Aquella fue una descripción de sí mismo que, precisamente por haber sido pronunciada por Marcos, no podía descartar con la facilidad con que habría desechado la opinión de cualquier otra persona. Gabriel podía ignorar que un socio cuestionara sus decisiones, que un rival criticara sus métodos o que un desconocido lo juzgara sin conocerlo; podía incluso aceptar que alguien lo considerara frío o despiadado, porque ninguno de esos comentarios tenía suficiente peso para obligarlo a examinarse. Pero Marcos había vivido demasiado cerca de él como para que aquellas palabras, dichas con tanta seriedad, pudieran disiparse.
Se sentó nuevamente frente al escritorio y comenzó a tamborilear los dedos sobre la madera.
—Yo no vivo aferrado a mis gustos —masculló con convicción.
Sin embargo, cuanto más intentaba apartar aquella acusación, más encontraba ejemplos que parecían darle la razón a Marcos, y la constatación terminó irritándolo peor que la conversación original.
Comenzó por sus negocios. Había pasado años manteniendo una posición, reteniendo proveedores, clientes, propiedades y oportunidades con demasiada obstinación. Cuando algo le pareció necesario, no esperó a que el mundo estuviera preparado para concedérselo; buscaba otra ruta, presionaba a quien fuera menester y permanecía detrás del asunto hasta conseguirlo. Hizo lo propio con su fortuna, con su apellido y con la reputación que había construido alrededor de ellos. Incluso el nombre Whitaker, heredado de una resolución de su padre para borrar una historia familiar que no quería recordar, terminó convirtiéndose para él en una identidad que estaba dispuesto a defender con uñas y dientes, aun por encima de haber deseado apropiarse del de los Weaver. Todo lo que poseía parecía haber nacido de la misma raíz: querer algo y negarse a aceptar no tenerlo.
Después pensó en Marcos. Si observaba su relación desde fuera, sin permitirse adornarla con los recuerdos de tantos años, también allí aparecía la misma conducta. Había decidido que él debía permanecer a su lado para seguir construyendo su vida, sin preguntarle si quería otra cosa. Supuso que terminaría aceptando sus decisiones porque, al final, siempre continuaban juntos. Incluso ahora, después de todo lo ocurrido, una parte de su ser seguía considerando la distancia de Marcos como una interrupción temporal que terminaría corrigiéndose.
Luego apareció Evelin y el tiempo que permaneció a su lado hasta que ella dejó de importarle; sus antiguos comercios, las amistades que había conservado mientras le fueron útiles y abandonado cuando dejaron de serlo. Las relaciones de su adolescencia, con aquellas jóvenes a las que cortejó con intensidad hasta que algo en ellas dejaba de interesarle; entonces cerraba la puerta sin comprender por qué algunas necesitaban explicaciones, despedidas o espacio para aceptar que lo que para él había terminado también debía terminar para ellas.
Su venganza contra los Weaver tampoco escapaba a aquello. Pasó tanto aferrado a una herida, convirtiendo el sufrimiento de su padre y la historia que conocía en una deuda que debía cobrarse por medio de una estrategia creada alrededor de un pasado que se negaba a dejar morir. Incluso cuando los tuvo prácticamente a su merced no supo detenerse. Porque detenerse habría significado aceptar que quizá toda aquella lucha dejó de tener sentido.
Él sabía lo que hacía. Si algo todavía tenía valor, lo retenía. Si algo había dejado de tenerlo, lo abandonaba.
Al final era cierto. Marcos tenía razón: se aferraba. Se aferraba a sus negocios, a su orgullo, a sus planes, a sus recuerdos, a su venganza, a las personas que consideraba suyas y hasta a las heridas que le habían dado una razón para continuar. Pero aquello no significaba, en su propia lógica, que tuviera un defecto. Ahí radicaba la diferencia fundamental entre la mente de un hombre herido y la de un hombre racional: lo que Marcos hizo parecer como un mal hábito y una tara, para Gabriel era, sin lugar a dudas, su mayor virtud.
Si no hubiese sabido aferrarse, jamás habría conseguido todo lo que tenía, e incluso lo impensable. Gracias a esa capacidad logró avanzar y plantarse de pecho frente a la vida mucho mejor que la gran mayoría de los individuos de su edad. Y no pensaba pedir disculpas por ello. Por él tenían aquella casa, el patrimonio, la seguridad que ahora podían permitirse y el futuro que comenzaba a preparar para ambos en Portugal. Todo aquello salía de su voluntad; de su capacidad para tomar decisiones cuando los demás todavía dudaban.
Así que por más acierto que Marcos tuviera, estaba equivocado al mismo tiempo; porque aquello que llamaba una incapacidad para soltar, Gabriel lo denominaba determinación. Y eso que consideraba una tendencia a ignorar los sentimientos ajenos, él lo consideraba la consecuencia inevitable de tener que asumir decisiones. No podía detenerse cada vez que alguien necesitaba más tiempo, ni quedarse esperando a que otra persona comprendiera algo que él ya había descifrado. Vivir condicionado por las emociones mientras debía mantener transacciones, propiedades, empleados y una vida entera en movimiento era impensable. Si algo dejaba de importarle, dejaba de importarle. ¿Acaso era culpa suya que el otro todavía necesitara semanas para aceptarlo?
Gabriel volvió a tamborilear los dedos sobre el escritorio. Había algo sencillo en su manera de entender el mundo: quien esperaba demasiado, terminaba perdiendo. Esa fue, durante años, una de las pocas cosas que nunca había puesto en duda. Le permitía arriesgar cuando otros retrocedían, tomar la iniciativa antes de que los demás siquiera comprendieran que existía una oportunidad y sacrificar aquello que fuera necesario cuando el beneficio final justificaba la pérdida. ¿Qué importaba lo demás después de todo? Nadie allá afuera era nada suyo. A nadie le debía nada. Las personas podían marcharse, morir, decepcionar o simplemente dejar de querer lo que alguna vez habían ansiado.