His, her, second chance (español)

Capítulo cinco: Estancándose a ciegas.

Una semana ante su ordenador desde que le encargaron el trabajo y los últimos cinco días apenas había escrito cuatro retoques a lo anterior. Se encontraba de nuevo estancado.

Rebeca y Nieves le miraban curiosas la pantalla del ordenador cada vez que pasaban por detrás de ella. Rubén se daba cuenta y las miraba con recelo. Las chicas apenas parpadeaban y huían ante la mirada del rubio.

Enric tomó un tomo aleatorio de la saga y pellizcó la solapa dejando que las páginas pasaran rápido desde el pulgar. Se detuvo en una hoja, el dibujo principal mostraba una explanada con árboles desperdigados y senderos sinuosos. Entrecerró los ojos y se imaginó la imagen llena de tonos verdes. Entonces se acordó de un día que tenía el mismo problema cuando aun vivía Soraya. En un pequeño parque al lado de su casa, se habían propuesto descansar pero ambos se habían llevado el trabajo consigo. Llegaron a mirar el trabajo del otro y les vino la inspiración a ambos de repente. Como si quisiera revivir aquello de nuevo, buscó con la mirada entre sus compañeros alguien de quien poder servirse, pero todos ellos trabajaban en lo mismo y se sintió decepcionado.

—¡Rubén! —intentó llamar a su amigo entre susurros— ¿algún parque para desconectar mentalmente de las ideas que no me vienen?

—¡El Retiro!

—¿Cómo dices? —Enric se extrañó pues creyó que le estaba comentando algo de lo que tenía ante él.

—¡Ve al Jardín del Buen Retiro! —el chico le inquirió con la mirada acusaciones de obviedad— ¡Es muy bueno contra el síndrome del hilo enredado!

—¡Ese Retiro, claro! —Enric se sorprendió ligeramente ante la idea. Buscaba alguien con quien contrastar opiniones pero alguien de su mismo empleo no le valía así que como no conocía a nadie que no fuera del trabajo tenía que amarrarse a esa opción.

¿Pero en verdad no conocía a nadie más que a sus compañeros? Se le vino a la mente la faz de Patricia, y su radiante sonrisa le inspiró ¿por qué sería?

Esa misma tarde se dispuso a llevar en práctica el consejo de Rubén y llegó hasta el Jardín del Buen Retiro para pasear. Le pareció muy grande para llamarlo jardín, ironías que la historia ha dejado como legado.

Paseó largo rato en dirección al estanque. Eran sobre las seis y media de la tarde y el sol ya no asomaba pese a tener luz. Era un jueves normal de inicios del mes de noviembre y los árboles que aún lucían frondosos vestían de verde grisáceo, verde oscuro, muchos tonos de marrón y todo tipo de colores entre el rojo Burdeos y el amarillo plumón. Las gramíneas del suelo lucían su verde apagado de siempre.

Al llegar al paseo del embarcadero se asomó a la barandilla, los últimos vestigios de luz reflejaban un cielo anaranjado en el agua. Las farolas del paseo ya estaban encendidas y las escamas de las carpas apenas reflejaban levemente esa luz con sus movimientos.

Pese a quedarse levemente hipnotizado por la gracia de los movimientos de los peces, decidió proseguir su camino. Y en otros quince minutos estaba ante el estanque del Palacio de Cristal.

Decidió sentarse en algún banco y el más cercano al estanque resultó libre. Tomó uno de los libros y lo volvió a ojear, tampoco le venía la inspiración.

Pero esa sensación de alegría y esperanza tan tenue que él ya conocía le volvió a invadir. Unas zapatillas sencillas blancas aparecieron por debajo del libro y supo sin levantar la vista de quién se trataba.

—¡Curiosa lectura, Enric!

Una voz femenina conocida le hizo levantar la vista con una sonrisa en su cara.

—¡Patricia! —Tenía tantas ganas de verla que apenas pudo disimular que aquella misma mañana se acordara de ella.

La chica, ligeramente incorporada hacia delante y con las manos apoyadas en las rodillas, pestañeó con desconcierto. La leve brisa traía algo de frescor y acunaba las ondas de su pelo que pendían reunidas en dos gomas a la altura de la barbilla.

—¿Oh, acaso te he asustado? —la chica se enderezó y metió sus manos en los bolsillos de su falda plegando su holgada camisa de cuadros.

—La verdad es que un poco sí. —Enric le entregó una sonrisa ladeada junto a su sinceridad y Patricia rió.

El cielo cada vez era más oscuro y los árboles apenas dejaban distinguir el color de sus copas.

Ella se ofreció a llevarle alrededor del estanque si a cambio él aceptaba una cita y Enric no dudó en aceptar. Durante el paseo hablaron de todo y de nada, de Madrid y de lo poco que conocía el joven la capital.

—Quiero conocer Madrid —Enric miraba al horizonte cuando lo dijo— nunca he necesitado venir y el turismo nunca me gustó. —Paró su paso y la miró a los ojos— apenas conozco un par de sitios desde que vine. —se sinceró.

—Hay una cosa que quise pedirte el otro día, cuando nos conocimos —Patricia quiso cambiar de tema— pero temo que no sea recíproco. —admitió con un hilo de voz.

Enric se buscó el móvil entre sus bolsillos y buscó la agenda en él, puso el modo de apuntar nuevos contactos y le entregó a ella el aparato:

—Apúntalo. —ordenó con diligencia.

Patricia le sonrió, sus ojos emanaban una luz cálida y acogedora. Tomó el teléfono y apuntó el número. ¿Acaso él le había leído la mente? Ella le devolvió el teléfono:

—Anótame como quieras, elígelo tú.

Él tomó de nuevo su teléfono y rió confidente ladeando ligeramente la cabeza. Ella quiso adivinar qué había escrito y se intentó asomar pero Enric fue más rápido y bloqueó el teléfono.

—Me quedé con las ganas de intercambiar el número contigo, me alegra que me hayas leído el pensamiento.

Entonces se acercó a ella y al oído le susurró:

—Pensábamos lo mismo.

Patricia giró levemente su cara como su cuerpo pedía, sus labios empezaron a abrirse deseando besarle pero se topó con el gesto infantil de satisfacción en la cara de Enric y su sorpresa asomó como una explosión.

—¿Así coqueteas?

Enric se apartó torpemente. ¿Estaba coqueteando con la hermana de Soraya? Se avergonzó de las reacciones que mostraba su cuerpo. Y avanzó un par de pasos separándose de Patricia.




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