His, her, second chance (español)

Epílogo: Deshojar la luna.

Ella se sentía cómoda, quizás demasiado en su posición, pero merecía la pena verles felices. Le había costado mucho no intervenir de manera más directa, pero siempre quiso sentirse segura de que ellos mismos sabían lo que hacían, aunque fuera incitado por ella.

Aún consideraba que la casa era pequeña y estaba poco habitada. Le faltaba algún objeto de Enric que no fuera unos libros prácticamente nuevos o un estrechísimo armario compartido entre los dos. Aunque quizás lo que faltaba era algún objeto más personal de Patricia. ¡Los amaba tanto!

Los acompañó a un lugar que recordaba con añoranza, un chalecito acogedor donde pasó su infancia. Iban con ellos un par de amigos de Enric, de los cuales alguno sí que conocía.

Llevaba largo tiempo esperando sentirse tan realizada. Ellos se merecían esa segunda oportunidad y ella intervino sutilmente para que la vivieran juntos. Se preguntó a sí misma cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que intercedió.

Miró al sol; brillaba demasiado entre las nubes para que las hojas de los árboles que había en la calle fueran cobrizas. Observó a sus protegidos; estaban junto a gente que recordaba y alguna persona que solo vio un par de veces antes. Todos sonreían.

Patricia entró en la casa. Enric la siguió hasta el umbral porque ella se lo pidió y cuando salió al porche trasero donde estaban los demás llevaba una guitarra entre las manos. Se sentó a la sombra de la casa y se preparó. Patricia empezó a mover los dedos para afinar la guitarra y entonces punteó un par de acordes para interpretar la melodía.

Por mucho que quisiera, no podía oír nada de lo que Patricia tocaba, pues fallecer casi dos años atrás no deja mucho vínculo del que tensar. Su hermana rasgaba las cuerdas haciéndolas vibrar. La mano izquierda montaba los acordes en los que basaba el punteo, pero no conseguía escuchar nada.

Recordó viajar lejos en un instante y ocurrirle lo mismo, querer escuchar la dulce voz de Patricia y no poder. La vez anterior poseyó a una desconocida y acabó tan agotada que decidió no volver a hacerlo. Intentó tocar la guitarra para notar las cuerdas, vibrar, pero le resultó inútil.

Una idea apareció en su mente y voló escaleras arriba en dirección a la habitación de su hermana. Allí buscó algo que le sirviera, pero no encontró nada. Se dirigió entonces hacia la que fue en su día su habitación y encima de la cama halló un oso de peluche, polvoriento y andrajoso que creyó dejar olvidado en algún lugar perdido.

El muñeco aún llevaba el pañuelo que Patricia le entregó atado al cuello. Con mucha fuerza de voluntad consiguió agarrar la lazada superior del débil nudo que lo sujetaba y lo desató. Consiguió llevar el pañuelo hasta las escaleras y se rindió.

Miró hacia la ventana y se asomó a través de las persianas. Todos estaban bajo el tejado del porche. No quería perderse el final de la canción, aunque no pudiera escucharla, y por eso mismo bajó hasta llegar donde estaban los demás.

Una cosa le sorprendió: Enric, tan apático como le conocía, estaba emocionado con las mejillas ruborizadas. El chico juntó las manos y se las llevó a la boca mientras no cesaba de hablar. Empezó a dudar mientras miraba de soslayo a cada uno de los presentes. Entonces Enric se arrodilló ante Patricia, que aún seguía sentada con gesto expectante. Levantó una rodilla y apoyó el pie. Él se llevó una mano al bolsillo y sacó una caja minúscula. Todos los que contemplaban estaban tan emocionados como Patricia sorprendida y Enric abrió la cajita.

Un anillo blanco inmaculado brillaba en su interior. No le hizo falta decir ni preguntar nada. Patricia dejó con cuidado la guitarra en el suelo y se aproximó a él. Le tomó la cara entre sus manos y le besó. Se apartó de Enric llorando y agitó verticalmente la cabeza con tanta energía que temió caerse.

Pese al emotivo momento, el sol brilló tanto que quemó su visión y al fin oyó una voz conocida. No era ninguno de los que allí se encontraban, pero la recordaba perfectamente.

—Soraya, coge mi mano.

—¿Eva?

—Apriétamela fuerte, no la sueltes y sígueme.

—Pero...

—Podemos echar un último vistazo, pero debemos desaparecer.

—¿A dónde iremos?

—No lo sé, sin embargo ya hemos cumplido con lo que nos ataba a ellos.

—¿Y qué pasará con Patricia y con Enric?

—Has obrado bien, ya no les pasará nada malo que esté en tu mano impedir. Mírales.

Ambas hermanas contemplaron a la madre entrar en casa con los demás detrás. Uno a uno iban pasando, palmeando a uno o a otro de la recién prometida pareja. Patricia subía las escaleras con la guitarra en la mano y Enric la seguía. A pocos escalones del final, desde donde se podía ver la puerta de todas las habitaciones, ella se detuvo en seco sorprendiendo a su novio.

Señaló hacia el suelo, algo caído. Enric se adelantó y lo cogió: era el pañuelo que debía seguir atado al cuello del oso de peluche. No cabía duda, aún llevaba el dardo insertado en uno de los extremos.

La pareja se miró, atónitos. Después dirigieron la vista hacia la habitación donde debería estar y el oso de peluche estaba tumbado. Una sonrisa iluminó sus caras; ya sabían quién les había concedido esa segunda oportunidad.

—¿Cómo sé yo si seguirán juntos o no?

—Te lo mostraré, ¿te siguen gustando las rosas?

Del vestido blanco impoluto que Eva lucía, se ató un nudo en la falda que arrancó sin esfuerzo. Cerró las manos formando una caja y posteriormente las abrió. Tenía una hermosa rosa de un blanco lunar que parecía el mismísimo astro entre sus manos.

—Formúlale una pregunta y quítale un pétalo. Él te mostrará la respuesta.

—¿Serán felices juntos?

En el pétalo empezó a dibujarse una imagen. Se veía borrosa, pero se veían dos figuras. Empezó a enfocar y no eran dos figuras, sino más. Dos ancianos parecían casarse, pero un cartel detrás de la pareja llevaba un cincuenta escrito con pintura dorada y una corona plateada colgando del cinco. Dos parejas de algo menos de cincuenta años aplaudían a su alrededor, rodeados a su vez de adolescentes y niños sentados en el suelo. Una chica de no más de veinticinco años mostraba un gran vientre de embarazada. Cuando se fijó en la faz de los novios recordó a dos personas muy queridas para ella y sonrió feliz a su hermana.




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