Al día siguiente Enric se levantó con una corazonada y puso el móvil en modo silencio. Era viernes y tenía el fin de semana libre así que se imaginó que ella le llamaría para quedar al día siguiente. A la hora de comer ya había recibido varios mensajes instantáneos con los detalles para tener en cuenta para la cita. En esos sistemas siempre había sido tan parco en palabras como en la vida activa y respondió con un OK.
—¿Te sirvió mi consejo? —Rubén se sentó junto a él en la mesa del comedor de la empresa—. Se te ve distinto a como se te veía ayer.
—¿Qué? —Enric se sorprendió—. Supongo que sí, ya veremos qué le parece a Don Aitor las ideas para lo que me encargó la semana pasada.
—¿Fuiste al Parque del Retiro al final?
Enric descendió la mirada hacia su comida y afirmó con la cabeza, sonrió levemente de manera inconsciente y su amigo lo notó.
—¡Uoh! ¿Pasó algo ayer? —Rubén le observó la cara lentamente—. Me alegro que sea algo bueno, ya me lo contarás cuando estés más tranquilo si quieres —miró su almuerzo y volvió la vista a su amigo momentáneamente—. Y espero que sea pronto.
Siguieron cada uno con su vianda y volvieron con el trabajo.
Enric se sentó frente a su ordenador y se puso a escribir. Había regresado a sus hábitos tranquilos y seguros; como si volviera a los encargos anteriores, pero ahora se sentía mucho más valorado. Se acordó de lo que opinaba Soraya al respecto y pensó que al final la chica parecía tener razón.
A la hora de salir, Rubén le ofreció ir a dar una vuelta y Enric denegó la invitación.
Ese sábado se presentó nublado pero no parecía un día triste. Se sentía gozoso al asomarse por la ventana y ver la capota débil pero gris que cubría el cielo. No era por desearle a nadie lluvia mojándoles, sino por cómo se le presentaba el día. Empezó por acercarse a la plaza de Callao y en la tienda de ocio se compró un par de libros de bolsillo y la saga de novelas gráficas con la que estaba trabajando. El diario de Soraya ya no estaría solo.
Cuando regresó a casa, se hizo la comida. Si Rubén supiera lo que iba a hacer después, seguro que le hubiera aconsejado otra comida, pero su amigo disparaba su imaginación demasiado lejos en cuanto a las expectativas hacia Enric.
Antes de salir tuvo la tentación de descolgar el vestido del espejo y regalárselo a Patricia, pero era demasiado pronto, o eso se dijo.
Habían quedado en la Puerta del Sol, concretamente en la fuente central. Enric llegó y se sentó en un hueco que vio, había llegado algo más pronto de lo acordado pero así le dio tiempo a observar alrededor.
Buscó el Kilómetro Cero, no era difícil pues lo tenía enfrente, justo debajo del reloj que da las campanadas de año nuevo. Y viró la vista lentamente hacia la derecha. La calle Correos separaba el edificio del Ayuntamiento del bloque donde se hallaba el local donde desayunaron él y Rubén la otra vez que acudió al lugar. Recordó que en su día le comentó la feria de navidad. Quizás Patricia quisiera ir allí.
Antes de proseguir, Patricia ya se encontraba ante él.
—¡Hola! ¿Hace mucho que esperas?
Él negó con la cabeza y se levantó mostrando en su rostro la sonrisa un poquito más amplia. Se dieron un par de besos y ella le propuso ir a la Plaza Mayor, le habló de las hermosas fachadas pintadas de rojo y esperó a que él prosiguiera con la conversación.
—¿Cuándo ponen los puestos de navidad?
Ella se sorprendió:
—No me acordaba de la fecha en la que estamos —le miró curiosa—. ¿Pero cómo sabes tú eso?
—Un amigo del trabajo me lo dijo —dijo Enric con un poco de indiferencia—. Nada más llegar a Madrid vinimos aquí y me lo comentó.
No tardaron mucho en llegar, pero Enric se sintió defraudado, el mercado navideño aún no estaba allí.
—Es el mes que viene —Patricia se rió—. Mañana hay filatelia y numismática, por si te interesa.
Enric se volvió a acordar de la afición oculta de Soraya y miró a Patricia, ¿qué aficiones tendría? Acabó por indagar con rodeos:
—Sellos y monedas, vaya —Enric alzó las cejas y con curiosidad miró a Patricia.
—¿Oh, te gusta? —ella prefirió ser directa.
—No como afición, quizás como fuente de información para el trabajo. ¿Y a ti?
—No precisamente, pero sí que me gusta leer ¡y lo que sea! —miró a Enric con entusiasmo ligeramente elevado—. Libros, cómics, revistas, folletos...
La carcajada de Enric fue sincera y limpia. La gente de la calle que se cruzaba con ellos se giraron para mirarle. Patricia, con una orgullosa sonrisa, no dijo nada y dejó que el chico se tranquilizara. Y de manera subconsciente él pensó que Soraya le hubiera mandado callar suavemente abrazando su brazo o haciéndole cosquillas en la nuca.
—¡Algo así como una esponja de información! —dijeron los dos al unísono y a continuación Enric volvió a reír. Patricia torció su gesto aunque él sabía que Soraya hubiera cambiado de conversación.
—¿Cómo me lo debería tomar, a bien o a mal? —Patricia puso sus manos en la cintura y le miró con divertida expectación.
—¡Como quieras! —y volvió a reír más atenuado. La sensación que le inundó se parecía a la libertad, no es que se sintiera prisionero cuando estaba con Soraya, pero sentía como si el hecho de haber conocido a Patricia se hubiera reseteado su forma de actuar sin necesidad de perder ningún recuerdo.
Patricia tomó aire y mirándole a los ojos comentó:
—Espero que lo hayas dicho porque hayas pensado en voz alta —resolvió.
Patricia salió corriendo hasta la otra esquina de la plaza. Enric la siguió y llegó ligeramente apresurado.
—¿Te suena Luis Candelas?
—Sí, el bandolero más famoso de Madrid. ¿Otro romántico?
—No, justiciero, como Robin Hood, y no mató a nadie.
Las ideas soñadoras de Patricia no tenían nada que ver con las opiniones de Soraya, siempre comentando algo de los telediarios de la televisión y cosas así. Mientras una era de noticias, la otra era de historia.
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Editado: 26.12.2025