Heridas de amor

1. Una herencia

Julissa

Años después

Hace años que me fui de esta ciudad con el corazón destrozado, me dejé engañar nuevamente por un hombre, un hombre a quien le conté mis secretos, le confié mis miedos y, sobre todo, un hombre a quien le entregué mi corazón.

—Bienvenida, señora Ferrer, su suite esta lista —informa el hombre que me recibe en el hotel.

—Gracias.

Desde que me fui, no había vuelto a esta ciudad, había decidido no volver nunca más, pero el destino aquí me tiene, es tan impresionante la manera en que me regresa al mismo sitio de donde me prometí no volver, pero aceptada la responsabilidad, aquí estoy.

Llego al último piso del hotel, un empleado viene tras de mí con mis maletas, en el momento en que me deja sola, me tiro a la cama y sin razón aparente me pongo a llorar. ¿Cómo fue que mi vida llegó a esto? ¿En qué momento me convertí en esta versión?

Solo cuando estoy sola me dejo derrumbar, frente a los demás la máscara de mujer implacable es la que prevalece y nadie, salvo mi mejor amiga, es la que sabe en realidad lo que mi interior quiere gritar.

Han pasado tantas cosas en mi vida, los que me conocen ahora, tiene una concepción diferente a los que me conocieron en el pasado. En el mundo en que me muevo me consideran una mujer frívola y sin sentimiento, una mujer que se vendió al mejor postor y ahora es millonaria.

Me saca de mis pensamientos el sonido de mi celular, veo el número y una gran sonrisa se posa en mis labios.

—Hola, mis amores, ¿Cómo están?

—Bien, mami. —Escucho sus voces y me emociona. Al mismo tiempo una lágrima corre por mis mejillas, es la primera vez que me separo de ello, siempre fuimos como chicle que no se despegaban.

—¿Ya comieron?

—Sí, ma, la nana nos dio pizza —responde Raúl. Ruedo los ojos, esa mujer siempre mal criando a mis hijos, pero que le puedo reprochar si a mí también me encanta la pizza, además de que es la que ha estado al pendiente de mis retoños desde siempre. A esa mujer, la vida me la puso en frente para que ambos pudiéramos curar nuestras heridas o por lo menos hacerlas menos dolorosas.

Estoy por decir algo, pero escuchar el llanto de Regina me lo impide, enseguida pregunto qué es lo que sucede, ella entre hipos me dice que me extraña. Yo también los extraño, esta separación me duele, aun así, tengo que aparentar valentía y que ellos jamás dejen de verme sonreír.

Me pongo a platicar un buen rato con ellos, logro tranquilizarlos y que Regina deje de llorar, eso sí, tengo que prometerle que voy a regresar muy pronto y que de mi viaje le llevaría un hermoso recuerdo, parece que ha quedado tranquila.

Después de colgar me doy un baño y me relajo un poco. Al salir y ya con ropa cómoda, escucho que suena el teléfono del cuarto; me informan que el abogado ha llegado.

Tengo que ponerme algo más decente, ya que voy a bajar al restaurante a escuchar lo que me quiere decir el hombre con el que quedé para comer.

Llego a la planta baja, el elevador se abre y justo cuando voy saliendo, choco con alguien. Alzo mis ojos para disculparme mientras me incorporo; sin embargo, las palabras no salen, lo que veo hace que esté a punto de desmayarme; no es posible. ¿Qué tanto me odia el destino como para ponerlo en mi camino el mismo día que he vuelto?  

De inmediato las imágenes se hacen presentes, los recuerdos buenos y sobre todo los dolorosos, aquellos que es imposible que olvide, verlo encima de esa mujer, sus ojos cerrados mientras se dejaba llevar.

A pesar de todo lo malo, es inevitable sentir a mi corazón acelerado, aspirar su aroma está por volverme loca; no ha cambiado en nada.

No puedo decir lo mismo de mí.

—Discúlpeme. Por favor. —Si no es suficiente con verlo y olerlo, tiene que hablar.

Esa voz, que al escucharlo provoca una revolución en mi interior y con todas mis fuerzas deseo que termine ganando el rencor para no alocarme y relacionarlo con aquellas palabras dulces salidas de su boca, recordar aquellas promesas que me ilusionaron. Mi sangre hierve, no sé qué decirle, no sé cómo reaccionar a su voz, solo atino a asentir con la cabeza y me alejo a paso rápido, entre más lejos me encuentre de él, mucho mejor.

Llego aturdida al restaurante, veo al abogado a lo lejos. Avanzo hasta llegar junto a él y este, enseguida, se pone de pie, me saluda y como todo un caballero recorre la silla para que me siente.

—Gracias. —Atino a decirle a pesar de que sigo un poco perdida.

Ya sentada lo observo un momento, es un hombre joven y, a decir verdad, muy atractivo. Lo conocí hace tiempo y desde entonces se ha convertido en mi hombre de confianza.

—Es un placer tenerla aquí. Empecemos, señora Ferrer, sé que es complicado todo esto, pero tenemos que hablar sobre, ¿cómo se siente respecto al manejo de todas las cuentas, acciones e inmuebles del señor Ferrer? Llevamos ya tiempo sin hablar en persona y es necesario ponernos al día.

—Usted me conoce y sabe la verdad. No me esperaba que mi esposo me dejara absolutamente todo, dejó a sus hijos y exesposa prácticamente en la calle. —Todavía me sorprende, a pesar de que hablamos de aquello con mi esposo, aunque no pensé que fuera tan radical—. Ahora estoy tratando de agarrar el ritmo a todo.




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