Evelin apresuró el paso en cuanto divisó a Gabriel avanzando hacia el carruaje.
Apretados contra su pecho, la joven llevaba los documentos legales de la propiedad. Antes de escaparse a hurtadillas de su casa y tomar un coche de alquiler, se había escabullido en el despacho para hurtarlos y así poder cumplir con su parte del trato. No sentía el menor remordimiento por aquello; razonaba que ya le dejaba a su abuela dinero suficiente para vivir cómodamente durante mucho tiempo. Ella, en cambio, no necesitaba ni un centavo de esa fortuna; estaba absolutamente convencida de que, de ahora en adelante, Gabriel se ocuparía de ambos.
Aceleró todavía más.
—¡Gabriel!
Él no se volvió. Y ella llegó al vehículo justo cuando Gabriel abría la portezuela por sí mismo, sin esperar siquiera a que el cochero pudiera hacerlo por él. Cuando apoyó un pie sobre el estribo, Evelin consiguió interceptarlo.
—Gabriel, espera. Dijiste que hablaríamos.
Gabriel soltó un suspiro profundo y se giró lentamente. Ya venía irritado por lo ocurrido con Marcos y aquella voz era precisamente lo último que deseaba escuchar. Se la había pasado intentando mantener la cabeza fría y ahora Evelin aparecía para exigirle una conversación que no quería tener.
—No puedo ahora.
—Solo necesito unos minutos.
Él apoyó una mano en el marco del coche.
—No tengo tiempo para darte, Evelin. Tengo asuntos que atender.
—Pero me prometiste que hablaríamos esta tarde.
—Y ahora no es un buen momento. Estoy ocupado.
Hizo el ademán de darle la espalda para subir de una vez, pero ella le sujetó el brazo.
—Después de lo que pasó ayer entre nosotros... —le reprochó—, al menos podrías tener la decencia de escucharme.
Gabriel hizo un movimiento brusco y consiguió que ella lo soltara. La impaciencia que llevaba acumulando se reflejó en la dureza de sus ojos.
—Ayer estaba borracho.
Volvió a colocar el pie en el estribo, decidido a terminar aquella charla antes de que siquiera comenzara. Pero Evelin volvió a sujetarlo, esta vez con más desesperación al ver que se le escapaba de las manos.
—Pero lo que pasó entre nosotros fue…
—¡Fue un error! —se volvió de golpe. El simple hecho de sentir nuevamente los dedos de Evelin sobre su abrigo le causó aversión—. ¡Deja de insistir con ello de una maldita vez! ¡Y deja de tocarme!
Evelin retiró la mano y se quedó petrificada. El desprecio que encontró en aquellos ojos celestes no dejaba lugar a interpretaciones. Gabriel no estaba intentando protegerse detrás de una de sus habituales frases crueles; lo decía porque realmente lo sentía.
—¿Un error? —dijo con la voz quebrada, sintiéndose profundamente lastimada y confundida.
—Sí. Y en este momento estás siendo un verdadero problema para mí.
Ella lo miró con los ojos cristalizados, a punto de llorar mientras permanecía allí, incapaz de apartarse. Tenía delante de sí al verdadero Gabriel, al hombre que había amado y que conocía lo suficiente como para saber cuándo estaba siendo directo con lo que pensaba.
Entonces, él subió al carruaje y se inclinó desde el asiento de cuero para jalar el picaporte
—Pero vine por ti —alcanzó a decir ella.
Gabriel levantó los ojos.
—Yo no te debo nada, Evelin.
—Pero yo te amo.
—Eso es cosa tuya —sus ojos descendieron hacia los documentos que ella apretaba entre las manos—. Y para serte sincero... una propiedad no vale ni cuatro días contigo.
Evelin palideció y Gabriel cerró de un golpe. Levantó el puño y tocó con fuerza dos veces el techo del carruaje.
—¡En marcha!
El cochero fustigó a los caballos y el vehículo avanzó de inmediato. En eso, Evelin permaneció junto al camino, contemplando cómo la distancia se llevaba consigo lo último que le quedaba de esperanza. Sentía el corazón destrozado, pero era más que eso: acababa de ver cómo su pequeña oportunidad se hacía pedazos delante de sus ojos.
Había estado dispuesta a arriesgarlo todo. Cuatro meses lejos de Londres, lejos de su familia, lejos de lo que conocía… e incluso desaparecer de su vida para siempre si no conseguía que la volviera a querer. Cuatro míseros meses que ni siquiera valían el intento para él.
Se largó a llorar sintiendo un nudo de angustia. Todo aquel esfuerzo... ¿para qué? Había esperado a que su abuela estuviera distraída, robado los papeles, salido a escondidas de su casa con la idea de que estaba labrando su futuro, caminado varias calles para tomar un coche e ido hasta Gabriel convencida de que, al menos, él cumpliría su palabra. Pero no obtuvo absolutamente nada. Ni siquiera una palabra cálida, ni una muestra de afecto, ni una negativa pronunciada con cierta consideración.
Solo crueldad.
Se limpió las mejillas con el dorso de la mano y comenzó a caminar hacia el portón. Intentó mantener la cabeza en alto, pero la impotencia le quebraba la respiración y las lágrimas continuaban cayendo; se sentía peor que nunca. Gabriel le había mentido. Le había dicho que hablarían y ni tuvo la oportunidad real de pronunciar el discurso que tanto había ensayado; prácticamente fue allí dispuesta a rogarle si era necesario. Y ahora comprendía lo humillante que había sido la idea.
“Fue un error”.
Aquello que para ella había significado tanto quedó reducido, en boca de Gabriel, a nada. Una equivocación de la que él quería desprenderse cuanto antes.
“Eso es cosa tuya”.
En verdad él ya no la amaba. Se había entregado creyendo que detrás de la dureza todavía existía el hombre capaz de quererla. Y ahora no podía dejar de pensar que simplemente fue utilizada para obtener placer.
“Una propiedad no vale ni cuatro días contigo”.
Cerró los ojos con fuerza mientras otra oleada de llanto le descendía por las facciones, ya caminando sin importarle quién pudiera verla. Algunas personas volvieron la cabeza al pasar junto a ella; otras disminuyeron el paso, curiosas ante aquella joven vestida de luto que avanzaba rota por la acera.