Todos los sábados, Santi tenía un público de ciento veinte desconocidos y dos fans incondicionales, que además llegaban por separado.
Valeria llegaba siempre primero, y aquel sábado, diez días después de la niebla, no fue la excepción. A las 9:40 de la noche, veinte minutos antes de la hora acordada, empujó la puerta metálica de Pulpo Eléctrico, un bar de la colonia Roma que no tenía letrero, solo un neón de pulpo medio escondido tras la bruma de la máquina de humo y una fila de gente que se había vestido con muchísimo esfuerzo para parecer que no se había esforzado nada.
Adentro había paredes de ladrillo, focos desnudos colgando de cables como frutas, plantas que alguien regaba con fe y sillones de tres décadas distintas, ninguno de los cuales hacía juego con otro. Todo eso era, según los medios especializados, "una propuesta". Valeria lo habría llamado "un incendio de interiorismo", pero con cariño.
Al fondo, sobre una tarima baja, estaba la cabina. Y en la cabina, Santi.
Santi, a quien en las listas del bar anunciaban como Santo Vinilo, tenía treinta y cuatro años, unos lentes redondos, una camisa de seda estampada con un botón desabrochado más allá de lo prudente y un peinado que le llevaba cuarenta minutos y parecía un accidente. De lunes a viernes diseñaba oficinas. Los sábados diseñaba ambientes. Sostenía cada disco por los bordes, con la reverencia de un sacerdote que levanta una hostia de plástico negro, y cuando cambiaba de uno a otro, ciento veinte personas contenían la respiración. Valeria lo conocía desde hacía diez años y todavía no sabía si aquello era talento o teatro. Lo más probable era que fuera ambas cosas.
Él la vio entrar. Levantó la barbilla un centímetro: un saludo, una orden y un "qué bueno que viniste" en un solo gesto. Ella respondió con un dedo pulgar. Él se llevó la mano al pecho, como quien recibe un premio Nobel.
La mesa de siempre estaba al lado de la columna, con vista a la cabina y a la barra, un rinconcito que Santi hacía reservar con un cartelito escrito a mano: V & S. NO TOCAR. Valeria cambiaba las gafas de armazón negro por lentes de contacto los sábados, y el uniforme de oficina por un conjunto que parecía casual y que había pasado por tres pruebas frente al espejo: pantalón sastre de tiro alto, un body negro, un blazer oversize con las mangas arremangadas y los zapatos chunky, que también sabían bailar. Se sentó, cruzó las piernas, pidió un mezcal con naranja y sal de gusano, y esperó.
Sarai llegó a las 10:25.
Entró como llegaba a todas partes: con una bolsa de tela de la que asomaban unas llaves, un paquete de galletas abierto y una pelota para perros; con el cabello recogido con un lápiz, porque había perdido la liga; y con un pelo de gato blanco pegado en el suéter negro que, por pura estadística, ya había contagiado a media barra.
—No me digas nada —dijo, dejándose caer en la silla.
—No dije nada.
—Me lo estabas diciendo con la ceja.
—Mi ceja no dijo nada.
—Tu ceja dijo "las diez y veinticinco, Sarai". Y yo te digo que a un cocker se le ocurrió comerse un calcetín entero, y yo tuve que... —Sarai se detuvo, miró el mezcal de Valeria y le hizo una seña al mesero—. Mejor no te cuento, vamos a hablar de cosas más bonitas.
Sarai era veterinaria de urgencias, lo que significaba que su vida entera era una urgencia. Había tenido tres teléfonos en lo que iba del año, cuatro cargadores y ningún paraguas. Lloraba con los comerciales de seguros, ayudaba a cualquier criatura de cualquier especie y decía la verdad con la delicadeza de una puerta que se cierra de golpe. Valeria la quería con una intensidad que no sabía explicar, y que en parte consistía en admirar, en secreto, cómo alguien podía vivir de esa manera sin que se le cayera el mundo encima.
—A ver —dijo Sarai, cuando le trajeron su vodka con tónica—. ¿Y tu famoso aeropuerto? No me has contado nada de ese día.
—No hay nada que contar. Nueve horas, un café horrible, un melón triste.
—¿Con quién compartiste el melón?
—Con un señor sin oficio. Fue lo mejor de la mañana.
—¿Sin oficio?
—Era un trato absurdo, no importa. —Valeria hizo un gesto con la mano, como quien espanta una mosca—. El vuelo salió, aterricé, la junta salió perfecta. Lo único memorable de ese día fue el melón.
—Eres la única persona del mundo que se acuerda de un melón.
—Es que estaba muy triste.
Sarai se rio, le robó una rodaja de naranja del vaso de mezcal y la conversación se fue a otro lado.
* * *
A las once, el bar ya estaba lleno. Valeria había terminado el primer mezcal y empezado, con método, la parte de la noche que llamaba "exploración".
Tenía criterios. Los tenía desde hacía años, escritos en la parte de atrás de la cabeza, en una lista que ni siquiera necesitaba repasar: alto, sin pareja visible, sin hablar de su startup, sin tatuaje en el cuello. Y el más importante de todos, que era el que más descartaba: sin sorpresas.
—Ese —dijo Sarai, señalando con el vaso sin ninguna discreción.
—¿El de la camisa de lino?
—Con barba recortada. Y mira cómo sostiene el vaso, como alguien que sabe sostener un vaso.