Repasó mentalmente lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Enric no podía creer que aquel minusculo libro le hubiera alborotado la vida volviéndola del revés. Una cadena de acontecimientos a lo largo de la vida le habían llevado hasta Patricia y el mismo objeto que le mostró su existencia, ahora la quitaba de su lado. Descubrió a base de dolor que era una persona sentimentalmente débil.
El domingo no quiso salir de la cama, se encontraba sin fuerzas para encararse a un nuevo día y los sollozos que habían empapado su almohada no se aplacaban al verse invadidos por nuevas lágrimas.
—Si al menos me hubiera dejado explicarme —se decía para sí Enric. Pero todas las vueltas que le daba eran en vano porque siempre volvía al mismo punto de partida. Patricia se había enfadado al ver que Soraya había escrito un diario. Enric no entendía por qué se había molestado más que cuando leyó el parte de defunción de Soraya.
Llegó el lunes y se suponía que todo volvía a la normalidad, la monotonía tan amiga suya en aquellos momentos en los que parecía un robot automatizado. Solo que el amigo que se sentaba en el escritorio de al lado, ahora era uno de sus jefes inmediatos.
Don Aitor le dejó un nuevo portafolio con más trabajos. Enric lo miró y lo abrió. Ojeó las páginas, una a una. Las oteó en busca de alguna inspiración, pero las ideas se habían agotado. Cerró la carpeta y se dejó vencer por la gravedad, no consiguió vencer esta vez.
Rubén se decidió a visitar a sus antiguos compañeros, principalmente a encargarle un par de cosas a Nieves, pero al mirar de refilón hacia su antigua mesa, reparó en su amigo y se acercó.
—El viernes, en la presentación de la película le vimos feliz con la chica que canta en el largometraje —dijo Rebeca mientras pasaba por allí con un gran montón de hojas entre los brazos.
—¿Puedes cuidarle un momento hasta que regrese? —Rubén conocía aquella situación.
—Espera, ¿cuidar? —Rebeca aflojó un poco sus brazos cuando Rubén la miró con severidad.
Ella asintió y Rubén se dirigió con urgencia al ascensor para hablar con Don Aitor sobre la situación de Enric.
—Perdona que te moleste, Aitor, pero Enric no está bien —intentó resumir.
—¿Que no está bien? ¿A qué te refieres?
—Conozco esta situación y Enric no va a rendir nada a partir de hoy —Rubén se preocupaba por su amigo—. Le conozco desde hace más de doce años y sé que ahora mismo es cuando ha de desconectar —sabía que era lo único que no habían hecho la vez anterior—. Le tienes que dar vacaciones o algo que le permita irse y volver.
—Entiendo que te preocupes por él, Rubén. Pero la empresa cierra todo el mes de agosto por eso mismo que pides. Enric no puede ser una excepción.
—Te estoy pidiendo que lo hagas porque corre peligro su salud, porque hace año y medio le pasó lo mismo en su anterior empresa y acabaron despidiéndole —Rubén se irritó al ver la cara de Don Aitor—. ¡Te digo que lo hagas!
—No dramatices, por favor. Ni que le costara la vida —Don Aitor negó levemente con la cabeza—. Exagerado.
Rubén chasqueó la lengua:
—Llama a su antigua empresa y me darás la razón.
Aitor resopló de mala gana. Rubén miraba a su compañero con severidad y seriedad. No bromeaba, estaba seguro de hacer lo que debía. Cuando se acabó la llamada, Aitor miraba preocupado a Rubén, se levantó y se fueron juntos a la gran oficina donde trabajaban todos sus subordinados. Rubén le hizo una señal a Rebeca para que siguiera con su trabajo y Don Aitor se acercó a Enric.
—¿Enric, duermes?
—¡No, no! —intentó enderezarse inútilmente—. Es solo un mero bloqueo, ¡mañana estaré de nuevo al pie del cañón!
—Vas a hacer algo mejor —Don Aitor cruzó la vista con Rubén en complicidad—. Llévate un cuaderno a la calle, quiero que intentes sacar ideas del comportamiento de la gente de la calle. Observa, apunta y escribe. Haz trabajo de campo. Intenta no inmiscuirte a no ser que sea estrictamente necesario. ¿Podrás?
Enric afirmó. No se esperaba aquella sugerencia, pero la aceptó de buen grado. Preguntó por el tiempo del que disponía, pero Don Aitor le dio plena libertad para que el chico obrara, por lo que recogió y se fue.
—¡Eso es lo que se les manda hacer a los becarios! —acusó Nieves a Don Aitor.
—Y Enric ahora mismo se encuentra anímicamente como un becario. Así que no hay que juzgar a nadie, ¿entendido? —Don Aitor zanjó el asunto.
Nieves creyó injusto que Enric, con lo bueno que era en su trabajo, fuera degradado a callejear para copiar situaciones mundanas. Hasta que Rubén la llamó a su despacho y con una simple frase tranquilizó a su subordinada:
—La chica con la que le visteis el viernes ha cortado con él y, como él es así, intentará rendir aquí como el que más hasta agotarse. Le conozco de antes y sé que si pone su mente en observar, no se preocupará por lo demás.
Enric sabía quién había intercedido para que Don Aitor le ordenara aquello y en cuanto llegó a su casa le mandó un mensaje de agradecimiento a su amigo.
Era demasiado temprano para quedarse en casa y salió a pasear con la intención de buscar los mejores lugares para su nuevo puesto de trabajo. En un principio pensó que debía rechazar la idea de visitar aquellos lugares que guardaran algún recuerdo de Patricia, pero le sería prácticamente imposible porque fue ella quien le había enseñado la ciudad; o más bien, su ciudad.
Algo dentro de él le animó a proceder de manera totalmente distinta. No podía permitir que un simple objeto le derribara y se dispuso a utilizar ese permiso laboral para buscarla y empezaría por el lugar donde la vio la primera vez, el aeropuerto.
No podía acceder a la zona de recogida de maletas y entonces se acordó que era él quien le había visto a ella y no al revés, por lo que no serviría. Miró el reloj y se preguntó a sí mismo si le daría tiempo a llegar al local de la inmobiliaria donde se conocieron de verdad. Esa misma tarde le dio tiempo a acudir, pero ella no estaba allí. Se había hecho tarde, regresó a casa sin detalles de Patricia y sin haber realizado nada de trabajo aquel día.
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Editado: 31.01.2026