Heridas de amor

7. Mentiras

Julissa

Llegamos a la editorial que corresponde visitar el día de hoy. Como en todos lados, seguimos el mismo protocolo; presentarme, revisar número, dar un recorrido y por último un discurso a los empleados para que los se sientan en confianza.

El día termina bien, una preocupación menos y ya solo me queda revisar que todo se encuentre en orden en la oficina principal, después de eso, volveré a la capital y me olvidaré de esta ciudad por un buen tiempo.

Justo al regresar al hotel, Gael me invita a cenar y estoy dudando en aceptar, después pienso en lo que voy a hacer en la soledad de mi habitación y opto por acompañarlo. Esta vez tampoco lo haremos en el restaurante del hotel.

Mientras me estoy cambiando, hablo con mis hijos y de nueva cuenta se están peleando, eso ya no es novedad y también es algo que me duele ver porque se volvió tan recurrente que me urge encontrar una solución. Entiendo que esto se debe a los cambios que han experimentado.

—Pueden dejar de pelear —les hablo enérgica y es un error, ya que enseguida su llanto se vuelve más desgarrador.

—Quiero mucho, mamá —expresa, Raúl.

—Yo también te quiero mucho, pero deben de prometer que ya no van a pelear ni llorar, porque entonces me van a hacer llorar a mí también. —No me queda más que recurrir a la amenaza.

—Mami, ¡ven! —grita Regina.

—Vamos niños, es hora del baño.

—¡No! —gritan a la vez y esto se vuelve un campo de batalla. Pobre de la nana, necesita unas vacaciones para librarse un rato de mis hijos.

Mucho tiempo pasa antes de que al fin los convenza de ir a la tina, eso sí, con una promesa más, que mañana vendrán a visitarme. Claro que eso es imposible, ellos nunca van a pisar la ciudad.

Miro el reloj y compruebo que es más tarde de lo debido, estoy por cancelarle a Gael, no quisiera, pero al parecer no tengo otra opción, ya se me quitaron las ganas de salir. Tomo el teléfono y estoy por marcar, no llego a hacerlo porque antes me gana el timbre de la puerta.

—Servicio a la habitación. —Escucho que dicen detrás. Que yo sepa, no he pedido nada.

—Disculpe, pero no he pedido nada, al parecer se equivocó —le digo enseguida que abro la puerta.

—Cortesía de la casa. —Suena ridículo, ya que yo también soy dueña y no mandé a pedir nada.

—Insisto, está equivocado y por favor llévese esto.

—Yo mandé a pedirlo.

—Otra vez tú. Parece que no he sido lo suficientemente clara; entiéndelo, no quiero nada que venga de ti, no quiero tenerte cerca, no me hables, no me mires, ¡nada! —grito exasperada por esto, su insistencia se convierte en un dolor de cabeza.

—Por favor, es solo una cena, quiero hablar contigo, como en los viejos tiempos. Dame ese privilegio, solo por esta noche.

—¡No! —No tengo que pensarlo demasiado, la decisión está tomada y tampoco quiero complicarle más, a pesar de todas las malas pasadas que mi vida está teniendo debido a él, prefiero alejarme para seguir como hasta ayer.

—Es una simple cena, ¿tiene algo de malo? —cuestiona. No me da tiempo a responder porque alguien se adelanta por mí.

—Es difícil entender que no, es no —repite las palabras que he dicho en la mañana.

—Y ¿quién eres tú para hablar por ellas?

Estos dos hombres se enfrentan en un juego de miradas matadoras, sin entender bien el porqué de mi proceder, me acerco a Gael y entrelazo su mano con la mía para que parezca que somos algo más que jefa—empleada.

—Ya te lo dije, además, tengo una cena pendiente con mi novio, así que, si nos disculpas —digo de manera descarada y juro que, si no fuera por lo nerviosa que estoy al decir aquello, me hubiera muerto de la risa viendo la reacción de Rodrigo.

—¿Es en serio lo que dices? ¡Es tu hijastro!, ¿no te da vergüenza? —grita, como si de este modo pudiera retenerme, sus insinuaciones lastiman.

—¿Vergüenza por qué? —lo enfrento sintiéndome valiente, aunque por dentro me esté derrumbando.

—Es el hijo de tu esposo que tiene poco tiempo bajo tierra. ¿No te das cuenta de que eso crea un sinfín de teorías sobre ustedes dos?

Sus palabras me duelen, desde que lo volví a ver no se ha cansado de insinuar que yo me casé con la única intención de ganar dinero, que al pobre hombre lo utilicé para que me dejara su herencia, en pocas palabras; que me vendí al mejor postor. Al parecer no me conoció de verdad. Me quedo muda ante su afirmación y es Gael quien responde por mí.

—Son situaciones que no te competen y si nos disculpas. —me hala y hace que camine a su lado y al fin entramos a la habitación sin soltarnos de la mano.

—Disculpen, ¿Qué hago con la cena? —el hombre se encuentra parado en la pequeña sala, al parecer escucho toda la situación y fue prudente al no colocar la mesa.

—Pregúntele a la persona que lo envió —responde Gael invitando al mesero que se retire.

Al salir cierra la puerta y yo respiro aliviada, espero que esto sea suficiente para que termine de entender que no deseo nada con él y que lo nuestro en el pasado se quedó.




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