El grito del universo no fue sonido.
Fue presión.
Una onda que atravesó cada átomo, cada fragmento de realidad, hasta llegar a Elara y Valen.
Sus cuerpos se tensaron.
El espacio que los rodeaba parecía colapsar y expandirse al mismo tiempo.
La grieta de la esfera emitía destellos que cegaban por momentos, cada pulso iluminando fragmentos de recuerdos que no les pertenecían.
Elara extendió la mano hacia Valen, pero no sintió su calor.
Algo entre ellos se había vuelto líquido, intangible, como si la existencia misma dudara de sostenerlos.
—Valen… —susurró, con voz temblorosa.
Él la miró, pero sus ojos reflejaban ecos de vidas pasadas, de infinitos ciclos donde ambos habían caído y se habían levantado una y otra vez.
—Elara… esto es… más grande de lo que imaginé —dijo Valen con dificultad—. No solo somos parte del ciclo… somos el hilo que lo sostiene.
La esfera fracturada entre ellos tembló nuevamente.
No solo emitía luz, sino sonido: un murmullo que parecía provenir de sus propias memorias, sus miedos y deseos más ocultos.
—Escucha… —susurró Elara—. ¿Lo oyes?
Valen asintió.
Era un coro de voces.
Miles, millones de voces superpuestas, repitiendo nombres que no deberían existir.
—Nos llaman —dijo Valen—. Nos llaman para decidir.
Elara sintió que sus piernas fallaban.
No estaba segura de si caminaba sobre el suelo o flotaba sobre un vacío sin fin.
La esfera comenzó a fragmentarse más rápido.
Pedazos de luz cayeron alrededor, formando caminos que se abrían y cerraban con rapidez imposible.
—Cada fragmento… es una elección —dijo Valen, extendiendo la mano hacia uno de los pedazos flotantes—. Cada decisión que tomemos cambiará todo.
Elara lo miró.
—¿Pero cuál elegimos?
Antes de que Valen pudiera responder, la esfera emitió un estallido de energía que los arrojó hacia atrás.
El aire estaba cargado de electricidad pura, y el espacio parecía girar alrededor de ellos.
Sombras comenzaron a emerger de los fragmentos de la esfera.
No eran solo figuras humanas.
Eran amalgamas de recuerdos, de errores y victorias de cada ciclo anterior.
—¡Cuidado! —gritó Elara mientras esquivaba un brazo que parecía estar hecho de luz y humo.
Valen la sostuvo del brazo y ambos cayeron sobre un fragmento de luz que flotaba como una plataforma inestable.
El fragmento comenzó a inclinarse, como si fuera una balanza que pesaba cada decisión que habían tomado.
—No podemos caer —dijo Valen, respirando con dificultad—. Si caemos, el ciclo se reiniciará otra vez.
Elara miró a su alrededor.
Miles de fragmentos flotaban, formando un laberinto de realidades posibles.
Cada uno mostraba un camino diferente, una versión distinta de ellos mismos.
—Debemos elegir el camino correcto —susurró Elara—. Pero… ¿cómo sabemos cuál es?
La esfera tembló violentamente.
Un destello iluminó a Valen, y por un instante Elara vio en sus ojos todas las versiones posibles de él.
Todas las vidas que había vivido.
Todas las decisiones que había tomado.
Y entonces comprendió algo.
—No es el camino correcto lo que importa —dijo con voz temblorosa—. Es nuestra elección… juntos.
Valen asintió lentamente.
—Entonces, tomemos la decisión.
Extendieron sus manos hacia un fragmento de luz que brillaba más intensamente que los demás.
Pero antes de tocarlo, algo emergió de la grieta central de la esfera.
Una figura alta, oscura, que parecía absorber la luz de los fragmentos cercanos.
No era la misma criatura de antes.
Esta era más poderosa.
Más consciente.
Elara sintió un escalofrío recorrerle la columna.
—Es… —murmuró—. Es como el origen, pero… más.
Valen observó la figura, que avanzaba hacia ellos sin esfuerzo.
—El reflejo del ciclo —susurró—. La manifestación de todo lo que hemos hecho y lo que aún podemos hacer.
La figura levantó una mano y de ella surgió un torrente de sombras que comenzó a envolver los fragmentos de luz.
—Si deja que las sombras los alcancen, todo se reiniciará —dijo Valen, con urgencia—. Debemos actuar ahora.
Elara respiró hondo.
Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a estallar.
—Juntos. —Tomó la mano de Valen—. No importa lo que venga.
Ambos saltaron hacia el fragmento más brillante, atravesando el torrente de sombras.
El fragmento comenzó a girar lentamente, como un péndulo que marcaba el destino.
Cada giro mostraba un camino diferente, un futuro distinto.
Elara vio versiones de ellos mismos que habían fracasado.
Versiones que habían cedido al miedo.
Versiones que habían destruido todo.
—No… —susurró—. No podemos permitir que eso suceda.
Valen asintió.
—No lo haremos.
La figura oscura avanzaba, absorbiendo fragmentos de luz con cada paso.
—Rápido —dijo Valen—. Debemos llegar al núcleo antes de que el reflejo del ciclo nos alcance.
Elara sintió cómo la presión aumentaba.
El aire estaba cargado de recuerdos y decisiones que no eran solo suyas.
Eran de todos los ciclos anteriores.
Y el reflejo del ciclo los estaba empujando hacia atrás, intentando hacerlos caer en la repetición.
—Casi… casi lo tenemos —jadeó Valen, señalando un fragmento central, más grande que los demás, pulsando con una luz intensa y estable.
Elara extendió la mano.
Pero el reflejo del ciclo lanzó un brazo de sombra que los alcanzó.
Valen la sostuvo con fuerza y empujó.
—¡Ahora! —gritó—.
Ambos tocaron el fragmento central al mismo tiempo.
Una explosión de luz los envolvió, y todas las sombras desaparecieron instantáneamente.
El espacio entre ciclos se volvió silencioso.
Demasiado silencioso.
Elara respiró hondo, observando el fragmento central que ahora brillaba con calma.
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Editado: 13.03.2026