvil, escuchando desde el otro lado los gemidos de esos dos, destrozándolo. Había permanecido allí como un idiota, soportando cada instante mientras trata de pensar que hacer. Su primer instinto le decía qué se marchase, pero finalmente se quedó, negándose a concederles la satisfacción de darles privacidad.

Agitó lentamente los dedos en el agua y los apretó.

“¿Cómo pudo hacerlo?” “¿Cómo pudo acostarse conmigo anoche y estar con ella hoy?”

Cerró los ojos y respiró profundamente, pero la imagen de Gabriel guardando su hombría regresó de inmediato. No sabía exactamente qué había ocurrido en aquella biblioteca ni por qué él permitió que Evelin se acercara de esa manera. Sin embargo, tenía una explicación lógica: quizá Gabriel simplemente había vuelto a hacer lo que siempre hacía. Elegir aquello que le convenía. Y tal vez un montón de ladrillos había sido razón suficiente.




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