Ya eran prácticamente las dos del mediodía, y con el calor de finales de julio Enric supuso que Patricia no debía estar muy cómoda. Se detuvo a comprar un par de bocadillos al salir de la parada del metro y se adentró en el parque.
No tardó mucho en llegar a su destino y su intuición no le falló; estaba sentada al pie de los andamios que rodeaban la estatua de Alfonso XII. A esas horas era extraño ver a gente bajo el sol de Madrid en plena explanada, y por eso mismo Patricia también lo vio acercarse.
—¿Qué haces tú aquí? —le chilló al chico.
—¡Vengo a hablar contigo! —Enric alzó las manos de las que colgaban bolsas de la bocatería—. ¡Y traigo comida!
—¡Me da igual, déjame sola! —Le miró enfurecida cómo se acercaba a ella—. ¡Para ya, detente!
—Escúchame, te lo ruego.
—Que pares... —La chica mostraba los ojos prácticamente desorbitados de la impotencia ante la desobediencia de Enric—. ¡Que pares o me subo!
El chico la miraba lastimoso mientras se acercaba hasta ella. Despistó la vista para dejar las bolsas en el suelo y Patricia aprovechó para iniciar la locura que había anunciado.
—¡Joder, no te subas, que están de obras!
—¿Que crees, que no soy capaz? —Acabó por abrir la chapa que protegía el andamio—. ¡Mírame!
—¿Y qué más da? ¡Solo quiero que me escuches!
—¡Lárgate por donde has venido, no quiero oírte!
—Patricia, no te pongas cabezona, que eso no es lo tuyo.
—¿No lo es? —gritaba desde detrás de la chapa, mientras se la oía cada vez más alta—. Ah, es verdad, es cosa de Soraya, ¿verdad? Si tanto la quieres vete con ella.
—No piensas lo que dices, Patricia, por favor, sal de ahí.
La gente, que parecía surgir de debajo de las piedras, se estaba amontonando alrededor de Enric, como si fuera un espectáculo digno de ver. Alguna adolescente miraba a Patricia y a Enric emocionada al imaginarse que aquello formaba parte de alguna tragedia griega.
—¡No me da la gana! —Ya subida en la estatua, Patricia le acusaba con la mirada—. ¿Qué más me ocultas?
—¡Nada, por favor, baja! —Enric estaba desesperado. Sabía que si hacía cualquier movimiento en falso, la chica caería desde los cinco metros de la estatua. La posición le haría darse la vuelta y su nuca se golpearía con cualquier saliente de los andamios, la chapa o cualquier otra cosa. Y esta vez sí sabía que no podría perderla.
—¡No te creo!
—¡Patricia, por tu familia, baja de ahí igual que te has subido! ¿Qué les diré a tus padres si tú también te vas?
—No digas tonterías, si no fuera buena escalando no me hubiera atrevido, no soy tan estúpida. ¡Solo quiero que te largues! ¡Vete!
Enric tuvo una idea: si intentaba subir igual que ella, Patricia bajaría. Pero tendría que darse prisa; los guardias del parque no tardarían en llegar.
—¡Nunca creí llevar a cabo literalmente un refrán, pero allá voy!
—¿De qué hablas? —Patricia se volvió hacia donde veía que él iba subiendo—. ¿Qué haces dando vueltas alrededor mío?
—¡Ya sabes lo que se dice, si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma!
—¿Cómo dices, que te vas a subir? —Patricia se agachó hacia él—. ¡No sabes escalar andamios!
—Pienso hablar contigo, estés donde estés. Y me vas a escuchar, quieras o no.
—Te vas a partir el cráneo como des un paso en falso.
—No importa, a mí ya nadie me espera. —Enric ya se había aferrado a una plataforma y tenía los pies en el zócalo para impulsarse hacia donde vio el siguiente asidero.
—¡No sabes, desiste! —gritó Patricia.
—La única persona que me importa es aún más inconsciente que yo y ya ha subido.
Patricia entrecerró los ojos; no sabía si creerle o no. Había leído el diario y la conclusión a la que había llegado era la de que estaba con ella por sustitución de su fallecida novia. No había tenido conocimiento de su existencia y al leer el libro ya tendría la solución. Pero por otra parte, algo en su interior le decía que si fuera por esa razón no hubiera entregado el diario a sus padres y se lo hubiera quedado como recuerdo, pero por el contrario había entregado todo lo que pertenecía a Soraya.
—Estás haciendo el ridículo, lo sabes, ¿verdad?
—¿Desde cuándo te ha importado eso, “doña coplas”?
Patricia fingió sentirse ofendida ante aquella acusación.
—¿A que la canto otra vez para que llueva? —bromeó.
—Cántame todo lo que quieras, pero luego tienes que oír mi parte de la historia.
La magia que se había creado desapareció. Patricia volvió a colocarse dando la espalda a Enric.
—¡Ah, pues muy bien! —Enric estaba decidido—. ¡Pues sigo subiendo!
—¡Idiota! —Le gritó alguien desde el gentío acumulado—. ¿No te das cuenta de que, teniéndola a cinco metros no te hace falta subir para que te escuche?
—¡Gracias! —gritaron los dos al unísono.
Enric miró a Patricia extrañado por su contrariedad y agradecido por mostrar que aún se preocupaba por él. Ella, sin embargo, se sorprendió mucho de haber soltado algo que no pretendía y se le colorearon las mejillas de un rubor bastante llamativo.
—Oye, lo siento de veras si te sientes dolida por haberte ocultado el maldito diario, pero es porque no le di importancia.
—¡Pues entonces deberías haberlo tirado a la basura! —le contestó, arrepintiéndose inmediatamente de ello.
—Tiré sus carteles, doné sus libros, desguacé lo poco que quedó de su coche. Solo dejé lo que yo sabía que era de su pasado en Madrid y lo que ya jamás sería suyo.
—¿Solo tenía el oso y el diario?
—Pues sí. Aparte de su ropa y calzado, trajo el oso, un jarrón y su coche.
—¡Mientes! —le acusó.
—Patricia, ¿no dices que has leído el dichoso librito? Pues por él sabrás que Soraya quiso rehacer su vida desde cero en Barcelona.
La gente, cansada de estar de pie se fue disipando y gracias al sol se iban alejando hasta colocarse detrás de las columnas del anfiteatro que rodeaba al monumento ultrajado por Patricia. Sin esperárselo, se oyó un rugidito procedente de la parte alta y ella instintivamente se echó la mano al vientre. Enric retrocedió hasta el exterior del andamio y agarró las bolsas para subírselas a Patricia.
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Editado: 31.01.2026