Era un feliz día de primeros de junio, el sol entraba sutilmente por la ventana a las ocho de la mañana de aquel sábado. Los tenues y dispersos haces de luz acariciaban las curvas de Patricia sin llegar a despertarla. Enric contempló la estampa desde la puerta de la pequeña habitación, se consideraba un hombre tan feliz que desoyó la cafetera silbando en el fuego de la cocina. El olor a café inundó todo el salón y entró rápidamente a la habitación, que le hizo darse cuenta de que debía apartar la pequeña cafetera del foco donde estaba.
Un tazón vacío, una jarrita con leche, otra con el café caliente, los cubiertos, unas galletas, una manzana y como colofón una margarita naranja, todo ello en una bandeja delicadamente colocado.
Enric caminó lentamente hasta la habitación para no despertarla, pero el fuerte olor ya lo había hecho por él. Patricia se incorporó al verle entrar. Sonrió. Se frotó brevemente los ojos y descubrió la bandeja con el desayuno delante.
-¡No esperarás que todo esto sea para mí!
-Todo esto y más.
-¿Hay más?
Enric rio. Se excusó en ir al baño y salió de la habitación. Patricia se preparó el desayuno mientras mordisqueaba un par de galletas. Cuando el chico llegó, Patricia estaba sorbiendo su café con leche directamente del tazón. La chica había tenido una idea y quería sorprender al chico aquel día, aunque no sabía cómo iba a atraer a Enric para visitar a sus padres.
Ahora que se habían reconciliado, y que ella sabía que Soraya había fallecido, le pareció lógico presentarles. Si había algún problema, ella saldría en defensa de Enric. Sabía que si no habían tenido noticias de su hermana había sido por voluntad propia de la fallecida.
-Te he enseñado Madrid, pero aún no conoces donde vivo. ¿Quieres que te lo enseñe?
-Me parece bien.
Terminaron de desayunar, esta vez en el salón. Se cambiaron de ropa y recogieron un poco antes de salir de casa. Enric, cuando iba a cerrar, notó una sensación en el cuerpo muy parecida a la que sintió meses atrás previamente a encontrarse con Patricia. Miró hacia la estantería, con los libros, los cómics y el archivador. Su vista se paró en el hueco que dejaba el libro más grande, haciendo escuadra para no caerse, y que guardaba, con recelo, el diario de Soraya.
-¡Enric, vamos! -gritó Patricia desde el descansillo de la escalera.
El chico se aproximó a la estantería y lo cogió. Quizás lo hizo por inercia, pero sabía que aquello no debía tenerlo en su poder. Por mucho que Soraya decidiera dejar su vida pasada atrás, aquel objeto siempre se interpondría entre él y Patricia. Cuando llegó al umbral de la puerta ya llevaba el librito en el bolsillo trasero del pantalón y al llegar y salir del portal su mente había despistado el hecho de que llevara aquel objeto.
Lo práctico que les resultaba el transporte público se veía empañado por tener que realizar varios transbordos hasta llegar a la localidad donde vivía ella. Cuando al fin llegaron y salieron del autobús, se toparon con una tienda de alimentación y compraron algo para picar mientras ella le enseñaba donde se habían criado Soraya y ella.
-En este parque veníamos a jugar cuando éramos pequeñas, nos vigilaba un vecino por el que Eva perdía los papeles.
Paseaban por un pequeño, resguardado y familiar parque. Patricia se flexionó al comentarlo como si estuviera buscando alguna cara conocida entre un grupo de gente sentada y alrededor de un banco.
Tras el parque se encontraron con una iglesia bien cuidada, con unas verjas forjadas que le daban un extraño toque lujoso a modo de porche cerrado.
-Aquí se casaron mis padres.
Dijo mientras daba lentas vueltas al caminar por el asfalto justo a los pies del sagrado edificio.
Un jardín daba la bienvenida a quienes adoraban a Jesucristo en aquella iglesia, entre altos árboles que daban sombra. Un sendero construido con láminas de pizarra les invitaba a bajar entre las dos partes en las que estaba dividido el jardín. Bajaron el camino hasta llegar el aparcamiento y allí se podía distinguir otro camino realizado igual que el de la iglesia, pero completamente recto al que daban las puertas de varias casas.
-Por allí está el cementerio y detrás el instituto. Pero no muestres interés, porque he estudiado en Madrid, en la capital.
Enric declinó su momentánea disposición ante aquel camino y prosiguieron su paseo dejando atrás la iglesia. El asfalto ya llevaba largo rato recibiendo el calor del sol. Según caminaban por la calle, otra más erosionada por el uso se cruzaba ante ellos, era la vía principal.
-En aquella dirección, a unos ciento cincuenta metros, está la plaza del ayuntamiento.
Señaló a su derecha, hacia el extremo oeste de la calle.
-Y toda esta urbanización
Patricia abrió los brazos mirando hacia la acera contraria.
-, era un terreno vallado con un torreón que era un palomar abandonado. Eva venía a jugar cuando era pequeña y ni Soraya ni yo quisimos venir. Construyeron todo el complejo el año anterior a la muerte de Eva.
-Lo siento.
Intentó consolarla Enric.
-Mira, es por aquí.
Dijo señalando hacia el este y prosiguieron su camino.
-No te preocupes. Lo de Eva lo superé, gracias a la música, pero lo hice de la misma manera que Soraya se escudó en el dibujo. Pero no me siento sola, como si Soraya siguiera viva, no sé explicarme mejor.
-¿Cómo dices?
-Sí, ese vínculo especial que une a los gemelos, no lo siento roto. Quizás por eso me haya sentido atraída por ti desde un principio. ¿No?
-Suena misteriosamente inverosímil.
Enric se mostró reacio.
-Tú ríete todo lo que quieras, pero está demostrado. Me extraña que alguien tan romántico como tú no crea en estas cosas.
-Estaba delante y te puedo asegurar que ya no vivía.
Aún se le retorcía el corazón a Enric al recordar la amarga escena.
Llegaron a la puerta de una casa pequeña, con un porche pequeño en el que había geranios de todos los colores posibles. Una cortina de nudos de rafia muy original que dejaba entrever una puerta de doble hoja de color roble. Patricia llamó al timbre pese a tener las llaves de su casa en la mano.
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Editado: 31.01.2026