Capítulo veintidós
Miro con nerviosismo la hora en mi celular. Son las cuatro de la tarde y todavía puedo llegar al ensayo. El único problema es que está lloviendo demasiado y no quiero empeorar mi resfriado. Ya estoy mal por la caminata bajo la lluvia de ayer, después de hablar con Matthew. No quiero terminar en el hospital por ser necia y no cuidarme.
Effy. Pienso.
Claro, Effy tiene a su amiga Kota. Si se lo pido, puede convencerla de venir a buscarme.
Rápidamente busco el número de Effy en mis contactos y la llamo. El tono suena varias veces, pero no responde. Cuelgo y sigo intentando varias veces más. El resultado es el mismo.
Apoyo la cabeza en la palma de mi mano y miro fijamente el celular sobre la mesa. No soy sociable, no tengo amigos con vehículo que puedan venir a recogerme.
Suelto un grito cuando mi móvil comienza a vibrar y leo el nombre de Effy.
—¿Dónde estás? —es lo primero que pregunto apenas contesta.
—Dios, chica, tranquilízate. ¿Pasó algo?
—Sí, necesito ir al ensayo al colegio y tú puedes ayudarme. Tu amiga Kota sabe manejar, ¿verdad?
El silencio desde la otra línea me pone los pelos de punta. ¿Por qué no contesta?
—Sí, ella maneja… pero hay un problema, Rose —suspira y se aclara la garganta—. Estamos con Kota en un campeonato, a dos horas de la ciudad.
—¡Rayos!
—Pero… hay alguien que puede ir por ti.
—Si es Matthew, no lo acepto. Prefiero caminar.
Effy ríe.
—No, no es Matt. Es Aiden.
Me tenso. No puede ser verdad.
—¿En serio?
—Es eso o Matthew. Tú eliges.
—Aiden —respondo rápido. Effy suelta una carcajada—. Que venga rápido, por favor. Debo llegar en media hora.
Effy se despide y corta la llamada. Odio a Aiden, pero es mucho mejor que Matt. No podría estar en el mismo vehículo que Matthew hoy, todavía sigo sorprendida por la declaración de Aisha ayer.
Subo a mi habitación y me cambio de ropa: una calza negra, zapatillas grises, una polera gris y mi abrigo verde oscuro. Guardo mis cosas en la mochila y bajo a los sillones a esperar a Aiden, quien no tarda en llegar.
Escucho el sonido de la bocina y salgo de casa, cerrando con llave. Harper tiene su copia, así que podrá entrar cuando llegue.
—¡Hola! —me saluda Aiden, energético.
—Hola —respondo como puedo.
Vamos en su característico y lindo furgón, el mismo con el que fuimos a la playa.
—¿Qué música escuchas? —pregunto al no entender la letra.
—Música árabe —responde con una sonrisa—. Me gusta porque no la entiendo.
Lo miro con los ojos bien abiertos.
—Es broma. Mi abuela es turca, así que sé el idioma.
Asiento con la cabeza. Por mi mente pasa la novela que me inspiró para hacer semejante tontería ayer. Nadie en su sano juicio es capaz de salir por la ventana solo para evitar ver al chico que le gusta. Bueno, puede que haya gente así, pero no alguien resfriada y bajo una tormenta.
—¿Hacia dónde vamos? —pregunta.
—Al colegio. Debo ir a ensayar.
Aiden asiente.
—¿Cuándo es el concurso?
—En una semana. —Frunce el ceño.— ¿Por qué?
—Les han dado muy poco tiempo. —Asiento.— ¿A qué se debe?
Suspiro.
—Bueno, las estatales son en grupos de cuatro personas. Para la nacional, el grupo debe tener mínimo diez.
Aiden asiente.
—O sea, se unen tres grupos.
—Exacto.
Lo miro de perfil. Es muy lindo, con facciones marcadas. Solo lo arruina su actitud: ser un poco bocón y contar cosas que hace en la intimidad.
—Hemos llegado —dice, y miro por la ventana.
Siento como si no hubiese estado aquí en años.
—Muchas gracias. —Aiden ríe.— ¿Por qué te ríes?
—Lo siento, traté de aguantarme, pero no pude. Tu voz es graciosa, creo que estás resfriada.
Lo fulmino con la mirada.
—Dame tu número, así puedo venir a buscarte después.
Asiento y intercambiamos números.
Me bajo de su furgón y me despido.
—Nos vemos más tarde, Rose.
Le sonrío sin mostrar los dientes y cierro la puerta. Me quito el gorro del abrigo y abro mucho los ojos al ver a Matt recargado en el capó de su jeep, mirándome serio, con una ceja alzada y el ceño fruncido. Está molesto.
Camino con normalidad y paso frente a él.
—¿No vas a saludarme? —pregunta. Me detengo; siento las manos sudadas y las limpio como puedo en el abrigo. Ya ha dejado de llover y un poco de sol se asoma entre las nubes.
Me doy media vuelta y lo miro. Lleva un buzo gris entallado y un chaleco negro.
—Hola —digo, cortante, y continúo caminando.
Escucho pasos detrás de mí, pero trato de ignorarlos. Sé que es Matt y solo quiere molestarme.
—Qué borde. Deberías aprender a saludar mejor, Rose.
—¿Perdón?
—Te perdono.
Me doy media vuelta, incrédula, y veo su sonrisa burlona.
Camino hacia él hasta quedar frente a frente… bueno, más bien pecho contra frente. Matthew es muy alto.
—¿Qué pasa, bonita? —dice. Muerdo mis labios; siento cómo mis mejillas se ruborizan.
—Eres despreciable.
Matthew ríe.
—¿Yo? Perdón, pero…
—Perdonado —digo, imitando su tono.
Con una sonrisa en el rostro me doy media vuelta y entro al gimnasio. Matthew no es el único que sabe jugar este juego. Yo también sé, y muy bien.
Con más fuerza de la habitual corro la puerta. Veo a Aisha y Theo sentados en las escaleras del escenario, riéndose de lo que parece un video en el celular.
Theo alza la vista y, al verme, deja el celular a un lado y corre a abrazarme.
—¡Chica increíble! —grita sonriendo—. ¿Estás bien? ¿No estás muerta?
Le doy un pequeño golpe en la cara ante su última pregunta.
—Obvio que no estoy muerta, Theo. Si lo estuviera, no estaría aquí.
Theo asiente riendo, dándose cuenta de lo tonta que fue su pregunta.
Me abraza más fuerte y empiezo a quedarme sin aire.
—Theo… —susurro—. Theo.