Huellas Silenciosas

Capítulo 36: Sombras del Pasado

El amanecer llegó como un susurro pálido que apenas lograba atravesar las nubes pesadas sobre la ciudad.

Elara no había dormido.

Ni un minuto.

La lámpara del escritorio seguía encendida, proyectando un círculo amarillento sobre el cuaderno donde había pasado la noche entera intentando ordenar lo que había descubierto.

Pero cuanto más escribía, más imposible parecía.

Porque las palabras no alcanzaban para describir lo que estaba ocurriendo.

El silencio de la casa se había vuelto extraño.

No era el silencio común de la madrugada.

Era un silencio tenso.

Como si el aire mismo estuviera esperando algo.

Elara se levantó lentamente.

Su cuerpo estaba agotado, pero su mente estaba demasiado despierta para descansar.

Caminó hacia la ventana.

La calle aún estaba desierta.

Las farolas seguían encendidas, y la niebla baja hacía que todo pareciera suspendido en un tiempo detenido.

Pero lo que realmente la inquietaba no era el exterior.

Era la sensación persistente de que algo había cambiado durante la noche.

Algo invisible.

Algo que aún no lograba comprender.

Volvió a mirar el cuaderno.

Las páginas estaban llenas de nombres.

Fechas.

Conexiones que hasta hace unos días habrían parecido absurdas.

Valen.

La mujer del archivo.

El símbolo del círculo dividido.

Las desapariciones.

Y aquella frase que seguía repitiéndose en cada documento antiguo que había encontrado.

“Cuando el velo se rompa, el origen despertará.”

Elara cerró los ojos un instante.

Intentó respirar con calma.

Pero cada vez que recordaba lo que había visto en el archivo subterráneo la noche anterior, su corazón volvía a acelerarse.

Porque aquello no era solo un conjunto de documentos ocultos.

Era algo mucho más antiguo.

Mucho más oscuro.

Y, lo peor de todo…

Mucho más cercano a ella de lo que había imaginado.

Se pasó la mano por el rostro, tratando de despejar la mente.

Entonces escuchó el primer ruido.

Un golpe leve.

Provenía del piso inferior.

Elara se quedó inmóvil.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

La casa estaba cerrada.

Había revisado cada puerta antes de subir a su habitación.

Y vivía sola.

El golpe se repitió.

Esta vez un poco más fuerte.

Como si algo hubiese caído.

O alguien hubiese tropezado.

Elara caminó hacia la puerta con pasos lentos.

El suelo de madera crujía bajo sus pies.

Cada sonido parecía amplificado en el silencio de la madrugada.

Abrió la puerta del dormitorio.

El pasillo estaba oscuro.

Solo una línea tenue de luz subía desde la escalera.

Y entonces lo oyó otra vez.

Una respiración.

Muy suave.

Pero claramente humana.

Elara bajó el primer escalón.

Luego el segundo.

La respiración seguía allí.

En la sala.

Apenas audible.

Cuando llegó al final de la escalera, lo vio.

Una silueta sentada en la silla junto a la mesa.

Inmóvil.

Elara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Quién está ahí?

La figura no respondió.

Pero levantó lentamente la cabeza.

La luz de la cocina iluminó parcialmente su rostro.

Y entonces Elara sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

Era Valen.

Pero algo en él era diferente.

Su mirada estaba vacía.

Como si hubiese pasado la noche entera caminando por un lugar del que aún no había regresado del todo.

—¿Cómo entraste? —preguntó Elara en voz baja.

Valen tardó unos segundos en responder.

—La puerta estaba abierta.

Elara frunció el ceño.

—La cerré.

Valen negó lentamente.

—No.

Alguien la abrió.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Elara se acercó despacio.

Valen parecía agotado.

Pero había algo más.

Algo en su expresión que no lograba descifrar.

—¿Qué pasó? —preguntó finalmente.

Valen levantó la mirada hacia ella.

Y por primera vez desde que lo conocía, Elara vio miedo real en sus ojos.

—Anoche fui al lugar que mencionaban los documentos —dijo.

Elara se tensó.

—¿Solo?

Valen asintió.

—Tenía que comprobarlo.

Se inclinó hacia adelante.

Sus manos temblaban ligeramente.

—Y ojalá no lo hubiera hecho.

Elara esperó.

Valen tragó saliva antes de continuar.

—El archivo no es el final del camino.

Es el principio.

Elara sintió que el aire se volvía más frío.

—¿Principio de qué?

Valen levantó la vista hacia el techo, como si las palabras fueran demasiado pesadas para decirlas mirando a alguien.

—De algo que empezó hace mucho tiempo.

Muchísimo antes de que nosotros naciéramos.

Elara se sentó frente a él.

—Explícate.

Valen tardó unos segundos.

Luego habló en voz baja.

—Encontré una puerta detrás del archivo.

Elara frunció el ceño.

—¿Una puerta?

—De piedra.

Antigua.

Tallada con el mismo símbolo que viste en los documentos.

El círculo dividido.

Elara sintió un nudo en el estómago.

—¿La abriste?

Valen no respondió de inmediato.

Su mirada se perdió en algún punto del suelo.

—No exactamente.

Elara inclinó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Valen levantó lentamente la vista.

—Significa que no fui yo quien la abrió.

Elara sintió un escalofrío recorrerle los brazos.

—Entonces… ¿quién?

Valen respiró hondo.

—Se abrió sola.

El silencio que siguió fue tan denso que parecía poder tocarse.

—¿Qué había detrás? —preguntó Elara finalmente.

Valen se quedó inmóvil.

Durante varios segundos.

Y cuando habló, su voz fue apenas un susurro.

—Un pasillo.

Muy profundo.

Tallado directamente en la roca.




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