El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Marina sintió un golpe sordo contra la ventana de su habitación. Sobresaltada, se incorporó de la cama con el corazón latiéndole con fuerza. Durante unos segundos contuvo la respiración, tratando de escuchar algún sonido más allá de los ronquidos lejanos de su padre y el viento colándose entre las rendijas de la puerta.
Pensó que tal vez había sido su imaginación, pero entonces, otro golpe seco la sacó de dudas. Se levantó con cuidado, temiendo hacer crujir la madera del suelo, y caminó descalza hasta la ventana. Corrió apenas unos centímetros la cortina y su piel se paralizó de inmediato.
Afuera, entre las sombras del callejón que daba a su casa, se perfilaba la figura de alguien conocido.
El terror la paralizó por un instante. No era posible. Había pasado más de un mes desde su última amenaza, desde que ella y Carmen habían intentado tomar precauciones para mantener a Lucía a salvo. Sin embargo, ahí estaba él, en plena madrugada, lanzándole piedrecitas como si nada hubiera pasado.
Marina se apartó con rapidez, con la respiración agitada. Sabía que no podía evitarlo. Si no bajaba, era capaz de despertar a toda la casa o, peor aún, hacer algo impulsivo. Samuel nunca había sido un hombre paciente.
Se cubrió con una chaqueta y salió en silencio, pata que su madre no se despertara. Cuando cruzó la puerta y llegó a él la luz suave de la luna le permitió ver la expresión de su antiguo novio. Sonreía de manera maligna , con ese aire de suficiencia que siempre le había dado escalofríos.
—Sabía que saldrías —susurró Samuel, acercándose un paso más de lo necesario—. Siempre lo haces.
Marina tragó saliva.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz firme, aunque por dentro se moría de miedo.
Él ladeó la cabeza, divertido.
—Vine a verte. A ti… y a mi hija.
Marina sintió un nudo en el estómago.
—Lucía no es tu hija. Nunca quisiste saber nada de ella.
—No lo niego —admitió, encogiéndose de hombros—. Pero las cosas cambian, Marina. He estado pensando… Y creo que me equivoqué al dejarte sola.
Ella entrecerró los ojos.
—¿A qué juegas, Samuel?
El hombre dio otro paso y la miró con intensidad.
—A nada. Solo quiero lo que me corresponde. Lucía es mi hija y quiero llevármela conmigo.
Marina sintió un vértigo y un miedo que le tembló todo el cuerpo.
—No.
—¿No? —repitió él, soltando una risa seca—. No creo que tengas muchas opciones.
—Carmen y Vicente son sus padres ahora —respondió ella —. Lucía tiene un hogar estable, una vida segura. No la voy a poner en peligro.
Samuel la miró fijamente, y la expresión de su cara cambió de diversión a seriedad.
—No quiero problemas, Marina. Pero si no me dejas verla… hablaré con un abogado.
La sangre de Marina se heló.
—No puedes hacer eso.
—¿No? —Samuel alzó una ceja—. Tengo derechos sobre mi hija. Y créeme, puedo hacer que la justicia esté de mi lado.
Ella sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Si Samuel iba en serio, Lucía estaba en peligro.
—Piensa bien lo que harás —susurró él, inclinándose hasta quedar a centímetros de su rostro—. No querrás que esto termine mal.
Y con esa amenaza, Samuel se giró y se perdió entre las calles oscuras de la noche.
Marina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estaba sola en la oscuridad, temblando.
La batalla continuaba, pero cada vez Samuel exigía más...
"¿Y si realmente podía quitársela?¿Y si la justicia,esa misma que nunca había estado de su lado ,ahora le arrebataba a Lucía para siempre?"
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Editado: 10.02.2025