His, her, second chance (español)

Capítulo diez: Esa segunda oportunidad.

Durante todo el trayecto estuvieron besándose y solo cesaban para tomar aliento y continuar, incomodando al resto de pasajeros del vagón. Cuando llegaron ante la puerta de casa, le costó abrir la puerta pese a tener la llave correcta en la mano pues sus pensamientos estaban eclipsados por una fuerza mayor que dominaba sus más primitivos instintos.

Desde el principio la pasión se había apoderado de la situación y ya ninguno de los dos regía con claridad. Nada más entrar, se quitaron la ropa de abrigo con fiereza. Patricia se despreció de la goma que le sujetaba el cabello y prosiguió en su afán de satisfacer el deseo que nublaba su juicio.

La pasión que les colmaba no impedía que Enric abrazara suavemente el torso de Patricia o besara lentamente su cuello. Cuando llegaron al lecho, Enric tenía el pecho prácticamente descubierto por completo. Ella consiguió desabrocharle el último botón sin mirar mientras se besaban por enésima vez.

Ambos reían, volvían a besarse y seguían desvistiéndose. La camisa rosa que antes vestía Patricia no cayó al suelo, se reposó en un bulto pero ninguno se percató entonces.

Aquel abrazo parecía no tener descanso, Patricia deslizó sus manos hasta la cintura lentamente y Enric apartó el tirante para deslizar sus besos desde el hombro hacia el escote. Él llegó a tumbarse para que ella le despojara de los pantalones sin contemplaciones y Patricia se apartó divertida amarrada aún por las manos entrelazadas y bajó de la cama de un salto. Se desabrochó los botones del vaquero y con leves brincos la prenda resbaló lentamente por sus muslos hasta llegar a las rodillas y caer del todo con un sencillo toque. Volvió a la cama y ambos reanudaron el afecto mutuo.

El sol ya se había ocultado en el horizonte. La ventana, cerrada, tenía las cortinas a medio correr y dejaba ver el cielo despejado del color azul intenso de media tarde. La brisa que danzaba en la calle traía un par de grados centígrados de frío. En el portal había un par de pre-adolescentes jugando al refugio del aire de la calle. En el rellano del piso se llegaron a oír pasos veloces que empujaron el felpudo contra la puerta.

Ambos cuerpos danzaban bajo las sábanas entremezclando jadeos y débiles gemidos de forma confusa. Cuando el baile descendió el ritmo, Enric abrió los ojos y la miró a la cara. Era tan distinta a lo que él ya conocía...

Patricia se abalanzó sobre él y se posó a su lado.

—No esperaba acabar así el día.

Enric acarició su rostro y tomándola por la barbilla le besó en la punta de la nariz y después en los labios.

—Ni yo —le susurró.

Abrazados durante largo tiempo, ambos dejaron la mente en blanco hasta que el sueño les venció.

Apenas vestían la ropa de cama y el amanecer llegó.

La luz suave del sol les daba en la cara cuando Patricia despertó. La chica se vistió de nuevo su ropa interior y recogió su camisa.

Debajo halló un oso de peluche con un gran lazo de raso de color marfil y un pequeño broche de un dardo enganchado en él. Según se iba abrochando los botones observó el muñeco con detenimiento: de color visón, el enorme lazo en realidad no era tal cosa sino un fular y el pin podía parecer también un cohete. Patricia ignoró la sensación de déjà-vu de aquellos objetos pues cada uno por separado le traían vagos momentos guardados en su memoria que no conseguía aflorar.

Se dirigió a la cocina y miró en la nevera. ¿Qué podía hacer para desayunar? Huevos, leche, harina... un bizcocho tardaría demasiado en hacerse en el horno y se acordó de Nueva York. Haría tortitas americanas.

Según mezclaba los ingredientes en un recipiente que había cogido del escurreplatos se fijó en la ropa esparcida por el suelo y una sonrisa se dibujó en su cara. No podía creer que hubiera pasado lo que ocurrió la tarde anterior. Solo intentó zafar al chico de la víbora de Ana. Evocó la cara de la actriz, que tan segura estaba antes de que ella besara a Enric. Aunque también consideró que había sido una manera muy provechosa de apartar al actor de su lado. Miró de soslayo hacia la puerta de la habitación y comprobó que Enric aún dormitaba como un lindo cachorrito.

Cuando terminó el desayuno, Patricia preparó la mesa y empezó a recoger la ropa del suelo según habían ido dejando el rastro el día anterior. Dejó las prendas en una esquina de la cama y se sentó en un hueco que encontró al borde del colchón.

Contempló a Enric con ternura. No podía creer que aquello hubiera ocurrido. Apenas hacía algo más de un año, ella estaba feliz con su trabajo de cantante de bar cuando el dueño del local se le insinuó y se despidió. Recordó que aquel mismo día al llegar a su apartamento se sorprendió de sus actos y se gustó. Cuando tomó la decisión de volver a España, apenas podía creer que hubiera pasado siete años en Estados Unidos sin haber regresado ni una sola vez para ver a su familia.

Acarició los alborotados cabellos de Enric procurando no despertarle y miró el reloj de la mesilla que apuntaba las siete y cuarto de la mañana. Cuando el dorso de la mano de Patricia acariciaba el rostro de Enric, el chico entreabrió los ojos parpadeando.

—Umm... ¿Qué hora es?

—Las siete... —Patricia agarró el aparato que marcaba la hora y se la mostró a Enric— y cuarto, bueno, casi.

—¡OH, no, la oficina! —se incorporó velozmente— ¡Debo de estar allí a las ocho!

Ambos se vieron apabullados por las prisas. Patricia no tuvo más remedio que terminarse de vestir con la ropa del día anterior pero Enric buscó entre lo poco que tenía la muda.

—¡No me he hecho la comida!

—Llévate lo que he hecho para desayunar... ¿no?

Enric se sorprendió. Miró hacia la mesa y contempló lo bien que estaba. Con todo lo que se podía esperar de un piso pequeño de soltero, pero aún así le pareció perfecto.

Según se acababan de vestir y Patricia iba al baño a peinarse la cola de caballo, Enric metió el desayuno de cada uno en un recipiente.




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