Horas suspndidas

Niebla

Valeria abrió los ojos a las 3:58, dos minutos antes de que sonara la alarma, y la apagó antes de que pudiera sonar. Era una victoria pequeña, pero la anotó mentalmente.

Durante unos segundos no supo dónde estaba. Techo blanco, cortinas gruesas, el mismo cuadro abstracto que nadie había elegido jamás. Podía ser Monterrey. Podía ser Guadalajara. Podía ser cualquiera de las nueve ciudades donde había dormido ese trimestre, en habitaciones tan parecidas que su cerebro había dejado de archivarlas.

Así que hizo lo que hacía cada mañana: encendió la lámpara y, en voz alta, con la dicción de quien pasa lista, se dijo dónde estaba.

—Monterrey. Jueves. Vuelo a la Ciudad de México a las 6:40. Junta con el cliente mañana a las nueve. Habitación 614.

Lo de la habitación lo había agregado hacía unas semanas, después de despertar en Guadalajara convencida de que estaba en Puebla. No se lo había contado a nadie. Los controles de calidad se hacen en silencio.

Se levantó. Todo estaba donde debía estar, porque ella lo había puesto ahí. La noche anterior, después de nueve horas de junta, había hecho cuarenta minutos de caminadora en el gimnasio del hotel, se había bañado, se había secado el pelo con el mismo cuidado con que otros planchan una camisa y había colgado en la puerta del baño la ropa del día siguiente: pantalón gris, blusa blanca, saco azul marino, todo ya sin una sola arruga. La maleta estaba cerrada junto a la puerta. Sobre el escritorio, en línea recta, descansaban el pase de abordar impreso (el digital era el respaldo, no al revés), la identificación y la llave de la habitación.

—Muy bien —le dijo al cuarto—. Vamos a no estropear esto.

Se lavó la cara con agua fría. El espejo le devolvió a una mujer de cabello negro y liso que se recogió en una coleta con dos pasadas del cepillo, sin un solo pelo fuera de sitio, y de ojos cafés, grandes, con unas pestañas que apenas necesitaban ayuda y unas ojeras que sí. Se puso las gafas de armazón grueso, negro, que le daban aire de bibliotecaria con muy mal carácter. Se abrochó el reloj en la muñeca izquierda, justo encima del tatuaje: unas coordenadas diminutas que nadie le había pedido nunca explicar, y que ella cubría cada mañana con la misma naturalidad con que se pone un abrigo.

Revisó el cuarto una última vez. Cajones, baño, mesita de noche, debajo de la cama. Todo en orden. Eso siempre la tranquilizaba y la inquietaba a partes iguales: si todo estaba tan bajo control, ¿por qué sentía que se le olvidaba algo?

El pasillo olía a alfombra y a silencio. En el elevador, una pantalla le informó con alegría desmedida que afuera había once grados y "visibilidad reducida".

—Qué manera tan elegante de decir que no se ve nada —murmuró.

En recepción, el joven del turno de noche tenía la mirada de quien lleva ocho horas sin parpadear.

—Señorita, el check-out es digital. No hacía falta que bajara.

—Lo sé —dijo ella, deslizando la llave sobre el mostrador—. Pero me gusta ver que llega a su lugar.

Él la miró con un respeto cercano al miedo.

—¿Todo bien con su estancia?

—Impecable. La almohada, excelente.

Cruzó las puertas de cristal y la niebla le dio la bienvenida.

No era niebla de postal. Era espesa, lechosa, y parecía levantarse del suelo y subirle por las piernas, como si el mundo exhalara. Los faros de los autos del estacionamiento flotaban en el aire sin dueño. Valeria se quedó un segundo parada con la maleta a un lado, mirando aquello.

Tenía un plan para el trayecto: salir a las 4:30, llegar al aeropuerto a las 5:15, devolver el auto, pasar el filtro con tres horas de margen sobre cualquier imprevisto. Un plan A, un plan B, y un plan C para el caso de que el B también se pusiera difícil. Lo que no tenía era un plan para manejar dentro de una nube.

—Perfecto —dijo—. Siempre quise manejar dentro de una nube.

* * *

Encontró el auto rentado por el parpadeo de las luces al presionar la llave. Un sedán blanco, anónimo, con olor a ambientador de pino y a vida ajena. Antes de arrancar fotografió el tablero con el medidor de combustible y el kilometraje, como hacía siempre. Acomodó el asiento, ajustó los espejos y respiró.

Y arrancó.

Los primeros kilómetros fueron una negociación. Veía el borde del camino a cinco metros, quizá seis. Las líneas de la carretera aparecían y desaparecían como un pensamiento que no termina de formarse. Un letrero verde surgió de la nada, a una distancia insultante, y ella casi gritó de puro susto: AEROPUERTO 14 KM.

—Catorce kilómetros. Me estás tomando el pelo.

Prendió las intermitentes. Pegó el pecho al volante y se inclinó hacia el parabrisas como quien acerca la cara a un libro de letra chiquita. Una camioneta la rebasó con una temeridad que Valeria juzgó en silencio con toda su alma. Poco después, un tráiler se materializó delante, enorme y lento, con las luces rojas encendidas como ojos de pez de aguas profundas.

Se pegó a él. Lo siguió el resto del camino con la devoción de una creyente, y con el plan B desmoronándose despacio en su cabeza, hasta que ya no hubo plan B, y después ya no hubo plan C.

Entregó el auto a las 5:40, sin el colchón de una hora que había calculado, pero a tiempo. El empleado de la renta la miró con una calma que ella le envidió.

—¿Combustible?

—Lleno.

—Muy bien. Firme aquí.

—Tengo foto —dijo ella, enseñándole el celular.

—No se la iba a pedir.

—Tengo foto —repitió, con dulzura implacable.

Firmó. Cruzó el estacionamiento con la maleta rodando detrás, a ese paso rápido y sin carrera que tiene la gente que no corre nunca, pero llega. Entró a la terminal. Pasó por documentación con el pase en alto y llegó al filtro de seguridad justo cuando la fila empezaba a doblar la esquina.

Zapatos fuera. Laptop fuera. Cinturón fuera. Se sintió despojada de todo, menos del sueño.

Del otro lado del escáner, mientras se calzaba las botas, abrió el compartimento de la mochila donde vivía el cargador. Había un espacio vacío del tamaño exacto de un cargador.




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