Capítulo Treinta y Cinco – Un Lugar Especial
Maldita energía nuclear, maldita fusión nuclear, maldita fisión nuclear, maldita química. Sin lugar a dudas, es lo que más detesto: componentes químicos, átomos, protones, neutrones, isótopos.
El sonido de alguien golpeando mi puerta me desconcentra de mi concentración en la materia que estoy estudiando.
—Adelante.
La puerta se abre y mi madre ingresa con una sonrisa.
—¿Cómo van los estudios? —dice, sentándose al pie de mi cama.
—Pues bien, mejor que otros años. Solo odio los isótopos —mi madre hace una mueca extraña—. ¿Se te ofrece algo?
—Matt ha venido a buscarte, pero si quieres, le digo que estás estudiando.
Rápido me levanto, dejando los cuadernos tirados, y en pijama corro hasta la primera planta, donde Matt conversa con Harper en la sala de estar.
—Eso es increíble —dice mi hermana, mientras Matt está distraído mirando a mi hermana y no me ve.
—Sí, bueno… a mi madre no le gusta hablar sobre ese tema. Solo sé que mis abuelos maternos son coreanos —abrazos a Matt por la espalda y apoyo mi cabeza en la suya.
Matt rápidamente se mueve y comienza a reír; parece que le hace cosquillas que mi nariz se apoye en su espalda.
—¡Deja de moverte, extraño!
—Rose, para, me da cosquillas.
Sonrío ante su reacción y continúo hasta que me canso.
Matt se voltea y me da un beso.
—Hola, extraña.
—Hola, extraño. ¿Qué te trae por estos lados?
Paso mis manos por su cuello y juego con su cabello.
—Vengo a buscarte, quiero llevarte a un lugar.
Química… química… química…
—Claro, me pongo unos zapatos y vamos.
—Rose —me llama Matt—, estás en pijama.
Miro mi atuendo y abro la boca, sorprendida; iba a salir así, sin preparación. Quizá él quiere llevarme a un lugar un poco elegante, y definitivamente mi presentación no sería adecuada.
—No te preocupes, te ves bien y nadie dirá nada.
La tensión desaparece de mis hombros y me pongo unas botas cortas negras. Llevo un pantalón delgado gris, una polera del mismo color, un poco corta, así que me pongo un chaleco negro encima.
—Creo que estoy lista.
—No sabía que Matt era de Corea, ¿tú lo sabías? —pregunta Harper, mirando sus uñas mientras está sentada en el sillón.
—Es mi noviio, Harp... Obviamente lo se —Río.
—¿Sabías que sus abuelos maternos son de ahí? —vuelve a preguntar.
—Sí, también lo sé.
Me hago una coleta mirando mi reflejo en el televisor.
—¿Sabías que quiere estudiar danza…?
—Harper, para ahí. Matt es mi novio, hablamos todo el tiempo; él me cuenta muchas cosas de su vida y yo también, así que creo que todo lo que me vas a preguntar ya lo sé.
Harper suspira.
—Si lo sabes, ¿por qué no me lo contaste?... Ya no hablamos como antes.
Observo a mi hermana con pena, ella tiene razón la he dejado botada, antes le contaba todo lo que ocurria en mi vida y ella hacia lo mismo, yo sabia todo lo que le sucedio y este ultimo tiempo ya no hablamos.
Soy una pesima hermana, la veo mal, deteriorada, desanimada, y no le he preguntado que le ocurre.
—Saldre con Matt y cuando regrese converzamos.
—Pero tú…
Niego con la cabeza, me acerco a ella interrumpiendo lo que quiere decir y le doy un beso en la mejilla.
—Yo me voy, te amo. Hablamos despues.
Matt me toma la mano y nos despedimos.
—¡Mamá! —grito—. Voy a salir con Matt, no llegaré tarde.
—Está bien, pásenlo bien y no apagues tu teléfono.
Suelto un bostezo al subir al auto de Matt, quien comienza a conducir. Prendo la radio y busco alguna canción.
—Déjala ahí, esa me gusta —dice él.
Matt comienza a cantar y debo admitir que no entiendo nada de lo que dice; no sé qué idioma es, nunca lo había escuchado.
—¿Qué idioma…?
—Coreano.
Abro la boca para decir algo, pero solo asiento. Con la música y la voz de Matt de fondo, observo por la ventana las calles de la ciudad. Pasamos por el centro y salimos de la ciudad.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar muy especial para mí —susurra, mientras sigue conduciendo.
Nos demoramos unos 15 minutos en llegar al destino.
—Es aquí.
—No me gusta este lugar…
Matt estaciona en un pasaje; somos los únicos allí. Las paredes están pintadas con grafitis que le dan un aire terrorífico. Hay basura tirada y un contenedor lleno; un perro y un gato duermen cerca.
Bajo del coche y siento escalofríos. No sé dónde me trajo Matt; la zona es peligrosa y desconocida, con fama de pandillas y calles peligrosas.
—Vamos —dice Matt, tomándome de la mano.
Caminamos hacia el final del pasaje, que se vuelve más limpio y estrecho, aunque sigue con grafitis. Matt golpea una gran puerta negra de metal cinco veces y esperamos.
El chirrido al abrirse la puerta es fuerte y ensordecedor, demostrando lo vieja que está.
—¿Matthew? —pregunta un chico de unos 13 años, con gorra negra, buzo del mismo color y chaqueta roja—. ¡Hola! Hace mucho que no vienes.
Ambos se abrazan y el chico nos deja pasar.
Lo primero que veo es un pasillo con luces rojas bajas y paredes llenas de grafitis; el camino es largo y lleno de curvas. Al final, otra puerta negra de metal, esta con una ventanilla en la parte superior.
El chico abre la puerta y no puedo creer lo que veo: muchos jóvenes bailando, música de todo tipo; hay rockeros, punk, latinos, pijos y más. Es increíble.
—¿Sorprendida? —me pregunta mi novio.
—Bastante.
—Hoy aprenderás muchas cosas, pequeña Rose.