El teléfono guarda silencio, y el frío se instala en mi pecho. Sospecho que la repentina preocupación de Danilo tiene que ver únicamente con el bebé.
Al día siguiente voy a la farmacia y compro vitaminas para embarazadas.
La lluvia cae de repente, como si alguien hubiera volcado un cubo de agua desde el cielo. No me queda lejos llegar a casa, así que acelero el paso. Casi corro. Las gotas frías golpean mi piel y empapan la ropa. Entonces suena el móvil.
Saco el teléfono del bolso y contesto de inmediato:
—¿Hola?
—¡Hola! Ya repararon tu coche. Lo dejé frente a tu edificio —la voz de Danilo trae buenas noticias.
—Bien, gracias. Ya estoy llegando. En un par de minutos estaré allí.
—¿Dónde estás? —se tensa.
—Vuelvo de la farmacia.
—¿De la farmacia? ¿Te sientes mal? —en su voz se cuela la preocupación.
—No, compré vitaminas comunes. Ya voy corriendo.
Cuelgo y guardo el teléfono. Correr en mi estado no es la mejor idea, pero la ropa está empapada, el cuerpo me tiembla y el frío cala hasta los huesos.
Entre las cortinas de agua veo mi coche. Está junto a la entrada, y Danilo está al volante. Nuestras miradas se cruzan y sus ojos se abren de par en par. Sale del coche y, sin importar la lluvia, corre hacia mí.
—¿Por qué saliste sin paraguas? ¿Quieres enfermarte?
—No sabía que iba a llover —me justifico.
Me toma de la mano y entramos corriendo al portal. Sus dedos cálidos rozan mi piel y ese contacto tan familiar despierta recuerdos. El pecho se me encoge.
Danilo abre los brazos.
—Estás completamente mojada. No te quedó ni un lugar seco. ¿No podías esperar a que pasara la lluvia en la farmacia? Habría venido por ti.
—Cuando salí, todavía no llovía —tiemblo de frío.
El agua gotea de mi cabello, recorre mis mejillas y mi cuello. Siento como si acabara de salir de la ducha. Mi mirada se detiene en la camiseta mojada de Danilo. La tela se pega a su cuerpo, marcando sus músculos y despertando deseos innecesarios.
Recuerdo, sin querer, ese cuerpo que una vez toqué con los labios. Las noches en las que fue solo mío. Las mañanas en las que despertábamos abrazados. Fui tan ingenua al creer que eso duraría para siempre.
Danilo nota mi mirada y me avergüenzo. Aparto los ojos con esfuerzo.
—¿Por qué saliste bajo la lluvia? Tú también estás empapado.
—Quería salvarte del aguacero.
—¿Con qué? Tú tampoco tienes paraguas —sonrío.
—Estás helada —su voz se vuelve más suave—. Vamos, te acompaño al apartamento. Necesitas cambiarte y entrar en calor.
Asiento. En el pecho nace un temblor especial.
Subimos en el ascensor y entramos en mi casa. Danilo, como si fuera el dueño, abre la puerta del baño.
—Date una ducha caliente. Yo espero.
Obedezco sin pensarlo. Bajo el agua caliente me cuesta creer que Danilo esté otra vez aquí, en mi apartamento, como antes. Pero ahora todo es distinto. No estamos juntos. Ni siquiera sé qué somos.
Me seco y entonces recuerdo que la ropa está en el dormitorio. Me pongo el albornoz sobre el cuerpo desnudo y espero pasar desapercibida hasta el armario.
Salgo del baño y avanzo en silencio por el pasillo. Danilo aparece en la puerta de la cocina.
—Preparé té caliente. Vamos a entrar en calor.
Asiento, insegura. Resulta extraño verlo aquí, tan doméstico. Los recuerdos me invaden como una ola y encienden chispas en mi cuerpo. Mi mirada se queda en sus brazos fuertes.
—Tu camiseta está mojada. A ti tampoco te vendría mal secarte —voy al dormitorio y saco una toalla del armario—. Toma.
—Si soy sincero, no solo la camiseta está mojada —sin ningún pudor, Danilo se quita la camiseta y la cuelga en el respaldo de la silla.
Toma la toalla de mis manos y empieza a secarse. Mi mirada recorre su cuerpo musculoso, digno de un dios griego. No esperaba que se desnudara así, en mi cocina.
Se cuelga la toalla sobre los hombros y se acerca. Me toma la mano con suavidad y la calienta entre las suyas.
—¿Tenías frío?
—Un poco… pero ya estoy mejor. Voy a cambiarme —intento apartarme, pero no me suelta.
Apoya la palma sobre mi vientre.
—Espero que el bebé esté calentito ahí dentro —su tacto quema dulcemente.
El bebé se mueve, como si reconociera a alguien cercano. Los ojos de Danilo se agrandan.
—¿Eso fue…?
—El bebé saludó.
Me envuelve en un abrazo tierno. El aroma de su perfume me cosquillea la nariz, y sus caricias despiertan recuerdos.
—Es un milagro… Estoy tan feliz de que vayamos a tener un hijo —su mano se desliza bajo el albornoz y acaricia mi vientre.
Recuerdo que debajo no llevo nada y sujeto la tela. Danilo me besa la mejilla. Luego otro beso. Y otro. La razón se nubla.
No soy capaz de detenerlo. Dentro de mí luchan dos partes: la que aún ama y la que recuerda la traición.
Él susurra junto a mi oído:
—Dime… ¿qué será? ¿Niño o niña?
—Una niña —me rindo a su encanto.
Sus ojos color esmeralda se llenan de alegría y una sonrisa cálida aparece en sus labios. Su mirada baja a mi boca. Se inclina de golpe y besa mis labios.
Me quedo inmóvil por la sorpresa, pero mi cuerpo responde al instante. Recuerda demasiado bien lo dulces que pueden ser sus caricias.
Danilo besa con cuidado, con suavidad, como pidiendo permiso.
Y yo soy demasiado débil para resistirme.