Valen sintió que la habitación se encogía alrededor de él.
El recuerdo lo golpeó como un torrente imposible de detener.
Sus ojos se abrieron de par en par.
La mujer lo observaba, impasible, como si ya conociera cada pensamiento que pasaba por su mente.
—No… —susurró Valen, y la palabra se quedó atrapada en su garganta.
Elara lo miró con horror.
—¿Qué te sucede?
Valen respiraba con dificultad.
Las imágenes comenzaron a aparecer en su mente con una claridad insoportable.
Primero un grito.
Luego una sombra moviéndose en el pasillo subterráneo.
El eco de pasos que no eran suyos.
Y después… un dolor que creía olvidado.
Su propio cuerpo cayendo, rodeado por la oscuridad.
Y Elara, o alguien que se parecía a ella, extendiendo la mano hacia él.
Pero era demasiado tarde.
El ciclo se había repetido una vez más.
Valen cayó de rodillas, temblando.
—No… no puede ser… —murmuró.
La mujer dio un paso hacia él.
Sus ojos brillaban con una luz que parecía atravesar la realidad.
—Sí —dijo con suavidad—. Cada vez que despiertas, vuelves a cometer los mismos errores.
Elara permaneció inmóvil, tratando de entender lo que estaba escuchando.
—Valen… ¿qué estás viendo?
Valen cerró los ojos con fuerza.
—Estoy… recordando… todo.
La mujer asintió.
—No solo tú.
Elara sintió que su corazón se aceleraba.
—¿Qué quieres decir?
—Que todos los que cruzan este umbral recuerdan.
El ciclo no perdona.
No permite olvido.
Solo repetición.
Elara tragó saliva.
—¿Repetición de qué?
La mujer sonrió levemente.
—De la destrucción y de la salvación.
Del nacimiento y de la muerte.
De lo que fue y de lo que será.
Valen abrió los ojos nuevamente.
—Entonces… cada vez que intenté salvarte… terminé… —sus palabras se quebraron.
La mujer inclinó la cabeza.
—Exactamente.
Elara no podía moverse.
Sentía que el aire se había vuelto pesado, casi sólido.
—Esto… esto es imposible —dijo en voz baja.
La mujer negó lentamente.
—Nada de esto es imposible.
—Entonces… ¿qué hacemos ahora? —preguntó Valen, con un hilo de desesperación en la voz.
La mujer extendió la mano hacia el túnel de la alcantarilla.
—Ahora deben descender.
Elara se quedó paralizada.
—¿Descender? ¿A dónde?
La mujer miró directamente a sus ojos.
—A donde todo comenzó… y a donde todo debe terminar.
Valen se levantó, con dificultad, y miró a Elara.
—¿Estás lista?
Elara asintió, aunque un miedo profundo la recorría.
—No tengo elección.
Juntos se acercaron al borde de la alcantarilla.
El aire que emergía de allí olía a humedad y a algo antiguo, como si siglos de secretos estuvieran atrapados bajo la ciudad.
—Prepárense —dijo la mujer—. Una vez que entren, no habrá marcha atrás.
Valen tomó la mano de Elara.
—No importa lo que veamos… no podemos separarnos.
Elara asintió.
—Juntos.
La mujer se apartó.
Valen dio el primer paso hacia la oscuridad.
Elara lo siguió.
El túnel se cerró detrás de ellos como un suspiro húmedo.
La oscuridad los envolvió por completo.
Cada paso que daban parecía resonar en un espacio infinito.
—Siento que esto… este lugar… respira —susurró Elara.
Valen asintió, sin dejar de mirar adelante.
—Como si supiera que estamos aquí.
El túnel se inclinaba y descendía en espiral.
El aire se volvía más denso.
Más frío.
Cada sombra parecía moverse con vida propia.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Elara.
Valen miró alrededor.
—El principio y el fin de todo.
Una risa lejana resonó en las paredes húmedas.
Un sonido que era humano y a la vez imposible de identificar.
Elara se abrazó a sí misma.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió.
Pero la sensación de ser observados se intensificó.
Algo avanzaba detrás de ellos, silencioso.
No podían verlo, pero lo sentían.
El túnel se abrió en un espacio más amplio.
Una cámara subterránea tallada en roca antigua.
Sus paredes estaban cubiertas de símbolos que parecían moverse cuando los mirabas de reojo.
—Esto… esto no puede ser real —murmuró Elara.
Valen la tomó del brazo.
—Sea lo que sea, debemos continuar.
En el centro de la cámara, un pedestal de piedra sostenía un objeto envuelto en tela negra.
La mujer permaneció al margen.
—Ahí está lo que buscan —dijo con voz serena—. Pero tengan cuidado.
Elara y Valen se acercaron lentamente.
Cada paso hacia el pedestal se sentía como atravesar siglos de historia y misterio.
Cuando levantaron la tela…
El objeto brilló con una luz tenue y pulsante.
Era un pequeño cristal, pero parecía contener dentro de sí un universo entero.
—Es… increíble —susurró Elara.
Valen extendió la mano para tocarlo.
—Cuidado —advirtió la mujer—. No saben lo que despiertan.
El cristal vibró con fuerza al contacto de Valen.
Una energía desconocida recorrió sus cuerpos.
El suelo tembló bajo ellos.
Las paredes parecieron cerrarse.
Y un rugido profundo, que no era de este mundo, llenó la cámara.
Elara gritó, sujetándose a Valen.
—¿Qué es eso?
La mujer permaneció en silencio.
Su rostro mostraba una mezcla de expectativa y temor.
El rugido se intensificó.
Y entonces el cristal se partió en mil fragmentos luminosos que flotaron en el aire.
Cada fragmento parecía proyectar una visión: ciudades que caían, océanos que se abrían, personas que desaparecían.
Valen y Elara fueron atrapados en esas imágenes.
Sentían cada caída, cada desaparición, cada grito.
—¡Valen! —gritó Elara, pero la voz parecía perderse en el rugido.
Y entonces, en medio del caos, apareció una figura que no pertenecía al mundo real.
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Editado: 13.03.2026