His, her, second chance (español)

Capítulo nueve: Entreteniendo al personal.

Enric se encontraba desanimado. Había vuelto a la rutina que tanto creía añorar, pero llevaba las tres semanas de las fiestas de navidad sin saber de ella y esa circunstancia le ahogaba. No quería nada más que trabajar para olvidar lo demás y así no acordarse de Patricia. Pero tenía tantas ganas de verla como miedo a su rechazo. Sin querer se estaba encariñando de la joven y al no hacer nada al respecto, ella se alejaba de él poco a poco.

Un día, Don Aitor llamó a Enric a su despacho, tanto el joven como su amigo creyeron que era para llamarle la atención pero se equivocaban. Iban a comenzar ya las grabaciones de la película y querían que Enric estuviera presente.

Sin más demora, a la semana siguiente ya estaban los decorados y el croma colocado en los estudios de la empresa que tienen a las afueras de Madrid. Enric pidió poder seguir trabajando en su puesto pues no creía que debía perder el tiempo con aquello si podía hacer más cosas en el otro edificio de la empresa. Le costó mucho convencer a Don Aitor pero al final lo consiguió con la condición de que se pasaría algún día de la semana por allí.

Aquel mismo día escuchó decir al director que el grupo que cantaba la banda sonora no estaba de acuerdo con las condiciones del contrato y se habían negado a cantar. Intentó ignorarlo, pero esa corazonada volvió a avisarle de que podía hacer algo y arreglar dos problemas con un solo movimiento. Tomó una hoja de papel y apuntó el teléfono de Patricia.

—Pregunten a esta chica —Enric les entregó la hoja con el contacto—. Ha cantado en Nueva York y pese a ser española, aquí es desconocida. —Se encogió de hombros con cordialidad fingida—. No pierden nada por escucharla.

Y según se les acercó se fue.

Salió del plató y caminó más de medio kilómetro hasta la parada de metro más cercana en dirección al que sentía su auténtico trabajo, el que realizaba en el edificio de las oficinas y donde hacía lo que mejor sabía: retocar historias.

Ese fin de semana recibió la llamada que tanto esperaba. El nombre que aparecía en el teléfono le iluminó la cara. Nada más descolgar, un "gracias" y un "lo siento" se cruzaron a mitad de camino. Quedaron para verse ese mismo día en el sitio que más conocía él, el Parque del Buen Retiro.

Ella lucía el vestido adornado con unas mallas y una chaqueta de punto, ambas prendas de color champagne. Sus gestos y su cara no parecían indicar que ella acudía con buenas intenciones. Enric pensó en ella como alguien desafiante y no andaba desencaminado.

—Creí que pedías un tiempo, ¿cómo es que ahora apareces de nuevo?

—Pensé que no te volvería a ver, y menos con el vestido de Soraya puesto.

—No me va a aminorar ninguna novia muerta, ¡Por mucho que la quiera el chico que me interesa!

—Me cuesta horrores decirlo —Enric giró la cabeza y la miró de soslayo—, pero me gustaba la Patricia de las otras citas y no la chica rencorosa que tengo frente a mí.

—Soy mucho más complicada que una simple niña grande como todos piensan que soy —Patricia sacó pecho, orgullosa—. Me considero valiente, no rencorosa.

Enric alzó la mirada, no quería discutir de nuevo o perdería la oportunidad de reconciliarse con Patricia.

—No tenías por qué envalentonarte acudiendo hoy con el vestido —Enric intentó escoger las palabras con mucho cuidado—. Te lo he regalado para que lo luzcas porque estás radiante con él —tomó aire—, pero no deberías hablar despectivamente de alguien que ya no está aquí —Enric no quería que Patricia despreciara así a su propia hermana—, porque eso sí que es rencor.

Patricia se mostró perpleja, él había desmontado sus razones para estar enfadada con la chica que no creía conocer.

—Entonces no entiendo que quieras verme si me pediste tiempo y te lo he concedido.

—Pero no de esta manera. Este tiempo he estado intentando escoger las palabras para explicártelo.

—¿Qué me tienes que explicar?

—Siento haberte llamado por su nombre, pero aquella discusión que se estaba formando me recordó demasiado a una de todas las que tuvimos ella y yo.

—¿Discutíais?

—Tan a menudo como cualquier otra pareja, no pienses mal, pero ella era tan cabezota que acabábamos chillando hasta que ambos nos quedábamos sin argumentos y se hacía el silencio.

—Eso me suena —Patricia miró al suelo rememorando alguna discusión con su hermana—, mis hermanas, ambas, también han sido siempre muy tozudas.

—Soraya y yo llevábamos viviendo casi tres años juntos. Discutimos, ella cogió las llaves del coche y se fue, después me llamaron al móvil para que acudiera a verla al hospital.

Patricia, sorprendida, no dudó ni un instante en consolarle:

—¡Lo... lo siento mucho, de veras! —Le abrazó con todas sus fuerzas—. ¡Si llego a saber que era así como se fue no hubiera actuado como lo he hecho!

Enric se sentía compungido, por rememorar todo aquel dolor por alguien que ambos habían perdido aunque él fuera el único que lo supiera; y también aliviado, por poder contárselo a alguien, aunque fuera a Patricia.

—No te preocupes, estoy bien —Enric sonrió con suficiencia.

—¿Pero por qué has tardado tanto en contármelo? —Patricia se separó un poquito para mirarle a la cara.

—Nunca he sido una persona dada a expresar sentimientos complejos —Enric arqueó las cejas en señal de buena voluntad—. Prefiero guardarlos dentro.

Ambos se quedaron callados. Miraban al suelo, abrazados y pensativos.

—Siento haber sido tan brusca con ella sin conocerla —Patricia se mordió levemente el labio inferior y con una tímida sonrisa le volvió a mirar—. Supongo que la querrías profundamente.

—Sí —Enric se sinceró—. ¡Hasta le llegué a decir que no sobreviviría para echarla de menos! —Se apartó de ella sin soltarle las manos—. Y mírame, hasta ahora no he podido decírselo a nadie.

La chica le abrazó de nuevo. Si hasta entonces ella era consciente de que Enric le gustaba, ahora estaba empezando a quererle.




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