Elara no respiró durante varios segundos.
Sus ojos permanecieron fijos en la pantalla del teléfono.
La palabra seguía allí.
Inmóvil.
Fría.
Inexplicable.
Valen.
Pero no era un mensaje común.
No había número.
No había aplicación abierta.
No había señal.
Solo aquellas tres líneas brillando débilmente en el vidrio oscuro.
Elara levantó lentamente la mirada hacia Valen.
Él también estaba mirando la pantalla.
Su rostro había perdido todo color.
—Yo no escribí eso —dijo finalmente.
Su voz sonó más seca de lo habitual.
Elara no respondió.
El silencio de la ciudad parecía haberse colado dentro de la casa.
Pesado.
Irreal.
Elara volvió a mirar el teléfono.
Las letras comenzaron a desvanecerse.
Primero la firma.
Luego la frase.
Finalmente su nombre.
La pantalla volvió a quedar completamente negra.
Como si nada hubiera ocurrido.
Valen extendió la mano lentamente.
—Déjame verlo.
Elara dudó un instante.
Pero finalmente se lo entregó.
Valen presionó el botón lateral.
Nada.
Intentó encenderlo de nuevo.
Nada.
El dispositivo estaba muerto.
—No tiene batería —murmuró.
Elara negó con la cabeza.
—Lo cargué anoche.
Valen levantó la mirada hacia ella.
Durante un segundo ninguno dijo nada.
Porque ambos estaban pensando exactamente lo mismo.
Algo estaba interfiriendo con todo.
La electricidad.
Los motores.
Los dispositivos.
La ciudad entera parecía haber entrado en una pausa imposible.
Elara caminó lentamente hacia la puerta principal.
La abrió.
El aire de la mañana era frío.
Pero no era el frío normal del amanecer.
Era un frío extraño.
Como si el calor del mundo hubiera desaparecido junto con la electricidad.
La calle estaba inmóvil.
Un hombre seguía sentado dentro del automóvil detenido a mitad de la avenida.
Pero no se movía.
Ni siquiera parecía respirar.
—Valen…
Valen salió detrás de ella.
Observó la escena en silencio.
Luego bajó lentamente los escalones del porche.
Se acercó al coche.
Golpeó suavemente el vidrio.
Ninguna reacción.
Elara caminó también hacia el vehículo.
Miró al conductor.
Sus ojos estaban abiertos.
Pero completamente vacíos.
No miraban nada.
No enfocaban nada.
—¿Está muerto? —susurró.
Valen negó lentamente.
—No lo creo.
Extendió la mano y tocó el cuello del hombre.
Su pulso estaba allí.
Débil.
Pero constante.
—Está vivo —dijo.
Elara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Entonces ¿por qué no se mueve?
Valen retiró la mano lentamente.
—Porque algo lo detuvo.
Elara levantó la mirada hacia los edificios que rodeaban la calle.
Las ventanas estaban abiertas en varios apartamentos.
Y en algunas de ellas había personas.
Personas inmóviles.
Como estatuas humanas suspendidas en el tiempo.
Una mujer apoyada en el marco de una ventana.
Un hombre en un balcón con una taza en la mano.
Un niño en la vereda sosteniendo una pelota.
Todos congelados.
Como si el mundo hubiera sido pausado.
Excepto ellos dos.
Elara sintió un vértigo repentino.
—Esto no puede estar pasando.
Valen caminó lentamente por la calle.
Mirando cada detalle con una mezcla de inquietud y fascinación.
—Tal vez no sea el mundo el que se detuvo —dijo finalmente.
Elara lo miró.
—¿Qué quieres decir?
Valen se giró hacia ella.
—Tal vez somos nosotros los que estamos fuera del tiempo.
Elara abrió la boca para responder.
Pero no encontró palabras.
Porque una idea aún más inquietante acababa de formarse en su mente.
—¿Crees que…
Se detuvo.
Valen esperó.
—¿Crees que esto tiene que ver con lo que viste anoche?
Valen no respondió de inmediato.
Sus ojos se dirigieron hacia el suelo de la calle.
Luego hacia el horizonte de la ciudad.
—Sí —dijo finalmente.
Elara sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Por qué?
Valen respiró hondo.
—Porque cuando estaba en ese pasillo…
Se detuvo.
El recuerdo parecía incomodarlo profundamente.
—Sentí algo extraño.
—¿Qué cosa?
Valen levantó la mirada lentamente.
—Sentí que el tiempo estaba… observándome.
Elara frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—El tiempo no observa.
Valen la miró fijamente.
—Anoche sí lo hizo.
Elara se quedó en silencio.
Una brisa suave recorrió la calle.
Pero ni una hoja se movió.
Ni un papel.
Ni una cortina.
Era como si incluso el viento hubiera quedado atrapado en aquel momento detenido.
Valen caminó unos pasos más adelante.
Se detuvo frente a una alcantarilla abierta.
Elara lo observó.
—¿Qué haces?
Valen no respondió.
Se agachó.
Miró dentro.
Luego se quedó completamente inmóvil.
—Valen…
Valen levantó lentamente la cabeza.
Su expresión había cambiado.
Había algo en sus ojos.
Algo que Elara no había visto antes.
—No estamos solos —dijo.
Elara sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué quieres decir?
Valen señaló la oscuridad de la alcantarilla.
—Hay movimiento ahí abajo.
Elara se acercó lentamente.
Miró dentro.
Al principio no vio nada.
Solo oscuridad.
Pero entonces…
Algo se movió.
Muy despacio.
Como una sombra que se arrastra entre las paredes húmedas del túnel.
Elara retrocedió instintivamente.
—¿Qué es eso?
Valen no respondió.
La sombra volvió a moverse.
Más cerca esta vez.
Y entonces ocurrió algo imposible.
#543 en Thriller
#1267 en Novela contemporánea
drama existencial, ficción contemporáneo emocional, trhiller psicólogo
Editado: 13.03.2026