Hice Algo Muy Malo

22.

 

Cuando la vida te da limones, a veces no te los “da”. A veces te los tira en la frente y te deja inconsciente por horas. A veces te cae el jugo en los ojos y te arde. A veces, tiene animales adentro, te intoxicas y mueres.

A veces, ni siquiera te gusta la limonada.

No sé cómo lo he hecho pero de nuevo, es lunes. Una semana entera de humillaciones y burlas. Creo que después de tanto tiempo, ya me estoy acostumbrando al acoso. Al dolor. A llorar cada vez que nadie me mira. A presionar una navaja, tan solo un poco, sobre mi piel.

Si el karma quería arrastrarme sobre piedras ardientes hasta quemarme el interior, lo logró.

Estoy siendo arrastrada por dolor y muchas emociones que no puedo sacar de mí.

Ayer, por la noche, después de trabajar por casi seis horas en una tarea, hice todo a un lado y me dejé caer en la cama. Primero solo observaba al techo, luego, las lágrimas salían lentamente.

Pensaba en un poco de todo.

En todo lo poco que me queda.

Hace casi cuatro meses, tenía un novio. Amigos. Una vida social activa. Una madre que me llevaba de compras dos veces al mes. Un padre que se alegraba de verme cuando lo visitaba. Una chica.

Tenía a Caroline de alguna forma.

Porque estaba viva.

No lloraba. No usaba la misma ropa sin lavarla. No despertaba en medio de la noche por las pesadillas. No me aruñaba la piel por la desesperación. No me dolía el pecho por la culpa, el dolor, la ira, el sufrimiento de vivir en una vida que ya no quieres.

No era esto.

Ahora me desagrado. Me odio. Me odio tanto por todo lo que he hecho. Soy una verdadera estúpida.

Me odio tanto.

Pero decía que ayer comencé a llorar lentamente, luego más fuerte y finalmente terminé gritando para que eso se detuviera. Le pedí a todo en lo que los humanos han creído que me perdonen. Que ya basta. Que estoy muriéndome cada día y nadie lo nota.

Que merezco la tortura, lo entiendo.

Pero no sé si aguantaré.

Gritaba y aprovechando que mi madre no estaba en casa, sollozaba con placer y gusto. Porque eso haces cuando estas hundida en tu miseria, disfrutas llorar con libertad.

Por qué no se puede siempre.

No hay libertad.

Pero ahora estoy aquí, en clase de Ciencias y Biología. La señora Roman suele repartirse los cursos con otros profesores, es decir que ella toma las clases cuando los otros no pueden venir. Hoy está con nosotros y eso no me beneficia en absoluto, mayormente porque jamás le agradé.

Y ahora que sabe que soy una asesina, menos.

—Sandy. —Me llama—. Ven a leer.

Tenemos que leer frente a la clase, ella suele hacer eso. Con base al libro llevamos la lectura en voz alta, según ella, así aprendemos.

Me coloco de pie y camino al frente.

Escucho silbidos burlescos y bajo la mirada, sin embargo, la señora Roman se ríe un poco.

Aclaro mi garganta. —Eeh, bien…

Ni siquiera me da tres segundos cuando me interrumpe: — ¿No seguías la lectura?

No le respondo.

No la miro.

La antigua yo, la malvada odiosa insensible, hubiera rodado los ojos, ignorarla y leer con voz clara y firme.

Yo no hago eso.

Suspiro y comienzo a leer, sin embargo, ella me detiene de nuevo: —Más alto, quiero que todos te escuchen. —Señala a la chica de la última fila—. ¿Ana, puedes escuchar a Sandy?

Ana sonríe con orgullo. —No escucho nada.

La señora Roman, con voz condescendiente, dice: — ¿Ves? No te escuchamos.

Aclaro mi garganta, pero sigue: —Digo, no recuerdo que no hablaras de más.

Me congelo. No me atrevo a moverme.

—Siempre estabas… —La clase comienza a soltar pequeñas risas gracias a su voz con un tono de ironía—. ¿Cómo dicen ahora? Hablando… ¡Abriendo la boca por gusto! Eso hacías, ¿No?

No llores.

No aquí.

Niego, con la mirada al suelo.

— ¡Sandy! —Me habla con fuerza de pronto—. Solo apresúrate a leer y recuerda que tu trabajo es para este viernes, espero que te guste todo lo relacionado con los ciclos de la naturaleza, ¿Te está gustando?

Antes de poder responderle de alguna forma, ella se gira a la clase.

—Y que les sirva de ejemplo, chicos —me señala—. Cuando una persona hace algo malo… no, no malo… —susurra—, lo malo tiene perdón. —Sonríe como si esas estúpidas palabras jamás hubieran salido de su boca—. Cuando alguien disfruta de cometer una secuencia de actos crueles, tiene castigo.

Idiota.

Idiota. Es una idiota.

Pero es cierto.




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