Huellas Silenciosas

Capítulo 41: El Umbral del Tiempo

La oscuridad no era ausencia de luz.

Era algo vivo.

Elara lo comprendió incluso antes de abrir los ojos.

Había una presión extraña alrededor de su mente, como si pensamientos que no eran suyos intentaran deslizarse dentro de su conciencia.

Intentó moverse.

No pudo.

Durante un instante pensó que el mundo había desaparecido por completo.

Que el núcleo, la criatura, el ciclo… todo había terminado en aquel estallido de luz.

Pero entonces escuchó un sonido.

Un latido.

Lento.

Profundo.

Antiguo.

No provenía de su cuerpo.

Provenía de algo más grande.

Mucho más grande.

Elara abrió los ojos.

Al principio no vio nada.

Solo una negrura espesa que parecía extenderse infinitamente.

Pero poco a poco comenzó a distinguir formas.

Sombras dentro de sombras.

Y en el centro de ese vacío…

una esfera de luz suspendida en el aire.

Elara respiró con dificultad.

El latido venía de allí.

Intentó hablar.

—Valen…

Su voz salió débil.

Pero alguien respondió.

—Estoy aquí.

La voz llegó desde su derecha.

Elara giró la cabeza.

Valen estaba de pie a pocos metros, mirando la esfera luminosa con una mezcla de asombro y preocupación.

—¿Dónde estamos? —preguntó Elara.

Valen tardó en responder.

Sus ojos no se apartaban de la esfera.

—No lo sé…

Pero creo que esto es…

Se detuvo un segundo.

—El lugar entre los ciclos.

Elara frunció el ceño.

—¿Entre… los ciclos?

Valen asintió lentamente.

—El espacio donde el tiempo se reinicia.

Elara se incorporó con esfuerzo.

El suelo bajo sus pies no parecía sólido.

Era como caminar sobre una superficie de luz líquida.

Cada paso producía ondas suaves que se expandían hacia la oscuridad infinita.

—¿La criatura…?

Valen negó con la cabeza.

—No la siento.

Pero eso no significa que haya desaparecido.

Elara volvió a mirar la esfera.

Ahora podía verla con más claridad.

No era una simple luz.

Dentro de ella se movían imágenes.

Fragmentos de realidades.

Ciudades naciendo y muriendo.

Océanos evaporándose.

Civilizaciones enteras apareciendo y desapareciendo como chispas en la noche.

Elara sintió que el corazón se le detenía.

—Valen…

Creo que…

Se acercó un paso más a la esfera.

—Creo que esto es el tiempo mismo.

Valen la observó en silencio.

—Sí…

Eso pensé también.

En ese instante la esfera vibró.

Las imágenes dentro de ella se aceleraron.

Miles de historias ocurriendo simultáneamente.

Miles de finales.

Miles de comienzos.

Y entonces…

una de esas imágenes se detuvo.

Elara contuvo el aliento.

Porque lo que vio dentro de la esfera…

era la ciudad.

Su ciudad.

Pero no estaba congelada como antes.

Las personas caminaban.

Los autos circulaban.

La vida continuaba.

—El ciclo… se reinició —susurró Valen.

Pero Elara sintió un escalofrío profundo.

Porque en medio de la multitud…

había alguien que los estaba mirando.

Directamente.

Como si supiera que ellos estaban observando desde aquel lugar imposible.

La figura levantó lentamente la cabeza.

Y sonrió.

Pero no era una sonrisa humana.

Era la misma sonrisa que la criatura había tenido antes de desaparecer.

Elara retrocedió un paso.

—Valen…

Creo que cometimos un error.

Valen frunció el ceño.

—¿Qué viste?

Elara señaló la esfera.

—No destruimos el origen.

Valen miró la imagen.

Y en ese momento lo entendió.

La criatura no había muerto.

Solo había cambiado de forma.

Porque la figura que caminaba entre la multitud…

tenía exactamente el mismo rostro que Valen.

Tienes razón. El capítulo 41 también debe tener su título. Aquí queda correctamente presentado:

Capítulo 41: El Umbral del Tiempo

La oscuridad no era ausencia de luz.

Era algo vivo.

Elara lo comprendió incluso antes de abrir los ojos.

Había una presión extraña alrededor de su mente, como si pensamientos que no eran suyos intentaran deslizarse dentro de su conciencia.

Intentó moverse.

No pudo.

Durante un instante pensó que el mundo había desaparecido por completo.

Que el núcleo, la criatura, el ciclo… todo había terminado en aquel estallido de luz.

Pero entonces escuchó un sonido.

Un latido.

Lento.

Profundo.

Antiguo.

No provenía de su cuerpo.

Provenía de algo más grande.

Mucho más grande.

Elara abrió los ojos.

Al principio no vio nada.

Solo una negrura espesa que parecía extenderse infinitamente.

Pero poco a poco comenzó a distinguir formas.

Sombras dentro de sombras.

Y en el centro de ese vacío…

una esfera de luz suspendida en el aire.

Elara respiró con dificultad.

El latido venía de allí.

Intentó hablar.

—Valen…

Su voz salió débil.

Pero alguien respondió.

—Estoy aquí.

La voz llegó desde su derecha.

Elara giró la cabeza.

Valen estaba de pie a pocos metros, mirando la esfera luminosa con una mezcla de asombro y preocupación.

—¿Dónde estamos? —preguntó Elara.

Valen tardó en responder.

Sus ojos no se apartaban de la esfera.

—No lo sé…

Pero creo que esto es…

Se detuvo un segundo.

—El lugar entre los ciclos.

Elara frunció el ceño.

—¿Entre… los ciclos?

Valen asintió lentamente.

—El espacio donde el tiempo se reinicia.

Elara se incorporó con esfuerzo.

El suelo bajo sus pies no parecía sólido.

Era como caminar sobre una superficie de luz líquida.

Cada paso producía ondas suaves que se expandían hacia la oscuridad infinita.




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