Todo parecía ir muy deprisa. Mientras Enric se obligaba a sí mismo a ir a trabajar y actuar con normalidad, Patricia se quedó una semana en Barcelona en vez de tres días como tenía previsto días antes de dirigirse a la ciudad catalana.
Con el trabajo ya hecho, la chica se dispuso a conocer la ciudad cosmopolita. La gran Diagonal estaba llena de tiendas y locales pero no era tan comercial como la Gran Vía de Madrid como le comentó de pasada Enric una vez. Se prometió que no le recordaría y se estaba desobedeciendo a sí misma.
Creyó erróneamente que todos sus pensamientos podrían aislarse si intentaba simplemente pasear pero parece ser que improvisar en ciudad ajena no se le da bien. Era el segundo día de vacaciones y el quinto que llevaba en la Ciudad Condal y se pasó prácticamente todo el día a pie por la Rambla, desde el puerto hasta el centro, caminando cuesta arriba. Curioseó un poco y descubrió calles y pasillos que no distanciaban mucho del estilo de las que hay en Madrid.
Después de llegar al puerto regresó al hotel donde se hospedaba y al día siguiente callejeó durante toda la mañana en dirección al norte hasta que llegó a una dirección que le resultó familiar: la calle y el número que escribió una vez en una postal hacía ya más de dos años.
Buscó en los nombres del portero automático algo que le indicara si lo que había dicho Enric era algo más que un punto de vista pero aparte de un letrero sin nombre en el piso y letra que en su día escribió, no había nada más. Algo le impedía irse de aquella zona y no tardó mucho en hallar respuesta, puesto que una mujer mayor salió del portal y reparó en ella:
—¡Soraya, muchacha! ¿Qué es de tu vida? —La señora le acarició el hombro.
—¿Disculpe? —Patricia se sorprendió.
—Huy, hija, perdona —la señora intuyó la verdad por su reacción— ¿no eres Soraya?
—Pues no, lo siento. —sonrió por compromiso.
—Es que te pareces tanto a ella —la mujer se rascó la barbilla— que te he confundido, perdona, joven.
—OH, no se preocupe, es que Soraya y yo somos gemelas. —Patricia desvió la mirada.
—¡Caray, pues se lo tiene bien calladito!
—Ya veo, ya. —la joven, con su gesto de circunstancia se decidió por darle a la señora la mala noticia— Pero Soraya falleció hace más de un año, señora.
—¡Con razón a Enric hacía tanto que no le veía, pobrecito, con lo que se amaban! —La mujer se tapó la boca.
—¿Espere, Enric vivía aquí?
—¡Claro, Soraya y Enric vivían juntos ya y todo! —la señora se preocupó— ¿Le ha pasado algo malo? —se acercó a Patricia un poco— ¿no se habrá querido hacer daño, verdad?
—Ahora vive en Madrid. —Patricia se extrañó de la pregunta y no la respondió correctamente.
—¿Pero está bien? —la mujer intentó tomarle las manos.
—Sí, claro. ¿Por qué iba a estar mal? —Patricia sintió una sensación de desasosiego muy desagradable.
—Enric es un chico introvertido que amaba a Soraya de forma tan romántica... —la mujer negaba con la cabeza— un chico joven como él parecía de dos siglos antes.
—No la entiendo, señora. —a Patricia se le empezó a hacer un nudo en la garganta— Como no se explique usted... —ella no quería ningún mal para Enric.
—Pues se diría que la quería con toda el alma. Enric era romántico como si hubiese nacido cerca del 1800; aunque era de gestos y actuaciones más que de palabras. ¡No le dijo a tu hermana que la amaba por miedo a que le rechazara! —se echó una mano a la cabeza— ¡ya viviendo juntos y todo!
La desazón la estaba ahogando, pero aquella vecina no debería preocuparse por ella como en su día hizo con Enric y su hermana. Y algo ajeno a esa sensación le otorgó un rayo de luz:
—¿Y Soraya? —preguntó.
—Huy, tú hermana era tozuda como ella sola. —se encogió de hombros— aunque eso tú ya lo sabrás, y sé que Enric era el único que hacía que entrara en razón gran parte de las veces. Ella también le quería mucho pero lo demostraba con cosas distintas, y sobre todo, se preocupaban mucho el uno del otro.
—¿Y usted como es que sabe tanto, los conocía mucho?
—Mis hijos viven en Australia y nos habíamos hecho una pequeña familia porque vivíamos enfrente. —la mujer señaló una terraza del edificio.
—¿Y Soraya no les habló de la familia que ya tenía en Madrid? —parecía levemente enfadada con su hermana.
—¡Que va! —La señora hizo un ademán de exagerado pasotismo— Enric sí que se quedó sin padres cuando casi acababan de llegar al piso y de eso sí que nos enteramos, y por boca de ella, que conste. —la mujer entrecerró los ojos alzando las cejas.
Patricia se encontraba extrañada ante las revelaciones de la antigua vecina. Soraya había mantenido a su familia en secreto como si fuera algo que debiera ocultarse. ¿Y Enric? Había infravalorado sus sentimientos hasta el punto de ignorarlos. Después de lo que había comentado la señora, temió haberle hecho daño a Enric en alguna cosa dicha el último día que le vio. Entonces se dio cuenta que le quería tanto como él había conseguido admitir.
Le dio las gracias e intentó saber más de su hermana. Sabía por sus padres cuál era la empresa para la que trabajaba y miró en la guía la dirección actual para acudir allí. Fueron realmente formales cuando aceptaron la visita de Patricia sin cita previa. Habló con el jefe del departamento al que pertenecía Soraya y éste le entregó una carpeta de arquitecto de gran tamaño con trabajos hechos por la fallecida. Como a ella le pareció extraño que mantuvieran los originales lo preguntó y el jefe de Soraya le alegó que el mismo Enric se lo pidió como favor personal.
Ahora ya no veía a Soraya como alguien con aires de esquirol, cada una se había encerrado en sí misma a su manera tras el fallecimiento de la hermana mayor e irónicamente Enric le había ayudado a comprenderlo. Lo que ella no sabía es que le había causado el mismo efecto a él sin pretenderlo al contarle tantas anécdotas compartidas entre las tres hermanas.
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Editado: 31.01.2026