Habían pasado casi dos meses y la canción de Patricia empezaba a sonar con fuerza en las emisoras de radio nacionales. La publicidad que eso conllevaba implicaba estar lejos de Enric. Se había paseado por todas las televisiones autonómicas, desde Madrid había ido a Galicia, Andalucía y Euskadi entre otras, y ya solo le faltaba ir a Cataluña para completar el viaje.
Enric había conseguido que aplazaran esa provincia hasta el final para ganar tiempo, moviendo hilos y pidiendo favores.
Mientras su querida Patricia viajaba de una punta a otra del país, él la echaba cada vez más de menos. Si ella estaba ausente, quizás releía alguna página del diminuto diario. Ya no sentía desazón al leer aquellas líneas, ya no trataba de entender a Soraya, ahora simplemente le tenía cariño, un afecto tan tenue y liviano como dulce y compasivo.
La película marchaba bien aunque no tan deprisa como habían previsto en la directiva. Eso a Enric le daba igual, solamente acudía una vez por semana o como mucho dos, para hacer acto de presencia. Un par de veces invitó a Ginny y Belén para que acudieran al rodaje, pues al fin y al cabo esa historia era suya, pero ambas mujeres estaban siempre ocupadas.
Antes de retomar la gira de presentación, Patricia regresó a Madrid y se tomó una pausa de una semana a fin de descansar. Le llevó unos regalos a sus padres de las ciudades por donde había estado pero apenas pasó tiempo con ellos. Prácticamente estuvo todo el tiempo con Enric cuando éste no estaba trabajando.
Ese jueves de mayo Enric recibió una llamada desde Barcelona de su antiguo casero. Cuando la cogió no se esperaba lo que el hombre, al otro lado del teléfono, le decía, y a cierta altura de la conversación, el chico se levantó apresurado de la cama y se fue a la sala cerrando la puerta para que Patricia no lo oyera. Ella al principio no le dio importancia pero el tardaba tanto en regresar que temió que fuera algo grave.
—¿Qué quería? —preguntó sin querer darle importancia a la respuesta.
—Dice que he recibido una carta en mi antigua casa que tengo que ir a recoger.
—¡OH, genial! —a la chica se le iluminó la cara— así te puedes venir a Barcelona conmigo, tú recoges la carta y yo hago turismo... ¿te parece buena idea?
—¡Tarde! —se acercó a ella y la besó— Le he dado esta dirección y me lo reenviará. Llegará el lunes o el martes seguramente.
—¿Te ha dicho si era urgente?
—No debe de serlo, es de hace más de un año. —Enric empezó a ponerse algo nervioso— ¿Y si damos una vuelta por Madrid?
La chica aceptó entusiasmada, le apetecía hacer turismo y no escogió otro lugar que la Gran Vía. Aquella vez que Enric fue con Rubén quedó desencantado con la avenida pero quería escuchar las anécdotas de Patricia para así mirar con otros ojos la famosa calle de Madrid.
—El amigo de una amiga de esa amiga mía que conoces estuvo trabajando aquí. —Patricia señaló un edificio a la izquierda.
Enric rio.
—¡Mira, un monólogo esta noche! —Parecía como si nunca hubiera paseado por la famosa avenida y le interesara todo— ¡Ahí está esa gran firma!
—¿Has venido antes alguna vez?
—Yendo en autobús un millar de veces, obvio, caminando como ahora solo un par de veces y cuando era pequeña. Tanto que ni lo recuerdo.
—¿Y no has vuelto?
—Mi hermana Eva tenía seis años, Soraya y yo apenas acabábamos de cumplir nuestro primer año de vida cuando un atracador le puso a Eva una navaja en el cuello. Exigía a mi madre el dinero del monedero y a mi padre el de la cartera. Había muy poca gente paseando a esas horas y una pareja de policías al otro lado de la calle hacían su rutina. Mis padres dicen que las bebés estábamos discutiendo pero que al ver al atracador empezamos a llorar y berrear tan alto que los policías llegaron y consiguieron retenerle. Mi hermana Eva recibió una herida en el hombro porque consiguió morderle en la mano antes de que llegaran a nosotros la pareja uniformada.
—¡Pero si erais bebés!
—Puede, pero mis padres no quisieron arriesgarse a que pasara lo mismo otra vez y no volvimos allí. El tema es que hasta que no empezamos a salir con amigas no pudimos pasear por la Gran Vía. Eva venía a menudo, Soraya iba y venía algunas veces y yo como tenía mis amigas en el barrio de Carabanchel pues tampoco es que me moviera muy cerca de aquí.
El chico gustaba de mirarla constantemente, aunque en un sencillo parpadeó se dio cuenta de la pequeña tienda al otro de la calle.
—Te invito. —Enric había vislumbrado una heladería a doscientos metros.
En la heladería hablaron de la película. Iban a estrenarla la primera semana de junio y a mediados de mayo aún no había promocionado la canción en todas la televisiones del país. Patricia se sentía contrariada, quería irse para finalizar su labor y quería quedarse para estar junto a él.
—Pues ya que voy, haré turismo por la mañana, un poquito nada más. Que son seis platós los que me quedan por visitar todavía y en tan solo tres días en plan sesión maratoniano. Menos mal que serán grabadas y solo una de ellas será en directo.
Enric volvió a reír.
—¡Pues vete mañana! —Le pasó el brazo por los hombros, aún se sorprendía de su reciente espontaneidad, y la atrajo hacia él— Pero esta noche quédate conmigo. —pidió.
Salieron de la heladería y pasaron por delante de una tienda de ropa. En el escaparate había dos maniquíes de varón y acompañaban a otros dos de mujer. Cada pareja de hombre y mujer vestían de manera distinta. Y parecían mostrar las dos vidas de Enric, la de Barcelona con sobriedad, elegancia y aburrida monotonía y la de Madrid con sencillez, humanismo, empatía e infantil inocencia.
—¡Cómprate algo, date un capricho! —sugirió Patricia.
Enric se encogió de hombros y entró. Patricia fue tras él. Salieron una hora más tarde con varias bolsas cada uno. Él cogió una cosa de una de las bolsas y se la dio a ella.
—¿Una diadema, para qué la has comprado?
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Editado: 31.01.2026