Huellas Silenciosas

Capítulo 40: El Ciclo se Rompe

El mundo reapareció de manera abrupta, pero nada era como antes.

Elara abrió los ojos y lo primero que percibió fue un silencio absoluto, pesado, que se colaba por cada grieta de la ciudad.

Los edificios, antes sólidos, ahora parecían respirar lentamente, como si la piedra misma tuviera vida.

Valen estaba a su lado, pálido, temblando levemente, con la mano aún entrelazada con la de ella.

—¿Dónde estamos? —susurró Elara, sin atreverse a mover los labios demasiado.

Valen frunció el ceño, mirando a su alrededor.

—No lo sé… pero no es nuestra ciudad.

El suelo bajo sus pies temblaba de manera irregular, como si respondiera a un latido invisible.

La luz del sol era extrañamente brillante y, al mismo tiempo, opaca, como filtrada a través de un cristal antiguo.

Los fragmentos del cristal, que creyeron haber perdido, flotaban dispersos a su alrededor, pulsando con un brillo tenue y casi hipnótico.

—No… esto no puede ser real —murmuró Elara, acercándose a uno de los fragmentos.

Al tocarlo, sintió una corriente de energía recorrer todo su cuerpo, y un torrente de imágenes llenó su mente.

Vidas que no había vivido.

Momentos que no recordaba haber conocido.

Escenarios de un mundo que se doblaba sobre sí mismo, donde los edificios se extendían hasta el infinito y el cielo parecía líquido, derramándose sobre el horizonte.

—Valen… —susurró, retrocediendo—. Esto… esto es imposible.

Valen la sostuvo con firmeza.

—Recuerda lo que la mujer dijo —murmuró—. Todo depende de nosotros.

—Pero… ¿cómo podemos controlar esto? —Elara respiraba con dificultad, su mente abrumada por la visión del mundo alterado.

—No lo sé —admitió Valen—. Pero debemos encontrar la fuente.

Mientras hablaban, la ciudad a su alrededor comenzó a moverse lentamente.

Las calles se retorcían, los autos parecían flotar en el aire como si fueran barcos en un río invisible, y las luces de los edificios parpadeaban de manera rítmica, como un lenguaje que no podían descifrar.

—Estamos dentro… del ciclo —dijo Valen, finalmente comprendiendo—. Todo lo que vemos es parte del tiempo atrapado.

Elara sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral.

—Entonces… ¿nada es real?

Valen negó lentamente.

—No… todo es real. Solo que no funciona como antes.

De repente, un sonido profundo resonó en la ciudad.

No era un ruido común, sino un rugido que parecía provenir del mismo corazón del tiempo.

Valen y Elara se miraron, reconociendo la voz del origen.

—Está aquí —murmuró Valen, apretando los puños.

El suelo comenzó a vibrar de manera violenta, y las calles se abrieron como si fueran venas gigantes, revelando un abismo oscuro que se extendía hacia abajo sin fin.

De ese abismo emergió una forma negra, más enorme y poderosa que la última vez.

Sus ojos brillaban como un fuego líquido y sus extremidades parecían extenderse hasta tocar los cielos de aquel mundo alterado.

—¡Corre! —gritó Valen, tomando a Elara de la mano y corriendo hacia un edificio que parecía estable, aunque no había certeza de nada.

El origen los perseguía, cada paso retumbando como un tambor en el espacio mismo.

Elara tropezó, y Valen la sostuvo con fuerza.

—No puedes caer ahora —dijo con urgencia—. Debemos llegar a la luz.

Elara asintió, aunque su corazón latía desbocado.

Mientras corrían, los fragmentos del cristal comenzaron a brillar más intensamente, proyectando un rastro de luz que parecía guiar su camino.

—¿Es esto lo que nos mostró la mujer? —preguntó Elara entre jadeos.

—Sí —respondió Valen—. Esa es la fuente.

El mundo a su alrededor se volvía cada vez más inestable.

Edificios que creyeron conocer se doblaban y retorcían, calles que parecían infinitas se fragmentaban, y sombras humanas emergían de la nada, figuras que imitaban a los que alguna vez conocieron pero que desaparecían al mirarlas directamente.

—Es como si cada recuerdo… cada decisión… estuviera vivo —dijo Elara, con la voz quebrada—. Todo me persigue.

Valen no respondió de inmediato, concentrado en avanzar hacia un punto de luz distante, flotante, que brillaba en lo alto de la ciudad alterada.

—Eso debe ser la fuente —dijo finalmente—. Ahí es donde termina todo o comienza de nuevo.

Elara miró hacia la luz y sintió un vértigo que amenazaba con arrastrarla hacia atrás.

—No sé si podré… —susurró.

Valen apretó su mano con firmeza.

—Juntos. Como siempre.

Mientras avanzaban, la criatura del origen comenzó a emitir una serie de sonidos que parecían palabras.

No podían comprenderlas, pero cada sílaba provocaba que la ciudad se doblara aún más, como si las leyes de la realidad obedecieran a la voz misma de la criatura.

De repente, un edificio entero se desprendió del suelo y comenzó a caer hacia el abismo.

Valen y Elara saltaron sobre restos flotantes, esquivando fragmentos de piedra y metal que caían como lluvia mortal.

—No podemos detenerlo —gritó Elara—. ¡Está destruyendo todo!

Valen sacudió la cabeza mientras corrían.

—No, no lo estamos deteniendo. Lo estamos guiando.

Elara lo miró confundida.

—¿Guiando? ¿Cómo puedes decir eso?

Valen señaló los fragmentos de cristal que flotaban delante de ellos, formando un sendero de luz hacia la fuente.

—Porque cada acción nuestra, cada paso que damos, hace que la luz se expanda y que la oscuridad retroceda.

La criatura del origen rugió, y el mundo entero pareció temblar con su grito.

Valen y Elara sintieron que sus pies flotaban, que la gravedad era una opción y no una regla.

El viento invisible los arrastraba hacia la luz, y la energía del cristal parecía amplificarse con cada paso que daban.

—Casi llegamos —dijo Valen con voz firme, aunque sus manos temblaban.

Elara asintió, aunque sus ojos se llenaban de lágrimas de miedo y asombro.




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