Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 184

Pensar en el cuerpo desnudo de Marcos, en el calor de sus manos sujetándolo, en los besos que se habían dado y en la forma en que lo había tocado, fue algo que Gabriel descubrió mucho más persistente que el mal humor. La imagen estimulante de hacerlo eyacular con sus propios dedos se proyectaba en su mente como una pintura vívida y adictiva. Incluso mientras el abogado extendía los documentos sobre el escritorio y comenzaba a explicarle las condiciones de la venta, tuvo que contener una sonrisa al recordar que había conseguido tenerlo; que había hecho a ese hombre suyo.

“Marcos es mío”.

Después de su encuentro con Evelin, se dedicó directamente a sus asuntos. Tenía que organizar el traspaso de la propiedad de Clapham y no estaba dispuesto a permitir que nada interfiriera con sus planes. Marcos podía continuar enfadado por lo ocurrido, pero eso no cambiaba nada. Lo sacaría de Londres de una manera u otra. Ya quedaba poco; apenas una semana más para terminar los últimos trámites, cerrar las cuentas y comenzar a preparar el equipaje.

—¿Señor Whitaker?

Gabriel levantó la mirada. El letrado aguardaba su firma.
—Por favor —le señaló la pluma.

Mientras estampaba su nombre sobre el documento, otra imagen volvió a atravesarle la mente y aquella pequeña sonrisa regresó a sus labios.

De igual forma, durante el trayecto de regreso, solo podía seguir imaginando a Marcos otra vez debajo de sí, respondiendo con intensidad a su cercanía, entregándosele por completo para que lo tomara. Ahora que estaba sobrio, no podía creer lo estimulante que resultaba ser estar con un hombre y descubrir el placer salvaje en el choque rústico de dos virilidades. Al compararlo mentalmente con la compañía femenina, se daba cuenta de que una fisionomía fuerte y resistente le exigía perder el control; eso lo había hecho sentir vivo, desgarrado y llevado al límite mismo de sus propias fuerzas.

Apoyó la cabeza contra el respaldo y recordó cómo hundió el rostro en esa piel. Seguramente le habrían quedado marcas moradas en los hombros y en el cuello por la fuerza de sus succiones. Eso lo llenó de un agrado posesivo: aquellas señales llevaban su huella. Para Gabriel, ver a ese carismático charlatán reducido a puros jadeos y súplicas desesperadas bajo el toque de sus propias manos le daba un subidón de ego. Estaba embriagado de poder, convencido de que su voluntad era la única regla que importaba.

De pronto, el carruaje redujo la marcha y se detuvo durante unos instantes. Gabriel apartó la cortina y miró hacia la calle. La multitud pasaba con la indiferencia habitual de un atardecer londinense. Comerciantes, criados, obreros, damas acompañadas de sus doncellas y caballeros caminaban sin preguntarse si alguien los observaba demasiado.

Entonces vio a uno: un joven, quizá unos pocos años menor que él, de buen porte y ropas finas. Gabriel lo escrutó de arriba a abajo, forzando a su mente a imaginarlo sin las prendas que ocultaban su figura, buscando provocar en sí mismo la misma reacción que sentía al pensar en su socio. Pero no sintió nada, ni siquiera un estremecimiento. Nada parecido a aquello que Marcos despertaba en él.

El joven continuó su camino y Gabriel siguió observándolo hasta que otro caballero apareció unos metros más adelante. Volvió a intentarlo. Podía apreciar sus facciones, la elegancia de su atuendo, reconocer si era atractivo o no e incluso ya proyectar, con cierta facilidad, qué aspecto tendría desnudo. Pero fue lo mismo que el anterior.

El vehículo reanudó la marcha y él prestó atención a los hombres que pasaban por la acera. Uno tenía una sonrisa agradable. Otro era alto y de hombros anchos. Un tercero llevaba un bigote perfectamente recortado y caminaba con seguridad. Aun así, ninguno consiguió provocar en él el menor impulso.

Soltó la cortina y se acomodó en su lugar. Al ver a esos caballeros e intentar imaginarse con ellos en la intimidad, supo que eran hombres que ni siquiera quería tocar. Todos seguían viéndose simplemente como lo que eran: rivales de negocios, obstáculos o iguales sociales.

Su expresión se volvió sería y, en ese preciso instante, dejó de verse a sí mismo como parte de esa subcultura ilegal y clandestina de Londres. Supo que su fijación no era una preferencia genérica hacia su mismo sexo, sino que estaba dirigida hacia una sola persona.

Marcos era una anomalía. Una excepción. Una especie de accidente en el orden perfectamente racional de su vida. Su atracción no podía reducirse a un simple anhelo carnal; estaba mezclada con demasiadas cosas: con los años que llevaban juntos, con la gratitud que jamás había sabido expresar, con los celos de que estuviera al lado de alguien más, con la culpa, con las discusiones, con la dependencia mutua y con aquel tiempo en el que había obligado a su propio apetito a permanecer enterrado.

No quería descubrir qué podía sentir junto a otro cuerpo igual. Quería a Marcos. El único hombre capaz de entrar en aquella parte que había mantenido cerrada durante toda su vida, capaz de hacer que su orgullo cediera un poco y que esa necesidad de control que gobernaba cada aspecto de su existencia comenzara a resquebrajarse.

“Me interesa él”.

Apoyó la cabeza otra vez contra el respaldo del asiento, deseando querer romperlo, morder su piel y obligarlo a arrodillarse ante sí en la habitación. Con esa fijación exclusiva, Gabriel comprendió la estimulante verdad: Marcos era el único hombre en todo el mundo que tenía el poder de alterar el deseo en su vida.

Ahora que ambos volvían a coincidir en la mesa para la cena, la dinámica seguía siendo exactamente la misma: Marcos no lo miraba, pero Gabriel sí lo hacía, y sin ningún descaro. Tenía la vista clavada, todavía esperando atraparlo en un descuido. Sin embargo, verlo ignorándolo tan obstinadamente y sin tener ningún otro asunto de conversación de por medio, solo le concedía más concentración para revivir cada detalle de su noche juntos, deseando acortar la distancia, arrastrarlo a la cama y someterlo.




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